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Octavario de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma (15 al 22 de agosto)

 


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh Reina de los cielos y dulce Madre de mi alma! ¡Ya llegó Señora, aquel feliz momento en el que, dejando este triste destierro, fuísteis trasladada al paraíso celestial! Ya se han cumplido los ardentísimos deseos que teníais de ver a vuestro amado Hijo, y majestuosamente sentada a su lado con la plena seguridad de no perderle jamás de vista, gozáis ya sin medida de las dulzuras de aquel rio de agua viva que sale del trono de Dios y del Cordero. Permitidme, pues, ¡oh Soberana Reina! que atraído por la grandeza de vuestra gloria y por la dulzura de vuestro amor, me presente ante vuestras plantas soberanas para felicitaros en este día y daros mil parabienes por vuestra triunfante y gloriosa Asunción a los cielos, por vuestra exaltación sobre todos los Santos y coros de ángeles, y por haber sido coronada como Reina de cielos y tierra con tanta gloria y majestad por las tres Personas de la Santísima Trinidad. Y ya que en medio de vuestra gloria no os habéis olvidado de que sois Madre de pecadores, dirigid en este día una mirada compasiva sobre el menor de vuestros devotos, que, confiado en este título tan consolador, y del que Vos hacéis tanto aprecio, se atreve a comparecer delante de Nuestra soberana presencia lleno de miserias y pecados, esperando encontrar en Vos el remedio de todas sus necesidades. Y pues os manifestáis tan misericordiosa en el día de vuestro triunfo, sienta mi alma las influencias de vuestra intercesión, y experimente los efectos de vuestro poderío, siendo desatada de los lazos de la culpa, iluminada con la luz de la fe, fortalecida con el vigor de la esperanza, y vivificada con el calor de la caridad, para que, desapegada y desunida de todo afecto a lo terreno y temporal, viva una vida pura e inmaculada, preparándome con el ejercicio de todas las virtudes para morir con el ósculo del Señor, que es la gracia que por vuestra poderosa intercesión espero alcanzar de su divina Majestad en estos días. Amén.

DÍA PRIMERO

Considera el inefable gozo, que tuvieron los Ángeles en el cielo, al contemplar a su soberana Reyna colocada en alto y distinguido solio al lado de la Santísima Trinidad en el día de su gloriosa Asunción: ¡Cuanto se les aumentaría el contento al ver como el Padre Eterno la coronaba como Hija, el Hijo como Madre, y el Espíritu Santo como Esposa! ¿Con que cánticos no celebrarían su venturoso triunfo? ¡O privilegiada Ester! vos sola pudisteis entre todas las mujeres lograr del divino Asuero el más singular indulto. A la consideración, pues, de este sagrado Misterio, eleva tu espíritu hasta el trono de su grandeza, y penetrado de una inflamada devoción, a vista de tan divina Reyna, ofrécela tus rendidos homenajes, y junta tus fervientes votos con los celestiales coros de los Ángeles, que la rodean en la gloria.

Se rezan tres veces el Ave María y un Gloria Patri.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Ángeles, cuya admiración en el día glorioso de vuestra triunfante Asunción excedió a su sublime inteligencia, el reconoceros más hermosa que la luna, y más brillante que el sol: Suplícoos, Señora y Madre mía, iluminéis la densa rudeza de mi ignorancia, para que, ilustrado con las hermosas luces de vuestra preciosa gracia, os rinda mi corazón las alabanzas debidas a vuestra suma grandeza, adorándoos reverente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, à mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Soberana Emperatriz de cielos y tierra, divina primogénita del Altísimo, y dichosa posesión de sus delicias; dignaos, Señora, de recibir las festivas voces de alegría, con que el amor de mi alma os saluda, y dulcemente os alaba, acompañándoos, en el gozo que tuvisteis, cuando vuestro purísimo cuerpo, unido a vuestra alma gloriosa, entre los cánticos armoniosos de las celestes Jerarquías, magnifica y admirablemente fue elevado a la mejor y más hermosa Sion, como arca incorruptible; que en su precioso seno encerró el verdadero maná de la vida, y la divina prenda de nuestra feliz alianza: Suplícoos, Señora y Madre mía, que desde esas celestes alturas no dejéis de inclinar vuestros benignos y piadosos ojos sobre este miserable desterrado, que peregrinando afligido por la desgraciada región de los peligros, coloca en el trono de vuestra clemencia los profundos gemidos de su corazón, confiado en que admitiréis propicia el sacrificio de alabanzas, con que rendida os adora, para que subiendo ante vuestro soberano acatamiento en olor de suavidad, se una a los sonoros himnos, con que incesantemente os saludan los lucidos escuadrones de los Ángeles, y las excelsas y brillantes compañías de los Justos. Amén.

GOZOS

Hoy, que en la celeste Sion
colocada os veis, María;

R/: celébrese en tan gran día
vuestra triunfante Asunción.

Los Ángeles con su canto
por su Reyna os galardonan,
y en alto trono os coronan
Padre, e Hijo, y Espíritu Santo:
Del original borrón
sois la exenta Ester, María:

Al veros en tal dosel
los Patriarcas se os sujetan,
y en vos por Reyna respetan
la más hermosa Raquel:
Su beldad, en parangón
de la vuestra, es sombra fría:

De Judit, en tanta gloria,
los Profetas, Reyna amada,
en vos ven verificada
la más singular victoria:
Ante vos, arca en Sion,
David danza de alegría:

De Dios sentada a la diestra,
los Apóstoles sagrados,
de nuevo gozo bañados,
Reyna adoran su Maestra:
Docta Sabá, la lección
les trocáis en melodía

Cono á Reyna celestial,
hoy los Mártires también
os rinden el parabién
por tan digno honor triunfal:
De su sangre la efusión
cada cual repetiría:

No menos los Confesores
por su Reyna os apellidan,
y con su ejemplo convidan
á cantar vuestros loores:
Su gloriosa confesión
van renovando á porfía:

¡Oh, Vírgenes venturosas!
en vuestra intacta pureza
mostráis la mayor fineza
A vuestra Reyna obsequiosas:
Unid vuestra adoración
á nuestra humilde armonía:

Con el más ferviente celo
en vuestro aplauso se aplican,
y por su Reyna os publican,
todos los Santos del cielo:
Por tan feliz mediación
en vos nuestro amor confía:


Nuestra humilde devoción
aumentad Virgen María;

R/: celébrese en tan gran día
vuestra triunfante Asunción.

ORACIÓN: Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a los cielos a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos, te rogamos, que aspirando siempre a las realidades divinas lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén

SEGUNDO DÍA

Considera la singular alegría, que cupo a los Patriarcas, al ver en el empíreo a la Virgen Santísima venerada por su soberana Reyna. No es capaz el entendimiento humano de concebir cual fuese su celestial alborozo. Con el mayor contento adorarían a la que fue la verdadera luz de tantas sombras y figuras: Abrahán conocería entonces la mejor Sara; Isaac la más prudente Rebeca, y Jacob la más hermosa Raquel. Llenaríanse todos del más imponderable regocijo, y se unirían con los Ángeles para cantar sus divinas alabanzas. Confúndete de ver, cuan indigno eres de poder entrar en aquellos luminosos atrios para celebrar el venturoso triunfo de María Santísima en su gloriosa Asunción. Procura de hoy en adelante ser más devoto suyo, para promover su mayor obsequio, y reforma tu vida si deseas lograr con los Patriarcas de tan soberano Misterio.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Patriarcas, que, como resplandeciente estrella de maravillosas virtudes, brillasteis luminosa, excediendo la fe de Abrahán, la obediencia de Isaac, la constancia de Jacob, y la castidad de José: Suplícoos Señora y Madre mía, me concedáis la gracia de que la práctica de las virtudes en mi espíritu sea tan perfecta, que mi pequeñez pueda publicar altamente lo excelso de vuestra soberanía, y confesando reverente la alteza de vuestras misericordias, y alabándoos eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, a mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.

DÍA TERCERO

Considera, cuanta parte tuvieron los Profetas en el celestial regocijo de contemplar a su Reyna, celebrada de los Ángeles, aplaudida de los Patriarcas, y venerada de todos los Cortesanos del cielo. No con tanta pompa, ni alegría pudo entrar en Betulia la valerosa Judit. Si aquella heroína fue la magnificencia del pueblo de Israel, la Virgen Santísima fue las delicias de la celestial Jerusalén. María fue el cumplimiento de tantas profecías. En ella encontraron la mujer fuerte tan deseada; la verdadera Madre del divino Salomón, colocada ya en el trono, que le preparó su soberano Hijo; la paloma del arca; el arca sagrada del nuevo Testamento; en esta su feliz translación se regocijaría de nuevo el gran David. ¡O divina Señora! si fue tal el gozo de los Profetas, ¡cual sería el mío si pudiese disfrutar de tan adorable vista! ¿Pero cuán lejos estoy de merecerla? ¿cuánto dista mi conducta de la de los Santos Profetas? ¿cómo se puede componer el fervor de aquellos varones justos con la tibieza de un corazón criminal? Procurare, pues, imitar su virtud, y apartarme del vicio, si deseo ser compañero de sus inefables contentos en la gloria.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Profetas, que, como dignísima y amada Esposa del Espíritu Santo, merecisteis el lleno de sus más sagradas ilustraciones, y que iluminada con el fuego de sus soberanos dones, fueseis adornada con la gracia original, para que pudieseis justamente anunciar al mundo, que seríais bendita de todas las naciones: Suplícoos, Señora y madre mía, mue concedáis la gracia de que este soberano Espíritu descienda sobre mi corazón, como Espíritu de verdad que me ilumine, como Espíritu de santidad que me purifique, y como Espíritu de fortaleza que me anime, para que venciendo los obstáculos con que mis pasiones me perturban, pueda alabaros eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, a mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amen. 

CUARTO DÍA

Considera, que al paso que San Pedro, y los demás Apóstoles, sintieron la ausencia de María Santísima en su dichoso tránsito, sin embargo, entregados a una fervorosa oración se llenarían del más inexplicable contento, al contemplar como entraba la misma soberana Virgen en los eternos tabernáculos de la gloria. ¡Oh, cuan excesivo sería el gozo de aquellos venturosos Discípulos al adorar a su divina Maestra como á Reyna suya, colocada en la celeste cátedra del Espíritu Santo, coronada de estrellas, vestida de la luz del sol, y teniendo la luna a sus pies! Todas las lecciones, que oyen de sus divinos labios cuando estaba en el mundo mortal, se convertirían en cánticos de celestial melodía. ¡Oh, como en aquel divino cenáculo del empíreo renovarían los reverentes obsequios, que le tributaron en el cenáculo de Jerusalén! No cesarían de alabar de continuo sus misericordias, y de bendecir al Señor, que la crió tan hermosa a sus divinos ojos, que la llenó de tantas gracias, y la eximió del pecado original. Eleva tu consideración à tan sublime espectáculo, y procura concebir con la intercesión de María Santísima, á imitación de los Santos Apóstoles, un total aborrecimiento al vicio, y el amor a la virtud, a fin de conseguir la gracia de poder algún día gozar de su inefable triunfo en la gloria celestial.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Apóstoles, que como clarísima antorcha de la Iglesia los iluminasteis, siendo su Maestra y su Doctora, fortaleciendo su fe, y animando su celo, para que con fogoso espíritu emprendiesen la alta predicación del Evangelio, llevándola animosos hasta los más remotos extremos del orbe: Suplícoos, Señora y Madre mía, que pues sois todo mi refugio, y el único asilo de mi confianza y mi consuelo, admitáis propicia los humildes votos, y los fervorosos cultos con que gustoso me consagro bajo la poderosa protección de vuestra eminente doctrina, para que dejando correr sobre mi alma los copiosos auxilios de vuestra divina gracia, sostenga constante la santa fe, y con ella consiga alabaros eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, á mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.
 
QUINTO DÍA

Considera, cuan alborozados los Mártires estarían al mirar como su Reyna María Santísima quedaba cual otro Betsabé colocada en alto trono al lado diestro de la Santísima Trinidad. Felices fueron nuestros tormentos, dirían entonces, pues se han convertido en tan inefables dulzuras. Las cruces, las espadas, los ecúleos fueron vanos instrumentos de la gentilidad, para privarnos de esta incomparable dicha. Ocupados de estos gloriosos afectos se acercarían al trono, que la había destinado su Eterno Padre allá desde el principio de sus caminos. Mas sí fijamos nuestra atención en aquel celestial aparato, ¿cómo no nos inflamamos con los más vivos deseos de disfrutar con los Mártires de su eterna felicidad? Y si con los ojos del alma llegamos à percibir alguna vislumbre de aquellos resplandores, ¿cómo no procuramos apartar los ojos del cuerpo de aquellos objetos, que nos hacen indignos de su participación? Suframos con paciencia, a su imitación, los trabajos que su divina Majestad nos enviare en esta vida. Evitemos todos los peligros a que la fragilidad humana nos expone, y fijemos solamente nuestra atención en los medios, que pueden hacernos partícipes de la gloria de los Mártires.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Mártires, que con la más heroica constancia sufristeis los crueles tormentos, que la impiedad descargó sobre el inocente y virginal cuerpo de vuestro soberano y divino Hijo, haciéndole padecer el linaje de muerte más atroz, y cuyos dolores, penetrando con horror la ternura de vuestro compasivo corazón, llenaron de la más amarga pena vuestra purísima y sacratísima alma: Suplicoos, Señora y Madre mía, que pues vuestro precioso Hijo quiso tomar el vestido de mi naturaleza para subir al patíbulo de la cruz, y padecer el más triste y lamentable suplicio, por redimir mi alma de la esclavitud del demonio, me concedáis la gracia de que tan cruento sacrificio aplaque la justa indignación, que merecen mis delitos, y que perdonadas mis maldades, y lavadas en la fuente sacrosanta de esta Divinísima sangre, merezca alabaros eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, a mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.

DÍA SEXTO

Considera, con qué alegría los Confesores, en recompensa del ardor y fidelidad con que defendieron y observaron la divina ley, lograron el supremo honor de poder tributar sus rendidos homenajes a María Santísima como á Reyna suya en el Misterio de su triunfante Asunción. No se detendrían un punto para mezclarse con los Ángeles, Patriarcas, Profetas, y demás Santos en tan glorioso acompañamiento. Renovando a su presencia los actos de adoración y respeto, que les hicieron merecedores de aquella imponderable fortuna, se postrarían a sus adorables plantas, la reconocerían por Madre suya, y Madre de pecadores, ofreciéndose como el Evangelista San Juan a obedecerla y venerarla como hijos suyos. Repetirían todos cuanto dijeron y escribieron en sus divinas alabanzas. Los Misterios que defendieron, ya con la voz, ya con la pluma, y siempre con el ejemplo, en obsequio de tan gran Señora, serían los testimonios más irrefragables de su filial amor, que produjo en ellos tan venturosos sentimientos; y estos mismos sentimientos deberían ocupar tu corazón, al contemplar la gloria de que participarías si te dedicases, como los Confesores, à la observancia de los preceptos de Dios. El yugo del Evangelio es suave; pero tu poco fervor te lo presenta como insoportable. Entrégate a la meditación del soberano Misterio, que hoy te ofrece la piedad cristiana, cumple puntualmente con tus obligaciones, si deseas lograr el auspicio de María Santísima, y gozar algún día de su adorable presencia en la gloria.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de los Confesores, que elegida como el sol por resplandeciente modelo de la humildad profunda, y de la oración continua, siendo llena de gracia, fuísteis colmada de las supremas bendiciones del cielo, para que, ennoblecida con sus sobrenaturales dones, fueseis entre todas las criaturas angélicas y humanas la más hermosa, y la más amada del Señor: Suplicoos, Señora y Madre mía, que para que yo pueda imitar en parte vuestras soberanas perfecciones, dirijáis mis pasos por el bello camino de la rectitud y de la paz, y concediéndome un corazón puro y sencillo, logre meditar constantemente en los divinos preceptos, para alabaros eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, à mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.

DÍA SÉPTIMO

Considera, como a la Virgen Santísima aplaudirían las demás Vírgenes del cielo en el día de su triunfante Asunción. Engolfadas en aquel inmenso piélago de dulzuras, se postrarían ante su glorioso trono, y la obsequiarían como a su Reyna y Emperatriz. Con el mayor contento y regocijo se juntarían con el coro de los Ángeles para celebrar con sus cánticos a la verdadera vara de Jesé, al precioso cedro del Líbano, al sagrado ciprés del monte Sion, a la divina palma ya exaltada en Cadés, y à la purísima rosa plantada en Jericó. A tan soberanos encomios correspondería la gran Reyna con aquellas suavísimas voces de piedad y dulzura, con que la Esposa de los cantares explicaba su gratitud y amor. ¡Oh, que ternura y devoción no causaría aquella luminosa procesión de Espíritus celestiales! ¿Quién es capaz de comprender la conmoción de afectos, que experimentarían todos los moradores de aquella ciudad santa? ¿Y quién puede dejar de apetecer la participación de tan soberanos festejos? Si deseas tener alguna parte en ellos, imita à las Santas Vírgenes en su pureza, medita con atención, y ejecuta lo que ellas obraron en vida, y así después de la muerte te puedes prometer la fruición de la alegría, que gozan en el cielo en compañía de María Santísima.

ORACIÓN

Oh amabilísima Madre, augusta Reyna de las Vírgenes, que mística víctima del amor a la pureza, os consagrasteis, sin ejemplo, como oloroso holocausto en las aras del cordero inmaculado, para que ejércitos de candidísimas Vírgenes le ofreciesen después sus floridas guirnaldas de azucenas, y las inmarcesibles palmas de sus triunfos: Suplícoos, Señora y Madre mía, me libréis del aire contagioso, que debilita y enflaquece los sencillos impulsos de la inocencia, y concededme la gracia de que posea en un supremo grado la bella virtud de la pureza, para que apartando de mi corazón todo lo que puede tiznar y deslucir el delicado lustre de esta virtud excelentísima, logre alabaros eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular que os pido en este Octavario, a mayor gloria de Dios, culto vuestro y bien de mi alma. Amén.

DÍA OCTAVO Y ÚLTIMO

Considera, ¿con cuanta veneración y respeto todos los Santos en el cielo se regocijarían con María Santísima en el día de su suntuosa Asunción? ¿Cuánto se congratularían de haber logrado de Dios, que la condecorase con el timbre de Reyna suya? Con la más digna competencia se acercarían para venerarla en su excelso solio. Los Patriarcas se complacerían en la fe de Abrahán, los Profetas en el celo de Elías, y Moisés: los Apóstoles desde el cenáculo de Jerusalén, al contemplar este Misterio, se complacerían también en la constancia de Santiago el mayor: los Mártires en el sufrimiento de Isaías y Lázaro: los Confesores en la piedad del padre del Bautista, San Joaquín, y Simeón: las Vírgenes en la castidad de Susana, y en fin todos los Santos en santa comunión se participarían unos a otros sus virtudes todas. ¡Oh glorioso Misterio, que excitó la atención de todos los Espíritus celestiales! Si deseas, pues, tu imitar a los Santos, sondea tu corazón, examina tus procederes, y duda te reconocerás por indigno de poder entrar con ellos a su participación. La doctrina de los Santos, la imitación de sus virtudes ha llenado el cielo de Justos; si tú los imitas, como debes, si rectificas tus acciones, podrás esperar que algún día el Señor te cuente también con los Santos entre el número de los escogidos en la gloria.

ORACIÓN

Oh amadísima Madre, augusta Reyna de todos los Santos, que como refulgente luna de la más sublime santidad, oscurecéis los claros resplandores de virtud de todas las demás estrellas del sagrado firmamento de la Iglesia, sobresaliendo vos sola más que todos los luceros celestiales: Suplicoos, Señora y Madre mía, que pues por vuestros preciosos méritos estáis exaltada sobre el elevado monte de la suma felicidad, no despreciéis los lastimosos suspiros del que desdichado lucha con las inquietas ondas del piélago peligroso de este mundo, para que, alumbrado con los lucidos esplendores de vuestra divina gracia, os alabe eternamente al pie de vuestro celestial y estrellado trono; y también concededme el favor particular, que os pido en este Octavario, à mayor gloria de Dios, culto vuestro, y bien de mi alma. Amén.

15 de Agosto: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María



LOS ORÍGENES

Como falta un testimonio explícito y directo de la Escritura sobre la asunción de María a los cielos y no hay tampoco en la tradición de los tres primeros siglos ningún tipo de referencia al destino final de la Virgen, ni se había precisado aún una doctrina escatológica segura. 

Las primeras indicaciones -que han de considerarse como simples huellas- se recogen entre finales del S. IV y finales de S. V: desde la idea de san Efrén, según el cual el cuerpo virginal de María no sufrió la corrupción después de la muerte, hasta la afirmación de Timoteo de Jerusalén de que la Virgen seguiría siendo inmortal, ya que Cristo la habría trasladado a los lugares de su ascensión (PG 86,245c); desde la afirmación de san Epifanio de que el final terreno de María estuvo "lleno de prodigios" y de que casi ciertamente María posee ya con su carne el reino de los cielos (PG 41,777b), hasta la convicción expresada por el opúsculo siriaco Obsequia B. Virginis de que el alma de María, inmediatamente después de su muerte, se habría reunido de nuevo a su cuerpo. 

A finales del S. V es cuando los críticos sitúan igualmente los relatos apócrifos más antiguos sobre el Tránsito de María, que subrayando la idea de una muerte singular de la madre del Señor, representa el elemento primordial a partir del cual se desarrollará sucesivamente la reflexión en torno a la asunción. 

EN EL SIGLO VI

Este siglo tiene una especial importancia para el desarrollo histórico en oriente de la creencia en la asunción. Efectivamente, en oriente comienza a difundirse la celebración litúrgica del Tránsito o Dormición de María, fijada el día 15 de agosto por decreto particular del emperador Mauricio (PG 147,292).

En la iglesia copta se celebraba la fiesta de la muerte y, sucesivamente, la de la resurrección de María, más exactamente en las fechas del 6 de enero y de 9 de agosto; esta costumbre se ha conservado hasta nuestros días. Igualmente la Iglesia abisinia, estrechamente relacionada con la copta, celebra estos dos momentos del destino final de la Virgen. 

También la iglesia armenia celebra la gloriosa resurrección de María, sin conmemorar su resurrección, dado que admite la traslación del cuerpo incorrupto a un lugar desconocido. 
Hay que reconocer que este desarrollo de la fiesta litúrgica del Tránsito o Dormición, en oriente, representa una clave de bóveda y un punto histórico. 

DEL SIGLO VII HASTA EL X 

En este período, en la iglesia greco-bizantina, son numerosos los testimonios de los padres, doctores y teólogos que afirman la asunción corporal de María después de su muerte y resurrección; baste recordar aquí a san Modesto de Jerusalén (+634), a san Germán de Constantinopla (+733), a san Andrés de Creta (+740), a san Juan Damasceno (+749), a san Cosme el Melode (+743), a san Teodoro Estudita (+826), a Jorge de Nicomedia (+880). 

Pero su testimonio no quiere decir universalidad de parecer entre los teólogos bizantinos de este largo período. En efecto, para otros teólogos es muy grande la incertidumbre sobre la realización corpórea de la Virgen y sobre su destino final. 

En la Iglesia latina la situación es idéntica. Junto a los autores que afirman la asunción corporal hay un calificado testimonio de otros que profesan que no se sabe cuál fue el destino final de María; véanse, p. ej., san Isidoro de Sevilla (+636), s. Beda el venerable (+735). Más aún, también en el S. VIII, en Asturias, se pensaba que María había muerto como todos los seres humanos y que, como los demás, aguarda la resurrección y la glorificación final. 

No obstante, en Roma, ya desde el S. VII con el papa Sergio I, se celebraba la fiesta de la Dormición junto con la Natividad, Purificación y Anunciación. Desde Roma pasó el siglo siguiente a Francia y a Inglaterra, llevando ya el título de Assumptio S. Mariae (v. Sacramentario enviado por el papa Adriano I al emperador Carlomargo). 

El nuevo título que se le dio a la fiesta planteó espontáneamente el problema de la resurrección inmediata del cuerpo de María. Se determinan por tanto, en estos siglos, dos claras posiciones doctrinales: la que, no pudiendo contar con ningún testimonio escriturístico ni patrístico, admitía solamente como piadosa sentencia la doctrina de la asunción del cuerpo de la Virgen, aun aceptando como cierta la preservación de su cuerpo de la corrupción, y la que, elaborando un profundo tratado teológico sobre la glorificación anticipada incluso corporal de la madre de Dios, la sostenía como cierta. 

Es significativa en este sentido la obra del Pseudo-Agustín Liber de Assumptione Mariae Virginis (PL 40,1141-1148), que combate con decisión el agnosticismo de algunos de sus contemporáneos. 

SIGLO X HASTA NUESTROS DÍAS 

En la Iglesia bizantina, tanto griega como rusa, se determina durante estos últimos siglos una profunda convicción sobre la glorificación corporal de la Virgen después de la muerte, ampliamente difundida entre el clero, los teólogos y en la fe popular. 

Convicción que encuentra su solemne expresión en la liturgia del mes de agosto, que, en virtud de un decreto del emperador Andrónico II (1282-1328), quedó consagrado al misterio de la asunción, fiesta mayor entre las dedicadas a María; en la iconografía, en la reflexión teológica y en la piedad popular.

Todavía hoy la Iglesia bizantina, aunque no acepta la definición solemne proclamada por Pío XII, considera con una unanimidad moral cada vez más acentuada la asunción corporal de María como una piadosa y antigua creencia. 

En la Iglesia latina la influencia de la obra del Pseudo-Agustín que hemos citado fue decisiva en los cinco primeros siglos de este período y, por haber sido doctrina suya la asunción corporal de María, fue compartida y profundizada por los grandes doctores escolásticos (Albergo Magno, Tomás, Buenaventura, etc.), determinando un movimiento teológico y popular cada vez más difuso en favor de la asunción. 

En el S. XVI muchos protestantes, incluyendo a Luteo, por sus obvios motivos metodológicos, volvieron a negar esta piadosa creencia de la Iglesia católica; pero encontraron en los apologetas católicos una pronta reacción que hizo convertirse esta piadosa creencia casi en una doctrina cierta, tanto entre los teólogos como entre el pueblo.

En el S. XVIII encontramos la primera petición a la Santa Sede para la definición de la asunción como dogma de fe. La presentó el siervo de Dios p. Cesáreo Shguanín (1692-1769), teólogo de los Siervos de María. A esta petición siguieron otras muchas, procedentes de las diversas partes del mundo católico y con diversa autoridad moral y doctrinal. Bastará recordar aquí la del cardenal Sterckx y la de monseñor Sánchez en 1849 a Pío IX, y la de la reina Isabel II de España al mismo pontífice en 1863.
Centenares de otras peticiones, presentadas hasta 1941, llegaron a los diversos pontífices que se fueron sucediendo en la cátedra de Pedro, hasta Pío XII. Los padres jesuitas Hentrich y De Moos recogieron y publicaron en 1942, en dos volúmenes, todas las peticiones que se conservaban en el archivo secreto del Santo Oficio, con el título Pettitiones de Assumptione corporea B. M. Virginis in coelum definienda ad S. Sedem delatae. 

El consenso del mundo católico era moralmente unánime, aun cuando alguna voz aisalada discutiera no tanto el hecho de la asunción como su definibilidad en cuanto verdad revelada por Dios. Estas dudas se debían a varios orígenes. 

Algunas se derivaban de la ausencia de testimonios bíblicos sobre la asunción de María; otras, de la deficiente distinción crítica entre el aspecto dogmático del problema y el histórico o racional; otras, finalmente, de la fata de una visión de conjunto de los diversos argumentos aducidos en favor de la definibilidad de la asunción: argumentos que, insuficientes cuando se les toma en particular, podían ser reconocidos como válidos si se tomaban en bloque. 

Es sabido que Pío XII, después de las innumerables peticiones, el 1° de mayo de 1946 envió a todo el episcopado católico la encíclica Deiparae Virginis, en la que preguntaba a los obispos si la asunción de María podría ser definida y si deseaban juntamente con sus fieles esta definición. 

La inmensa mayoría de los obispos respondió afirmativamente a ambas preguntas, y Pío XII, el 1° de noviembre de 1950, procedió a la solemne definición dogmática con su constitución apostólica Munifucentissimus Deus

"...Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste..."


¡Bendita eres entre todas las mujeres! 
Bendita porque creíste en la palabra del Señor,
porque esperaste en sus promesas, porque fuiste perfecta en el amor. 
Bendita por tu caridad presurosa con Isabel,
por tu bondad materna en Belén,
por tu fortaleza en la persecución,
por tu perseverancia en la búsqueda de Jesús en el templo,
por tu vida sencilla en Nazaret,
por tu intercesión en Caná,
por tu presencia maternal junto a la Cruz,
por tu fidelidad en la espera de la Resurrección,
por tu oración asidua en Pentecostés.
Bendita eres por la gloria de tu Asunción a los cielos,
por tu maternal protección sobre la Iglesia,
por tu constante intercesión por toda la humanidad.

Bajo tu amparo 
nos acogemos, 
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos
en nuestras necesidades;
antes bien, 
líbranos siempre de todo peligro,
Oh Virgen gloriosa y bendita. 
(Oración más antigua que se conoce a la Virgen María S. III)

Nosotros creemos con todo el ardor de nuestra fe tu Asunción triunfal en cuerpo y alma a los cielos, donde sos aclamada Reina de todos los coros de los ángeles y de todos los santos. Nosotros nos asociamos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha exaltado por encima de todas las criaturas. 

¿Qué es la Dormición o Tránsito de la Virgen María?

 


La Dormición de la Virgen María es la glorificación de su cuerpo sin pasar por la muerte, es decir, al contrario que sucede en la muerte humana, la intervención divina de su Hijo Jesús hizo que el cuerpo y alma de Ella, no se separasen en espera del Juicio final y ascendieran unidos a los cielos.
 
Según el dogma establecido por Pío XII el 1 de noviembre de 1950: «Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado; que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste».

El tema de la dormición en la iglesia Oriental (Ortodoxa) es más importante que en la iglesia occidental (Romana). 

Los ortodoxos realizan una mini cuaresma antes de la Asunción, desde principio de mes hasta el 14 de agosto con ayuno.

Hay una tradición que dice que ella murió a las 3 de la tarde como Jesucristo, el 13 de agosto, y fue asunta al cielo el 15 de agosto.

En Jerusalén se conmemora la muerte de María entre el 13 y el 15 de agosto y hay un Triduo Mariano que venera el ciclo de muerte y resurrección de 3 días de la Santísima Virgen.

Del 12 al 14 de agosto: Triduo en preparación a la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María


Se dará principio con la señal de la cruz y el acto de contrición, y después se dirá la siguiente oración:

ORACIÓN PREPARATORIA

¡Oh Reina de los ángeles y dulce encanto de los serafines! ¡Oh Madre amabilísima de mi alma y tierno objeto de mi amor! Aquí me tenéis ante vuestras soberanas plantas. atraído dulcemente de los más vivos deseos de honraros y glorificaros con todo mi corazón en la próxima solemnidad de vuestra preciosa muerte y gloriosísima Asunción a los cielos; para que entrando de este modo en el espíritu que anima a la Santa Iglesia al tributaros en estos días tan solemnes cultos, merezca ser participante de aquellas gracias que tan copiosamente derramáis sobre vuestros devotos en el día de vuestro triunfo. Ea, pues, Madre mía; alumbrad mi entendimiento y encended mi voluntad para que, contemplando devotamente la inefable alegría que sintió vuestro corazón y los dulces sentimientos que enajenaron vuestra benditísima alma al anunciaros un ángel de parte de vuestro Hijo el fin de vuestro destierro, me prepare y disponga para celebrar dignamente vuestra festividad. Y pues también ha de llegar un día para mí en el que he de abandonar este miserable mundo, desde ahora os pido me amparéis en aquella hora decisiva de mi eterna suerte. Esta es la gracia, Madre mía, que espero alcanzar de vuestra misericordiosa liberalidad en el día de vuestro más glorioso triunfo, y a este fin dirijo y ordeno todos los ejercicios

y actos de piedad con que en estos días os honrare. Y ya que la mejor disposición para una buena muerte es una vida santa y virtuosa, dignaos, Madre de mi alma, adornar mi corazón con las virtudes de que Vos conocéis tengo mayor necesidad. Alcanzadme sobre todo una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente, el desapego de los bienes terrenos, el espíritu de oración, un grande amor a Vos y tierna confianza en vuestra protección y perseverancia final. No desechéis ¡oh Madre de Dios! mis humildes súplicas, antes bien atendedlas favorablemente. Amen.

DÍA PRIMERO

CONSIDERACIÓN

Considera, alma mía, los ardientes deseos que tendría la Santísima Virgen de salir de este mundo y de gozar para siempre de la dulce compañía de su amantísimo Hijo. Estaría exclamando continuamente con David: «¡Oh cómo se alarga mi destierro! ¡Cómo se prolonga mi habitación en este mundo!» ¡Qué suspiros, pues, exhalaría esta inocente paloma desde su retiro para ver y gozar de su Amado! Y, en verdad, ¿qué cosa podía entretener y divertir en este valle de lágrimas el purísimo corazón de esta Señora, estando destinada para ser Reina de los cielos? ¿Qué consuelo podía tener en este destierro viéndose privada de la dulce compañía de su amado Hijo? El amor que tenía a la Iglesia recién nacida podía en alguna manera detenerla en este mundo; pero como la veía establecida y extendida por todo el universo, deseaba ya partirse de este destierro, y mucho más sabiendo que desde el cielo podía socorrerla aún mejor.

¡Qué largos, pues, le parecerían sus días y cuán prolongada su habitación en este mundo! Llegábase entre tanto el momento dichoso y feliz en que el Señor había determinado premiar a su bienaventurada Madre; y así tres días antes la envió un ángel que la anunciara su cercana muerte, trayéndola una palma en señal de la victoria. ¿Y quién podrá explicar la alegría que entonces inundó su corazón? ¿qué gozo tan grande no se apoderaría de su benditísima alma? Trasportada en un éxtasis amoroso, y arrebatada en vivísimos deseos de poseer a su Dios, exclamaría mejor que David: «Mi corazón se ha alegrado con esta nueva celestial; iré a la casa de mi amado Hijo, y gozaré de su presencia por toda una eternidad.» Anegada quedó la Santísima Virgen en un mar de dulzuras al recibir esta noticia, y su corazón purísimo abrasado en amor divino se encendía más y más al considerarse tan cercano de ser morador de la Jerusalén celestial. Dios era el único objeto de su amor, y este amor era proporcionado al altísimo conocimiento que de Él tenía. Si pues el amor tiende a unir al amante con el objeto amado, haciendo que en esta unión encuentre el que verdaderamente ama su dicha y felicidad, ¿quién podrá ponderar y comprender la alegría que sintió la Santísima Virgen en este paso? ¡Ah! considéralo, alma mía, y confúndete al mismo tiempo de ver que tus deseos sean tan diferentes de los de la Santísima Virgen. Mira bien lo que te enseña con su ejemplo, y aprende de esta divina Maestra á no amar los bienes vanos y perecederos de la tierra, y á suspirar únicamente por los eternos del cielo.

ORACIÓN

¡Oh Madre de Dios y Reina de los ángeles! Si tan grandes eran los deseos que teníais de trocar este destierro por la patria celestial, ¿quién será capaz de comprender el torrente de dulzura que inundó vuestro Santísimo Corazón cuando os fue revelada la hora de vuestra cercana muerte? ¡Oh cuán gozosa y alegre estaríais viendo que se acordaba el fin de vuestro destierro, y que se llegaba el momento de uniros para siempre con vuestro dulcísimo Hijo! Y en verdad, ¿qué cosa os podía tener atada en este mundo? ¡Ah! Vos conocíais la vanidad y mezquindad de los bienes terrenos, y no podíais, por consiguiente, encontrar en ellos consuelo alguno, y así todas vuestras ansias se dirigían a gozar cuanto antes de la compañía de vuestro dulcísimo Hijo. ¡Ah Madre de mi alma! Confúndame y me avergüenzo al verme tan apegado a las cosas de la tierra y tan descuidado de los bienes del cielo. Pero si hasta ahora me he dejado llevar del falaz atractivo de los placeres y riquezas que este mundo me ofrece, propongo firmemente de hoy en adelante mudar de vida, y dirigir todos mis pensamientos, afectos y deseos a la consecución de la eterna gloria. ¡Sí, Madre de mi alma! De hoy en adelante quiero tener mi corazón más en el cielo que en la tierra. Alcanzadme, pues, esta gracia de vuestro Santísimo Hijo, y haced que use de tal modo de los bienes terrenos, que no poniendo en ellos el afecto, solo suspiro por el gozo eterno del Señor. Amen.

GOZOS

Pues sois Ave que, hasta el cielo,María, voláis ansiosa; Dadnos alas, Ave hermosa, para seguir vuestro vuelo. 

Lleno de celestial luz vuestra muerte os anunció un ángel que os envió vuestro amado Hijo Jesús: logrando el mayor consuelo en nueva tan misteriosa.

Los Apóstoles que acaso en vuestra muerte asistieron, devotos se enternecieron al ver tan cerca el ocaso de ese sol, que al mismo cielo supo dar luz tan copiosa.

Sin achaque de dolor os ponéis en una cama, y viendo a Jesús que os llama, espiráis fénix de amor: rindiéndole vuestro anhelo el alma más prodigiosa.

Del pecado y de su muerte, del infierno y su adalid, divina y bella Judit, triunfó vuestro valor fuerte: y a pesar de su desvelo os aclaman victoriosa.

Tomás que aún no sabía de vuestra muerte, llegó a Getsemaní, y abrió el sepulcro al tercer día: más solo halló vuestro velo, y vestidura preciosa.

En premio de la victoria que en este mundo alcanzasteis, desde el sepulcro volasteis en cuerpo y alma a la gloria; como lo confiesa el celo de la religión piadosa.

Al ver tantas perfecciones, pasmados los querubines, ángeles y serafines, dicen con admiraciones: ¿quién es esta, que del suelo se remonta tan gloriosa?

En los brazos recostada de vuestro Hijo querido, sobre el trono más lucido sois María colocada: cual iris que con desvelo anuncia la paz dichosa.

Mejor que Betsabé vos del Hijo al lado os sentáis, tan hermosa, que os lleváis la atención del mismo Dios: sí sois el mejor modelo de su mano poderosa.

Allí con celeste canto por Hija os corona el Padre, el Hijo por dulce Madre, por Esposa el Amor Santo: Reina sois de tierra y cielo, y Abogada portentosa.

Salve, Virgen pura y bella,
salve, sagrario divino,
salve, espejo cristalino,
salve, sol, luna y estrella:
salve, universal consuelo,
salve, en fin, Madre amorosa.

ANTÍFONA: Hoy la Virgen María ascendió a los Cielos, alegraos, Ella reina con Cristo eternamente.

℣. Exaltada es la Santa Madre de Dios.

℟. Sobre los coros angélicos como Reina celestial.

ORACIÓN: Perdona misericordiosamente, Señor, las faltas de tus servidores, y, dada la impotencia en que nos encontramos de agradarte por nuestros propios méritos, concédenos la salvación por la intercesión de Aquella que elegiste para que fuera la Madre de tu Hijo, Nuestro Señor, que, siendo Dios, vive y reina contigo en unidad con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Omnipotente y sempiterno Dios, que llevaste a la gloria celestial a la Inmaculada Virgen María, la Madre de tu Hijo: Te suplicamos nos concedas que, siempre atentos a las cosas del cielo, merezcamos ser participantes de su gloria. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

℣. Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar.

℟. Sea por siempre bendito y alabado Jesús Sacramentado.

DÍA SEGUNDO

CONSIDERACIÓN

Acercábase ya la hora feliz en que María Santísima había de salir de este valle de lágrimas para ir a gozar de la compañía de su amantísimo Hijo en el cielo. ¡Con qué ansias deseaba esta Señora tan dichoso momento, y cuán alegre estaba esperando la venida de su dulce Jesús, en cuyos brazos, como en ligeras y suaves alas, debía subir a la gloria! ¡Cuán preparada, pues, estaría para salir de este mundo! Y así, toda unida y ocupada con Dios, todas sus ansias y deseos serian verle cara a cara y poseerle para siempre. Cada momento, cada respiración se encendía más y más en amor de su divino Esposo, y cuanto más crecía la llama

de su amor, tanto más vehementes eran los impulsos que sentía de verse libre de los lazos de la carne y volar al seno de su Criador. Considera también, alma mía, el sentimiento de todos los fieles y Apóstoles cuando supieron la cercana muerte de su Señora y Maestra. Cuán grande seria su desconsuelo viendo que perdían de vista a la que amaban como a su tierna y cariñosa Madre, a la que recorrían en sus dudas y con la que se consolaban en los trabajos de su predicación. Considera bien todo esto, alma mía, y arrancando de tu corazón todo afecto y afición a las cosas vanas y perecederas de la tierra, entra en espíritu en la humilde habitación de María Santísima, y mezclando tus sentimientos y afectos con los de los Santos Apóstoles, suplícale humilde te dé su santa bendición, y que te dispensa su favor y amparo desde el cielo. ¡Ahí Mañana recordamos el glorioso triunfo de María, y celebramos aquel momento feliz en que se le dió la debida recompensa que merecían sus altísimas virtudes! Feliz, pues, el alma que sepa pedir en este día a las puertas de su misericordiosa liberalidad: alcanzará sin duda el remedio de sus necesidades y encontrará el camino de la salvación; porque escrito esta que quien la hallare, hallará la vida y alcanzará salud del Señor. 

ORACIÓN

¡Oh María, templo sagrado del divino amor! ¿Quién podrá comprender la alegría de vuestro corazón al ver tan cercana la hora de uniros perpetuamente con vuestro divino Hijo, y los ardentísimos deseos en que os abrasabais de que llegase la hora de que esta unión se consumase? ¡Ah! Madre de mi alma, no es esto para entendimiento humano; porque si, según doctrina de vuestro tierno amante San Bernardo, era necesario un milagro continuo para que no murierais a la fuerza del divino amor en que estuvisteis abrasada desde el primer instante de vuestra Inmaculada Concepción, mucho más necesario fue este milagro en los últimos momentos de vuestra vida. Y naciendo, pues, los deseos que teníais de gozar de Dios de este amor, ¿qué habremos de decir, Madre mía, ¿sino que era necesario un milagro para que la vehemencia de estos deseos no rompiera los lazos que unían vuestra alma con el cuerpo? Adoro, pues, este milagro de la divina Omnipotencia, y entre tanto, Madre mía, permitid que una mis sentimientos con los que tenían los Apóstoles y demás fieles cuando postrados á vuestras plantas soberanas derramaban tiernas lágrimas porque os ausentabais de ellos, y que os diga con todo mi corazón: No me dejéis, Madre mía, solo en este mundo a la merced de mis enemigos. Dadme vuestra santa bendición, y con ella vendrá la paz del Señor a mi alma, y la caridad y gozo del Espíritu Santo. Y de esta manera, desapegado mi corazón de los bienes terrenos, volará en alas de amor a lo alto de la perfección hasta posarse algún día a vuestras plantas soberanas. Amen.

DÍA TERCERO

CONSIDERACIÓN

Considera, alma mía, cómo se prepararía la Santísima Virgen para su cercano fin. En aquellos tres días que mediaron desde la revelación de su próximo tránsito hasta que este se efectuó, no pensaría ya en otra cosa sino en el cielo. ¡Oh cuán olvidada estaría de todo del mundo, arrebatada en un continuo éxtasis de amor! ¡Cuán bien empleados pasaría los últimos momentos de su vida, y con cuánto fervor se dispondría para morir, sabiendo cuán cercana estaba la hora dichosa en que había de trocar este destierro por la patria celestial! Por qué, aunque es verdad que su purísimo corazón nunca estuvo apegado a las cosas de la tierra, y que jamás estuvo distraída del objeto de todas sus atenciones y deseos, que era Dios; pero a la manera que el movimiento de un grave hacia su centro es más rápido cuanto más se acerca a él, así también crecerían por momentos los deseos en que se abrazaba de ver a Dios; y como su santidad fue siempre creciendo, multiplicándose al infinito, por decirlo así, todo el tiempo que vivió sobre la tierra crecería también su devoción y fervor según la misma medida. Y si fue perfectísima en todas sus obras, ¿cómo lo podía dejar de ser en los últimos instantes de su vida? ¡Mira, pues, alma mía, cómo se prepararía y dispondría para salir de este mundo y entrar triunfante en la Jerusalén celestial! ¡Ah! ¿Y te preparas tú también para la hora de la muerte? Tus gustos, inclinaciones y modo de vivir dicen que no. ¿Cómo, pues, vives tan descuidada en un negocio de tanta importancia, y más cuando sabes que a cualquier hora puede asaltarte la muerte y encontrarte desprevenida? Prepárate, pues, para morir bien, a imitación de la Santísima Virgen; y ya que la mejor disposición para la muerte es una vida santa y virtuosa, trabaja ahora para adquirir las virtudes, de que tanto necesitas, y desprende tu corazón de los bienes y demás objetos que en aquella hora necesariamente has de dejar.

ORACIÓN

¡Oh dulcísima Madre de nuestras almas y Maestra soberana de la más alta perfección! ¡Qué lección tan admirable me dais de lo que debo hacer durante mi vida con lo que Vos practicasteis en los últimos momentos de la vuestra! Porque si Vos, que siempre estuvisteis tan íntimamente unida con Dios, os preparasteis para salir de este mundo con nuevos fervores, ¿qué debo hacer yo, miserable criatura, tan lleno de defectos como me encuentro y tan apasionado por los bienes de la tierra? ¡Ah Madre mía! Confúndome de haber sido tan negligente en cosa que tanto me importa, y ya que me precio de ser hijo y devoto vuestro, quiero imitaros, y hacer que toda mi vida sea una preparación continua para mi muerte. Si, Madre mía; tal es la resolución que formo en este día ante vuestras plantas soberanas; y pues Vos os preparasteis para morir, no porque antes hubieseis vivido distraída en lo más mínimo y ocupada en las cosas terrenas, sino porque, deseando siempre amar más y más a vuestro Dios y Señor, este amor iba aumentándose continuamente, y tomó mayor incremento con la noticia de vuestro cercano fin; encended en mi corazón este divino fuego, que abrasaba vuestro santísimo pecho, y haced que, consumiendo en mi todo afecto y amor desmedido a las criaturas, me levante su fuerza a lo alto de la perfección, para que, no buscando ni deseando sino gozar cuanto antes de Dios y de Vos en el cielo, esté siempre dispuesto para la muerte que me ha de llevar allá. Amen.