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MES DE SEPTIEMBRE EN HONOR DE LOS SANTOS ÁNGELES

 


Este mes de septiembre está dedicado a honrar a los Santos Ángeles, ya que en él se celebra la gran festividad de san Miguel Arcángel, originalmente dedicada a todos los bienaventurados espíritus celestiales (como se puede ver por la colecta de la misa del 29 de septiembre). Ya el Credo asegura su existencia. Así, en el Símbolo niceno-constantinopolitano rezamos: “Credo in unum Deum, Patrem omnipotentem, factorem clei et terrae, visibilium ómnium et invisibilium” (Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible). En la Biblia aparecen los espíritus angélicos del principio al fin, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Se nos presentan como mensajeros de Dios, encargados de importantes misiones en orden a la economía de salvación y auxiliadores de los hombres.

Un ángel se aparece a Abraham para impedirle sacrificar a su hijo Isaac; dos visitan en Sodoma a Lot para advertirle que huya de la ciudad destinada a la destrucción; Jacob ve una escala por la que ascienden y descienden del cielo los ángeles de Dios; el arcángel Miguel se muestra a Josué ante Jericó y es señalado por el profeta Daniel como el protector del pueblo de Israel; el arcángel Gabriel se aparece al mismo profeta para revelarle los misterios de los últimos tiempos; el arcángel Rafael acompaña y protege al joven Tobías en sus vicisitudes; el Evangelio de san Lucas habla de la embajada del arcángel Gabriel a la Santísima Virgen; los ángeles aparecen sirviendo a Jesús después de sus tentaciones en el desierto; otro ángel le consuela en la agonía de Getsemaní; dos ángeles anuncian la Resurrección a las pías mujeres; otros dos anuncian a los discípulos la Parusía después de la Ascensión de Cristo; un ángel libera a san Pedro de su prisión; en el Apocalipsis aparecen precediendo la Segunda Venida de Cristo y acompañándole en santas miríadas en su triunfo sobre el Anticristo, la Bestia y sus secuaces.

¿Cuál es la naturaleza de los ángeles? Son puros espíritus, dotados de entendimiento y voluntad. Pero a diferencia de nosotros los seres humanos, no conocen discursivamente sino por inmediatamente por intuición. Su voluntad es asimismo mucho más perfecta que la nuestra. Una vez que han formado una intención la ponen en acto sin marcha atrás y sin desistimiento. Cada ángel es único y constituye una especie en sí misma. Evidentemente, no estando dotados de cuerpo material, no tienen forma ni sexo, aunque al manifestarse a los hombres adquieren forma humana para que puedan éstos percibir por los sentidos lo que Dios quiere comunicarles por medio de sus mensajeros. Los ángeles ejercen poder sobre las cosas materiales y las fuerzas de la naturaleza por su pura acción espiritual.

Los ángeles tienen su propia historia, que viene a ser como nuestra “prehistoria espiritual”. Antes de la creación material, Dios produjo de la nada millones y millones de espíritus para su mayor gloria y su servicio. Estableció entre ellos una jerarquía de tres órdenes divididos en nueve coros. El primer orden fue dedicado a Dios Padre, constando de tres jerarquías: serafines, querubines y tronos; el segundo orden fue dedicado a Dios Hijo, estando compuesto de otras tres jerarquías: dominaciones, potestades y virtudes; el tercer orden, en fin, fue dedicado al Espíritu Santo y quedó conformado de otras tres jerarquías: los principados, los arcángeles y los ángeles. Se cree que Dios sometió a sus ángeles a una prueba (algunos sostienen que se trató de la revelación de la creación del hombre). El más hermoso de los serafines, llamado Luzbel, se rebeló contra su Creador al grito de “Non serviam!” (No obedeceré) y arrastró tras de sí a la tercera parte de los espíritus celestiales, entablándose una batalla en el cielo con los ángeles fieles capitaneados por un humilde arcángel: san Miguel, el cual respondió al soberbio serafín con la exclamación que le dio el nombre “Quis ut Deus?” (Quién como Dios?). Luzbel y sus secuaces fueron arrojados al tártaro, siendo privados de la visión de Dios por toda la eternidad. El acto volitivo de rebelión fue instantáneo y no cupo arrepentimiento. Así fue como surgieron los demonios, con Lucifer o Satanás, como su jefe.

Dios creó entonces el mundo material, haciendo rey de él al ser humano, al que creo a su imagen y semejanza, dotado de entendimiento y voluntad, aunque sometido a las limitaciones de la carne. Los hizo varón y hembra para que fueran un icono de la Trinidad. También les puso una prueba, que no superaron, pero, a diferencia de los ángeles rebeldes (cuya voluntad era inflexible y como fosilizada en el mal), les ofreció la Redención en su Hijo, que se encarnaría para salvar a la raza humana. Ciertos teólogos sostienen que Dios tiene previsto cubrir con los elegidos de entre los hombres los puestos dejados vacantes por los ángeles caídos. Éstos intentan por todos los medios tentar a aquéllos y arrastrarlos a la común condenación. Pero Dios ha dispuesto que los ángeles buenos ayuden a sus criaturas humanas a perseverar en su gracia y salvarse. Ha dispuesto un ángel guardián para cada hombre; pero además, otros ángeles protegen las naciones, las sociedades, las ciudades y las comunidades humanas. Nunca sabremos en su justa medida hasta qué punto estamos en deuda con nuestros hermanos mayores de la creación; por eso hemos de invocarlos con frecuencia, honrarlos y darles gracias por su asistencia tanto espiritual como temporal, pues no sólo nos asisten en nuestras tentaciones, sino también en nuestros peligros materiales.

El día de la semana dedicado especialmente a los Santos Ángeles es el martes. Procuremos santificarlo siempre con ejercicios de piedad, especialmente oyendo la Santa Misa en su honor y encomendando a Dios nuestras intenciones por su intermedio. En este mes de septiembre, además, dediquémonos a profundizar en la teología de los ángeles, para lo que recomendamos la lectura de un clásico: el tratado De coelesti hierarchia (Sobre la jerarquía celestial) del Pseudo-Dionisio Areopagita. Lamentablemente no se encuentra todavía en la red en su traducción castellana, pero vale la pena comprar el volumen de las Obras Completas de este autor publicado por la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).

Primer Jueves de Mes: Jueves Sacerdotal


El Jueves es el día tradicionalmente dedicado a recordar a los sagrados ministros de Dios al haber Nuestro Señor Jesucristo instituido el Jueves Santo el Sacerdocio juntamente con la Eucaristía. Práctica particularmente laudable es la de los Primeros Jueves de Mes, en el que se hacen especiales ejercicios de piedad para pedir por los sacerdotes y religiosos, así como por las vocaciones para que el Señor envíe operarios a su mies y extiendan su Reino en el mundo entero (por lo que también se elevan preces especialmente por los misioneros católicos).

El Sacerdocio está en función de la Misa y ésta, que es el sacrificio eucarístico, es el culmen de la vida espiritual del cristiano. De la Eucaristía dimana la eficacia de todos los demás sacramentos, por lo cual se la llama “magnum mysterium” o “mysterium fidei”, es decir, el gran sacramento, el sacramento o misterio de la Fe. El Sacerdocio, pues, es clave en la Iglesia. Los sacerdotes quiere San Pablo que sean considerados como: “ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei”. El sacerdote católico es, en razón de ello, sacrificador y santificador: ofrece la Santa Misa como sacrificio propiciatorio por vivos y difuntos y administra los Sacramentos, que son los medios ordinarios y seguros de la salvación.

El sacerdote tiene la gracia unitiva, que es la particular del sacramento del orden. Éste imprime en él un carácter indeleble y lo configura con Jesucristo para que actúe en su nombre y persona. Cuando el sacerdote ofrece su misa es Cristo quien ofrece; cuando absuelve de los pecados en el tribunal de la penitencia, es Cristo el que perdona. Ese carácter sacramental y esa configuración con Jesucristo hacen que el sacerdote no sea “un hombre como todos los demás”, sino que tenga un plus ontológico que lo distingue del resto de los hombres. Tras recibir la ordenación presbiteral, el nuevo sacerdote ya no es simplemente hombre, sino que es hombre-sacerdote.

De aquí se deduce que el sacerdocio ministerial es esencialmente distinto del sacerdocio común de todos los bautizados. No es una diferencia de grado, sino cualitativa y substancial. Y, como el sacerdote ordenado tiene un carácter indeleble que lo hace ontológicamente hombre-sacerdote, su ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia aunque no se encuentre ejerciendo su sacerdocio. Y seguirá siendo sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.

Sin los sacerdotes estaríamos desamparados espiritualmente. No tendríamos la misa ni los sacramentos, es decir que no dispondríamos de los medios ordinarios para salvarnos. La vida católica no podría desarrollarse normalmente sin ellos. Allí donde han faltado o faltan por diversas circunstancias (por falta de clero, por persecución, por abandono) los fieles sufren y languidecen espiritualmente, aunque ciertamente Dios no abandona a sus hijos. Por eso es tan importante rezar por las vocaciones y por la santificación y perseverancia del clero. Para que haya muchos sacerdotes que santifiquen al pueblo de Dios y lleven las almas al cielo. La santidad no es indispensable para que el sacerdote católico ejerza eficazmente su ministerio, ¡afortunadamente! Nuestra salvación no depende de la bondad o maldad de los sacerdotes, que no son sino los instrumentos a través de los cuales Jesucristo actúa: ya darán cuenta a Dios de su vida personal. Pero qué duda cabe que un sacerdote santo edifica, consuela y llama a la santidad.

El quinto precepto general de la Santa Madre Iglesia manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia de Dios” (antiguamente se decía “pagar los diezmos y las primicias”, que viene a ser lo mismo). Quiere decir que los fieles tenemos el deber de mantener el culto católico y a sus ministros, que es por quienes nos viene la gracia. Es natural, pues como dice San Pablo: “tiene el operario derecho a su salario” y los sacerdotes son los operarios de la viña del Señor. También dice el Apóstol de las Gentes que “quien sirve el altar que viva del altar”, por lo cual los sacerdotes, que son los ministros del altar tienen el derecho a vivir de él, del cual, por cierto, nos beneficiamos todos.

Ahora bien, contribuir al sostenimiento de la Iglesia se hace de dos maneras: material y espiritualmente. Se contribuye materialmente aportando dinero, bienes y trabajo en la medida de las posibilidades reales de cada quien. Debemos considerar siempre si en conciencia hacemos todo lo que podemos. Muchas veces no somos generosos con la Iglesia mientras somos capaces de gastarnos dinerales en caprichos, vicios o cosas superfluas. Tengamos siempre en cuenta que, como pasa con nosotros, los sacerdotes no viven del aire y que tienen necesidad de nuestra asistencia material. A cambio ellos nos dan los medios de salvación. Realmente, salimos ganando siempre porque los fieles les damos bienes perecederos, mientras ellos nos dan la posibilidad de ganar el bien duradero de la vida eterna.

Pero también espiritualmente podemos sostener a la Iglesia y a sus ministros: encargando misas, ofreciendo nuestras oraciones y difundiendo propaganda a favor de las vocaciones. En esta categoría de limosna entra la práctica de los Primeros Jueves de mes, en los cuales invertimos una pequeña parte de nuestro tiempo para orar por los sacerdotes, religiosos, vocaciones y misiones, es decir, para mantener vivo el organismo de nuestra religión. Acostumbrémonos a santificar los Jueves Sacerdotales ofreciendo en ellos nuestras preces y nuestros pensamientos, participando de las funciones que se organizan en las parroquias o desde casa si no podemos estar en ellas presentes. Es la mejor manera de preparar el Primer Viernes, consagrado al corazón Divino según el cual queremos que sean nuestros sacerdotes. También para preparar el Primer Sábado en honor del Corazón inmaculado de María, modelo de almas consagradas.

Ofrecemos unas cuantas sugerencias sobre el modo práctico de hacer el Jueves Sacerdotal:

1. Exposición del Santísimo Sacramento
2. Rosario meditado
3. Preces por los Sacerdotes, religiosos y religiosas
4. Preces para pedir vocaciones
5. Preces por las misiones
6. Reserva y bendición con el Santísimo Sacramento.
7. Misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.


Oración del Venerable Pío XII por los sacerdotes

Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de vuestro dulcísimo Corazón nos habéis dado a nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que vuestra gracia inspira en nuestras almas; os suplicamos: venid y ayudadlos con vuestra asistencia misericordiosa.

Sed para ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que vuestra Palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de vuestra vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.

Concededles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen vuestra mayor gloria. Concededles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en vuestras manos la tarea bien cumplida, dadles, Jesús, Vos que fuisteis su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.

Preces litánicas por los sacerdotes

Respondemos: "Danos sacerdotes santos"

- Para que sea santificado tu nombre
- Para que venga a nosotros tu reino
- Para que tu voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo
- Para que no nos falte el pan espiritual de tu Palabra ni el Divino Pan Eucarístico cada día
- Para que en tu nombre perdonen nuestros pecados
- Para que nos enseñen a perdonar las ofensas
- Para que nos auxilien en la lucha contra las tentaciones
- Para que nos ayuden a librarnos del mal, sobre todo en la hora de la muerte

Oración del Venerable Pío XII
por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Jesús, Supremo Sacerdote y Pastor universal, que nos habéis enseñado a rezar diciendo: “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Mat. IX, 38), escuchad con benevolencia nuestras súplicas, y suscitad un gran número de almas generosas que, animadas por vuestro ejemplo y sostenidos por vuestra gracia, aspiren a ser los ministros y los continuadores de vuestro verdadero y único sacerdocio.

Haced que las trampas y calumnias del enemigo malo, secundado por el espíritu indiferente y materialista del mundo, no obscurezcan entre los fieles el sublime esplendor y la profunda estima debida a la misión de aquellos que, sin ser del mundo, viven en el mundo, para ser los dispensadores de los divinos misterios. Haced que, para preparar buenas vocaciones, continúen promoviéndose en la juventud la instrucción religiosa, la piedad sincera, la pureza de la vida y el cultivo de las ideas más elevadas. Haced que, para secundarles, la familia cristiana, consciente del honor que significa destinar al Señor a algunos de sus retoños, no deje nunca de ser un vivero de almas puras y fervorosas. Haced que no falten nunca en tu Iglesia extendida por todo el mundo los medios necesarios para acoger, favorecer, formar y llevar a término las buenas vocaciones que se le ofrecen. Y, a fin de que todo ello se convierta en realidad, oh Jesús, que deseáis tanto el bien y la salvación de todos, haced que el poder irresistible de vuestra gracia no cese de bajar del cielo de modo que numerosas almas reciban vuestra llamada silenciosa, os den una respuesta generosa y perseveren, en fin, en vuestro santo servicio.

¿Acaso no os aflige, oh Señor, la visión de tantas muchedumbres semejantes a ovejas sin pastor, sin nadie que parta para ellas el pan de vuestra Palabra y las sacie con el agua de vuestra gracia, quedando así a merced de los lobos rapaces, que las acechan sin cesar? ¿No sufrís al contemplar tantos campos en los que aún no ha penetrado la reja del arado y donde crecen espinas y abrojos sin que nadie les dispute el terreno? ¿No os apena considerar tantos de vuestros jardines ayer floridos y frondosos y hoy en peligro de marchitarse y volverse áridos? ¿Permitiréis que la mies ya madura se disperse y se pierda a falta de brazos para cosecharla?

Oh María, Madre purísima, de cuyas piadosísimas manos hemos recibido al más santo de todos los sacerdotes; oh glorioso Patriarca San José, ejemplo perfecto de correspondencia a la llamada divina; oh santos sacerdotes, que en el cielo formáis alrededor del Cordero de Dios un coro de predilección; obtenednos numerosas y santas vocaciones, a fin de que el rebaño del Señor, protegido y guiado por pastores vigilantes y solícitos, pueda alcanzar el dulcísimo pasturaje de la bienaventuranza eterna. Amén.


Oración por los misioneros

Corazón de Jesús, tended una mirada hacia las tierras de infieles y hacia los trabajos de los misioneros, quienes, por vuestro amor y por el de las almas, tan preciosas para Vos, han abandonado su casa, su patria y sus afectos más íntimos. Bendecid sus trabajos y concededles la gracia de repartir el pan de la divina Palabra entre los mendigos de la Verdad. Hacedles sentir que Vos estáis con ellos en sus trabajos y preocupaciones, y dadles la gracia de perseverar hasta el fin en la vida de abnegación para la que los habéis escogido. Sagrado Corazón de Jesús, por amor de vuestra misma gloria, proteged y haced fructificar los esfuerzos de vuestros misioneros. Amén.

Ejercicio del Mes de Agosto en honor al Inmaculado Corazón de María



PRECES

Jesús, María, José.

- Dígnate que yo te alabe, Virgen sagrada.
- Dame fuerza contra tus enemigos.
- Oh Dios, venid en mi auxilio.
- Señor, date prisa en socorrerme.
- Gloria al Padre…
- Como era en el principio… Amén.

Acto de contrición breve.

Dios mío, me arrepiento sinceramente con todo mi corazón de mis pecados y los odio y detesto por ser un ultraje a vuestra Divina Majestad y causa de la muerte de vuestro Divino Hijo y de mi ruina espiritual. No quiero cometerlos más en adelante y estoy dispuesto a evitar las ocasiones. Señor, misericordia, perdonadme.


I

Virgen inmaculada que, concebida sin pecado, enderezasteis hacia dios todos los movimientos de vuestro Purísimo Corazón, siempre dócil a su divino querer; alcanzadme que, aborreciendo de todo corazón la culpa, aprenda de Vos a vivir resignado en la voluntad de Dios. 
Ave María.


II

Admiro, oh María, aquella profunda humildad con que se conturbó vuestro bendito Corazón, al anunciaros el Arcángel san Gabriel, que habíais sido escogida por Madre del Hijo del Altísimo, haciendo protestas de que erais su humildísima esclava; y, confundido a la vista de mi soberbia, os pido la gracia de un corazón contrito y humillado, para que, conociendo mi miseria, pueda llegar a conseguir aquella gloria prometida a los verdaderos humildes de corazón. 
Ave María.


III

Virgen bendita, que en vuestro Corazón dulcísimo conservabais el precioso tesoro de las palabras de vuestro Hijo Jesús, y meditando los sublimes misterios no sabíais vivir sino para Dios, ¡cuánto me confunde la frialdad de mi corazón! ¡Ah. Amada Madre mía, alcanzadme la gracia de que, meditando constantemente la ley santa de Dios, procure imitaros en el fervoroso ejercicio de las cristianas virtudes. Ave María.


IV

¡Oh gloriosa Reina de los Mártires!, cuyo Corazón sagrado, durante la pasión del Hijo, fue acerbamente traspasado por aquella espada que había profetizado Simeón, alcanzad a mi corazón una verdadera fortaleza y una santa paciencia para soportar las tribulaciones y las adversidades de esta vida y para que, crucificando mi carne con sus concupiscencias, me muestre verdadero hijo vuestro en el seguimiento de la mortificación de la cruz. 
Ave María.


V

¡Oh mística Rosa, María!, cuyo amabilísimo Corazón, ardiendo en las llamas de la más viva caridad, nos aceptó por hijos al pie de la Cruz, llegando a ser de esta manera nuestra tiernísima Madre, ¡ah!, haced que sienta la dulzura de vuestro Corazón maternal y la fuerza de vuestro poder ante Jesús, en todos los peligros de mi vida y, particularmente, en la hora terrible de mi muerte, y que mi corazón, unido al vuestro, ame siempre a Jesús, ahora y por los siglos de los siglos. Así sea. Ave María.


LETANÍAS DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios Padre celestial, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo Redentor del mundo, 
Dios Espíritu Santo, 
Santa Trinidad, un solo Dios, 

Santa María, ruega por nosotros.
Corazón Inmaculado de María,
Corazón de María, lleno de gracia,
Corazón de María, vaso del amor más puro,
Corazón de María, consagrado íntegro a Dios,
Corazón de María, preservado de todo pecado,
Corazón de María, morada de la Santísima Trinidad,
Corazón de María, delicia del Padre en la Creación,
Corazón de María, instrumento del Hijo en la Redención,
Corazón de María, la esposa del Espíritu Santo,
Corazón de María, abismo y prodigio de humildad,
Corazón de María, medianero de todas las gracias,
Corazón de María, latiendo al unísono con el Corazón de Jesús,
Corazón de María, gozando siempre de la visión beatífica,
Corazón de María, holocausto del amor divino,
Corazón de María, abogado ante la justicia divina,
Corazón de María, traspasado de una espada,
Corazón de María, coronado de espinas por nuestros pecados,
Corazón de María, agonizando en la Pasión de tu Hijo,
Corazón de María, exultando en la resurrección de tu Hijo,
Corazón de María, triunfando eternamente con Jesús,
Corazón de María, fortaleza de los cristianos,
Corazón de María, refugio de los perseguidos,
Corazón de María, esperanza de los pecadores,
Corazón de María, consuelo de los moribundos,
Corazón de María, alivio de los que sufren,
Corazón de María, lazo de unión con Cristo,
Corazón de María, camino seguro al Cielo,
Corazón de María, prenda de paz y santidad,
Corazón de María, vencedora de las herejías,
Corazón de María, de la Reina de Cielos y Tierra,
Corazón de María, de la Madre de Dios y de la Iglesia,
Corazón de María, que por fin triunfarás,

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, 
perdónanos Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, 
escúchanos Señor.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, 
ten misericordia de nosotros.

- Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
- Para que seamos dignos de alcanzar la promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Oremos. 
Oh Dios, que nos has preparado en el Corazón Inmaculado de María una digna morada de tu Hijo Jesucristo, concédenos la gracia de vivir siempre conformes a sus enseñanzas y de cumplir sus deseos. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

ACTO DE CONSAGRACIÓN
AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

(Compuesto por Pío XII)

(para el 22 de agosto)

¡Oh Reina del Santísimo Rosario, auxilio de los cristianos, refugio del género humano, vencedora de todas las batallas de Dios! Ante vuestro Trono nos postramos suplicantes, seguros de impetrar misericordia y de alcanzar gracia y oportuno auxilio y defensa en las presentes calamidades, no por nuestros méritos, de los que no presumimos, sino únicamente por la inmensa bondad de vuestro maternal Corazón.

En esta hora trágica de la historia humana, a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, nos entregamos y nos consagramos, no sólo en unión con la Santa Iglesia, cuerpo místico de vuestro Hijo Jesús, que sufre y sangra en tantas partes y de tantos modos atribulada, sino también con todo el Mundo dilacerado por atroces discordias, abrasado en un incendio de odio, víctima de sus propias iniquidades.

Que os conmuevan tantas ruinas materiales y morales, tantos dolores, tantas angustias de padres y madres, de esposos, de hermanos, de niños inocentes; tantas vidas cortadas en flor, tantos cuerpos despedazados en la horrenda carnicería, tantas almas torturadas y agonizantes, tantas en peligro de perderse eternamente.

Vos, oh Madre de misericordia, impetradnos de Dios la paz; y, ante todo, las gracias que pueden convertir en un momento los humanos corazones, las gracias que preparan, concilian y aseguran la paz. Reina de la paz, rogad por nosotros y dad al mundo en guerra la paz por que suspiran los pueblos, la paz en la verdad, en la justicia, en la caridad de Cristo. Dadle la paz de las armas y la paz de las almas, para que en la tranquilidad del orden se dilate el reino de Dios.

Conceded vuestra protección a los infieles y a cuantos yacen aún en las sombras de la muerte; concédeles la paz y haced que brille para ellos el sol de la verdad y puedan repetir con nosotros ante el único Salvador del mundo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Dad la paz a los pueblos separados por el error o la discordia, especialmente a aquellos que os profesan singular devoción y en los cuales no había casa donde no se hallase honrada vuestra venerada imagen (hoy quizá oculta y retirada para mejores tiempos), y haced que retornen al único redil de Cristo bajo el único verdadero Pastor.
Obtened paz y libertad completa para la Iglesia Santa de Dios; contened el diluvio inundante del neopaganismo, fomentad en los fieles el amor a la pureza, la práctica de la vida cristiana y del celo apostólico, a fin de que aumente en méritos y en número el pueblo de los que sirven a Dios.

Finalmente, así como fueron consagrados al Corazón de vuestro Hijo Jesús la Iglesia y todo el género humano, para que, puestas en El todas las esperanzas, fuese para ellos señal y prenda de victoria y de salvación; de igual manera, oh Madre nuestra y Reina del Mundo, también nos consagramos para siempre a Vos, a vuestro Inmaculado Corazón, para que vuestro amor y patrocinio aceleren el triunfo del Reino de Dios, y todas las gentes, pacificadas entre sí y con Dios, os proclamen bienaventurada y entonen con Vos, de un extremo a Otro de la tierra, el eterno Magníficat de gloria, de amor, de reconocimiento al Corazón de Jesús, en sólo el cual pueden hallar la Verdad, la Vida y la Paz.


ACTO DE REPARACIÓN AL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA

(para los Primeros Sábados de Mes)

¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan vuestro Santísimo nombre y vuestras excelsas prerrogativas! Aquí tenéis, postrado a vuestros pies, un indigno hijo vuestro que, agobiado por el peso de sus propias culpas, viene arrepentido y lloroso, y con ánimo de resarcir las injurias que, a modo de penetrantes flechas, dirigen contra Vos hombres insolentes y malvados.

Deseo reparar, con este acto de amor y rendimiento que hago delante de vuestro amantísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra vuestro augusto nombre, todos los agravios que se infieren a vuestras excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a vuestro maternal amor e inagotable misericordia.

Aceptad, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta pequeña demostración de mi filial cariño y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hago de seros fiel en adelante, de salir por vuestra honra cuando la vea ultrajada y de propagar vuestro culto y vuestras glorias. Concededme, ¡oh Corazón amabilísimo!, que viva y crezca incesantemente en vuestro santo amor, hasta verlo consumado en la gloria. Amén.

Rezar tres Avemarías en honra del poder, sabiduría y misericordia del Inmaculado Corazón de María, menospreciado por los hombres. 

Terminar con las siguientes jaculatorias:

¡Oh Corazón Inmaculado de María, compadeceos de nosotros!

Refugio de pecadores, rogad por nosotros.

¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!

Padrenuestro, Ave María y Gloria al Padre por las intenciones del Romano Pontífice.

Oraciones de Santa Brígida por 12 años



Promesas:

1. El alma que las reza no sufrirá ningún Purgatorio.
2. El alma que las reza será aceptada entre los mártires como si hubiera derramado su propia sangre por la fe.
3 El alma que las reza puede (debe) elegir a otros tres a quienes Jesús mantendrá luego en un estado de gracia suficiente para que se santifiquen. (*)
4. Ninguna de las cuatro generaciones siguientes al alma que las reza se perderá.
5. El alma que las reza será consciente de su muerte un mes antes de que ocurra.

(*) Escribir los tres nombres (personas vivas) en un papel y guardarlo. Los nombres no se pueden cambiar.

Oración inicial

Oh Jesús, ahora deseo rezar la oración del Señor siete veces junto con el amor con que Tú santificaste esta oración en Tu Corazón. Tómala de mis labios hasta Tu Sagrado Corazón. Mejórala y complétala para que le brinde tanto honor y felicidad a la Trinidad en la tierra como Tú lo garantizaste con esta oración. Que esta se derrame sobre Tu santa humanidad para la glorificación de Tus dolorosas heridas y la preciosísima Sangre que Tú derramaste de ellas. Amén

1. La circuncisión

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, Te ofrezco las primeras heridas, los primeros dolores y el primer derrame de Sangre como expiación de los pecados de mi infancia y de toda la humanidad, como protección contra el primer pecado mortal, especialmente entre mis parientes.

2. La agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco el intenso sufrimiento del Corazón de Jesús en el Huerto de los Olivos y cada gota de sudor de sangre como expiación de mis pecados del corazón y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y para que se extienda el amor divino y fraterno.

3. La flagelación

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las muchas miles de heridas, los terribles dolores y la preciosísima sangre de la flagelación como expiación de mis pecados de la carne y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y la preservación de la inocencia, especialmente entre mis parientes.

4. La coronación de espinas

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco las heridas, los dolores y la preciosísima sangre de la sagrada cabeza de Jesús luego de la coronación de espinas, como expiación de mis pecados del espíritu y los de toda la humanidad, como protección contra tales pecados y para que se extienda el reino de Cristo aquí en la tierra.

5. Cargando la cruz

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco los sufrimientos en el camino a la cruz, especialmente la santa herida en su hombro y la preciosísima sangre como expiación de mi negación de la cruz y la de toda la humanidad, todas mis protestas contra tus planes divinos y todos los demás pecados de palabra, como protección contra tales pecados y para un verdadero amor a la cruz.

6. La crucifixión de Jesús

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, por medio de las manos inmaculadas de María y el Sagrado Corazón de Jesús, te ofrezco a Tu Hijo en la cruz, cuando lo clavaron y lo levantaron, las heridas en sus manos y en sus pies y los tres hilos de la preciosísima sangre que derramó allí por nosotros, las extremas torturas del cuerpo y del alma, su muerte preciosa y su renovación no sangrienta en todas las santas misas de la Tierra, como expiación de todas las heridas contra los votos y normas dentro de las Órdenes, como reparación de mis pecados y los de todo el mundo, por los enfermos y moribundos, por todos los santos sacerdotes y laicos, por las intenciones del Santo Padre por la restauración de las familias cristianas, para el fortalecimiento de la Fe, por nuestro país y por la unión de todas las naciones en Cristo y su Iglesia, así como también por la diáspora.

7. La llaga del costado de Jesús

Padre Nuestro, Avemaría, Gloria

Padre Eterno, acepta como dignas, por las necesidades de la Santa Iglesia y como expiación de los pecados de toda la humanidad, la preciosísima sangre y el agua que manó de la herida del Sagrado Corazón de Jesús. Sé misericordioso para con nosotros. ¡Sangre de Cristo, el último contenido precioso de su Sagrado Corazón, lávame de todas mis culpas de pecado y las de los demás! ¡Agua del costado de Cristo; lávame totalmente de las penitencias del pecado y extingue las llamas del Purgatorio para mí y para todas las almas del Purgatorio! Amén.

Jueves Eucarístico - Oraciones



ORACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
DE SANTO TOMAS DE AQUINO

¡Oh, Santísimo Jesús, que aquí sois verdaderamente Dios escondido; concededme desear ardientemente, buscar prudentemente, conocer verdaderamente y cumplir perfectamente en alabanza, y gloria de vuestro nombre todo lo que os agrada. Ordenad, ¡oh Dios mío!, el estado de mi vida; concededme que conozca lo que de mí queréis y que lo cumpla corno es menester y conviene a mi alma. Dadme, oh Señor Dios mío, que no desfallezca entre las prosperidades y adversidades, para que ni en aquellas me ensalce, ni en éstas me abata. De ninguna cosa tenga gozo ni pena, sino de lo que lleva a Vos o aparta de Vos. A nadie desee agradar o tema desagradar sino a Vos. Séanme viles, Señor, todas las cosas transitorias y preciosas todas las eternas. Disgústeme, Señor, todo gozo sin Vos, y no ambicione cosa ninguna fuera de Vos. Séame deleitoso, Señor, cualquier trabajo por Vos, y enojoso el descanso sin Vos. Dadme, oh Dios mío, levantar a Vos mi corazón frecuente y fervorosamente, hacerlo todo con amor, tener por muerto lo que no pertenece a vuestro servicio, hacer mis obras no por rutina, sino refiriéndolas a Vos con devoción. Hacedme, oh Jesús, amor mío y mi vida, obediente sin contradicción, pobre sin rebajamiento, casto sin corrupción, paciente sin disipación, maduro sin pesadumbre, diligente sin inconstancia, temeroso de Vos sin desesperación, veraz sin doblez; haced que practique el bien sin presunción que corrija al prójimo sin soberbia, que le edifique con palabras y obras sin fingimientos. Dadme, oh Señor Dios mío, un corazón vigilante que por ningún pensamiento curioso se aparte de Vos; dadme un corazón noble que por ninguna intención siniestra se desvíe; dadme un corazón firme que por ninguna tribulación se quebrante; dadme un corazón libre que ninguna pasión violenta le domine. Otorgadme, oh Señor Dios mío, entendimiento que os conozca, diligencia que os busque, sabiduría que os halle, comportamiento que os agrade, perseverancia que confiadamente os espere, y esperanza que, finalmente, os abrace. Dadme que me aflija con vuestras penas aquí por la penitencia, y en el camino de mi vida use de vuestros beneficios por gracia, y en la patria goce de vuestras alegrías por gloria. Señor que vivís y reináis, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

Devoción a san José, esposo de la Virgen María



ORACIÓN DEL PAPA LEÓN XIII

A Vos, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y por el paterno amor con que abrazasteis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que, con su sangre, adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.

Proteged, oh providentísimo Custodio de la Divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción; asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inminente peligro de la vida, así ahora defended la Iglesia santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio para que a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

Martes de Julio: Devoción de santa Ana, madre de la Virgen María



Según se refieren varios escritores, la ínclita y gloriosísima Señora Santa Ana nació en día martes y murió en día martes, de aquí ha venido que la devoción y piedad de los fieles le consagren y dediquen este día y acostumbren honrar su memoria con algún ejercicio de piedad y con alguna obra de misericordia espiritual o corporal. Cada uno podrá hacer lo mejor que le parezca, contando siempre para mayor mérito, con permiso del confesor.

Deseando ardientemente que esta devoción se aumente y que todos experimenten por experiencia propia, lo mucho que vale delante de Dios esta santa, para el socorro de todas nuestras necesidades espirituales y temporales, presentamos este pequeño ejercicio para mayor comodidad de todos los que la aman y para que los que no la amen logren esta felicidad, pues con semejante amor lograrán llevar una vida arreglada, tener una buena muerte y después la vida eterna.

Señal de la Cruz. 

Acto de contrición. Pésame Dios mío... 

Oración preparatoria 

Amabilísimo Redentor de mi alma, ¿con qué objeto enriqueciste de todas las gracias y dones, de todas las virtudes y perfecciones a vuestra segunda madre, Señora Santa Ana? Bien veo que en Ella preparabas una digna habitación para vuestra Santísima Madre, y pues era no solo muy natural, mas también muy justo el que el Templo en que la augusta Trinidad debía efectuar el gran misterio de la preservación de la culpa original en una hija de Adán, fuese un templo sagrado, con los adornos de toda santidad y los privilegios de todo derecho.

Bien veo que la tierra donde se debía ocultar esta pura semilla, debía ser una tierra bendita y, cual tierra sacerdotal, libre de todo gravamen; que el fecundo tallo que debía producir esa aromática y blanca azucena debía estar siempre regando con el agua de la gracia y circular por todos sus tubos y canales la misteriosa savia de santidad. Bien veo que la que debía engendrar, dar a luz, alimentar con leche, cuidar y velar, alimentar y educar a la Madre de Dios, debía tener todo cuanto Dios mismo sabe y puede dar a la criatura que Él predestina para semejante empleo y dignidad, para semejante estado y misterio: Todo esto lo veo con claridad y me alegro y regocijo al ver tanta virtud, perfección y grandeza, es verdad. Pero también veo que entre las gracias que con tanta abundancia le fueron dadas a más de las que la hacía grata a vuestros ojos, recibió también las dadas gratis de vuestra bondadosa mano.

Y esta verdad me entusiasma sobremanera, pues si las primeras tocaban a ella directamente, las segundas le fueron concedidas con relación a mis necesidades; y si con atención me fijo en esa afluencia de gracias que brotan cual misteriosa, cristalina y apreciada fuente, me persuado que no nace, desarrolla y crece, si no es para mí y nada más que para mí. En efecto, ella es más saludable que las aguas del Jordán para salvar de la lepra a Naamán, nos sana, cura y limpia de la lepra de nuestros pecados; impetrando para aquellos y consiguiendo para los pecadores la conversión verdadera y para los justos la disminución de la propensión y afecto al pecado, el aumento de gracias y la perseverancia final.

Piscina misteriosa, cual la que ora en el pórtico de Salomón, no hay enfermedad que de la cual no nos pueda sanar; no hay mancha de la cual no nos pueda purificar; no hay bien, no hay gracia que no nos pueda obtener. En Ella encontramos todos los bienes y por Ella se comunican a nosotros. Monte Horeb, Ella recibe el rocío y la lluvia y nosotros, valle triste y solitario, de su abundancia nos aprovechamos y con afluencia fructificamos para la vida eterna.

¡Fuente admirable, yo os felicito y me felicito! Os felicito por que os veo tan enriquecida como la criatura más predilecta, como la criatura sobre quien siempre ha descansado la mano del Señor. Y me felicito, porque estas mismas gracias y prerrogativas me fortifican en la fe, me sostienen en la esperanza y me encienden en la caridad.

¡Oh Madre mía, y cuánto vales en la presencia de mi Dios! ¡En verdad soy muy desgraciado! Y si miro el actual estado de mi alma me asusto y me acobardo y mi vergüenza llega al extremo de huir de mí mismo y de procurar ocultarme como los primeros padres para con Dios, me animo y cobro nuevos esfuerzos.

Ea pues protectora, abogada y madre mía, vuelvo a Ti mis humillados ojos. ¿Despreciarás al que te pide socorro en sus necesidades? ¿Dejarás sin consuelo al que deposita en tu bondadoso corazón sus esperanzas? Para inclinarte a mis preces y a mis ruegos, te dedico y consagro este día. En un martes naciste y en otro martes pasaste a mejor vida, que en martes sienta yo tu influencia, tu bondad y tu misericordia; más si quieres probar mi fidelidad y mi perseverancia te ofrezco no desistir jamás y esperar pacientemente hasta que me consueles, si conviene a la honra y gloria de Dios, aumento de tus cultos y bien de mi alma. Amén.

Se dice la petición reflexionando por un breve rato.

Oración I 

¡Oh madre mía, Señora Santa Ana! 
Humildemente te suplico, por la amargura 
que experimentó tu corazón santísimo en tantos años 
de esterilidad; por la tristeza y dolor que te atormentó
en la presentación y separación de tu amadísima Hija,
y por el pesar que tuviste en la muerte de tu esposo,
que me obtengas la gracia de sufrir con paciencia y 
resignación los trabajos y amargura, los pesares y 
aflicciones con que el Señor fuere servicio de visitarme
durante mi permanencia en la tierra. 

(Se reza un Avemaría) 

Oración II 

Felicísima Señora Santa Ana, 
que por el gozo que tuvo tu purísimo corazón
cuando el Ángel te anunció tu maternidad; 
por los gozos y transportes de tu alma, 
al tener en tus brazos a María y al 
alimentarla con tu leche, yo te suplico 
que tu protección me atienda, para que lleve 
una vida inmaculada, sin mancharme jamás
con el pecado mortal. 

(Se reza un Avemaría) 

Oración III

Gloriosísima Señora Santa Ana, 
por las gracias que Dios te concedió, 
por tu heroicas virtudes, 
por las caricias que recibiste de tu 
Santísima Hija, por tu muerte preciosa en los ojos 
del Señor; por los consuelos que en ese dulce 
sueño recibiste de María, en cuyos brazos expiraste, 
te pido y suplico me concedas una muerte tranquila,
con los sacramentos y demás auxilios un acto de amor divino
que me endulce ese amargo trance, para el cual te invoco. 
Quiero vivir amándote y diciendo: "Jesús, José y María os entrego por las manos de mi Señor, Santa Ana, el corazón y el alma" 

(Se reza un Avemaría) 

Jaculatorias finales 
Se repite 

Señor, ten piedad 
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad 

Cristo, óyenos 
Cristo, escúchanos 

Ten misericordia de nosotros

Dios, Padre celestial, 
Dios, Hijo Redentor del mundo,
Dios, Espíritu Santo,
Santa Trinidad, un solo Dios verdadero, 

Ruega por nosotros
Santa Ana, 
Descendiente de la familia de David, 
Hija de los patriarcas,
Fiel esposa de san Joaquín,
Madre de María, la Virgen Madre de Dios,
Amable madre de la Reina del Cielo,
Abuela de nuestro Salvador,
Amada de Jesús, María y José,
Instrumento del Espíritu Santo,
Ricamente dotada de las gracias de Dios,
Ejemplo de piedad y paciencia en el sufrimiento,
Espejo de obediencia,
Ideal del autentico feminismo,
Protectora de las vírgenes, 
Modelo de las madres cristianas,
Protectora de las casadas,
Guardiana de los niños,
Apoyo de la vida familiar cristiana,
Auxilio de la Iglesia, 
Madre de misericordia, 
Madre merecedora de toda confianza, 
Amiga de los pobres, 
Ejemplo de las viudas,
Cura de los que sufren del mal,
Madre de los enfermos, 
Luz de los ciegos,
Voz de quienes no pueden hablar, 
Oído de los sordos,
Consuelo de los afligidos,
Alentadora de los oprimidos,
Alegría de los ángeles y santos,
Refugio de los pecadores, 
Puerto de salvación,
Patrona de la buena muerte, 
Auxilio de cuantos recurren a ti, 

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
perdónanos Señor. 

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
escúchanos Señor. 

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo,
ten misericordia de nosotros.

- Ruega por nosotros beatísima santa Ana, 
- para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. 

Oremos. 
Dios todopoderoso y eterno, que te has complacido en escoger a Santa Ana para que de ella naciera la Madre de tu amado Hijo. Haz, te rogamos, que cuantos la honramos con especial confianza podamos, por su intercesión, alcanzar la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. 

CORONA ANGÉLICA DEL ARCÁNGEL SAN MIGUEL



De acuerdo con una piadosa tradición el arcángel san Miguel declaró a una persona devota que le sería grato se pusieran en uso las siguientes oraciones en honor suyo. La propagación y difusión de esta devoción se debe a una religiosa carmelita del monasterio de Vetralla, diócesis de Viterbo (Italia), muerta con fama de santidad en 1751. El 8 de agosto de 1851 Pío IX concedió indulgencias a la práctica de este piadoso ejercicio.

A ser posible, delante de una imagen del santo Arcángel, hacer un acto de verdadera contrición y rezar a continuación devotamente las siguientes salutaciones:

- Oh Dios, ven en mi ayuda.
- Apresúrate, Señor en socorrerme. 
Gloria al Padre...

SALUTACIÓN I

Un Padrenuestro y tres Avemarías 
al primer coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del celeste coro de Serafines, suplicamos al Señor nos haga dignos de una llama de perfecta caridad. Amén.

SALUTACIÓN II

Un Padrenuestro y tres Avemarías al segundo coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de Querubines, quiera el Señor concedernos la gracia de abandonar el camino del pecado, y de correr por el de la perfección cristiana. Amén.

SALUTACIÓN III

Un Padrenuestro y tres Avemarías al tercer coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del sagrado coro de los Tronos, infunda el Señor en nuestros corazones un espíritu de verdadera y sincera humildad. Amén.

SALUTACIÓN IV

Un Padrenuestro y tres Avemarías al cuarto coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de las Dominaciones, quiera el Señor concedernos la gracia de poder dominar nuestros sentidos y corregir las pasiones depravadas. Amén.

SALUTACIÓN V. 

Un Padrenuestro y tres Avemarías al quinto coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del celeste coro de las Potestades, dígnese el Señor librar nuestras almas de las asechanzas y tentaciones del demonio. Amén.

SALUTACIÓN VI

Un Padrenuestro y tres Avemarías al sexto coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro de las admirables Virtudes celestiales, no permita el Señor que caigamos en las tentaciones, sino que nos libre de todo mal. Amén.

SALUTACIÓN VII 

Un Padrenuestro y tres Avemarías al séptimo coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de los Principados, dígnese Dios llenar nuestras almas del espíritu de verdadera y sincera obediencia. Amén.

SALUTACIÓN VIII 

Un Padrenuestro y tres Avemarías al octavo coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de los Arcángeles, quiera el Señor concedernos el don de la perseverancia en la fe y en las obras buenas, para que podamos conseguir la gloria del paraíso. Amén.

SALUTACIÓN IX 

Un Padrenuestro y tres Avemarías al noveno coro angélico.

Por intercesión del glorioso arcángel san Miguel y del coro celeste de todos los Ángeles, dígnese el Señor concedernos que nos guarden en la presente vida mortal, y después nos conduzcan a la gloria eterna de los cielos. Amén.

A continuación se rezan cuatro Padrenuestros: el primero a San Miguel, el segundo a san Gabriel, el tercero a san Rafael, y el cuarto a nuestro Ángel Custodio.

Se concluye este ejercicio con la siguiente antífona y oración final:

Antífona. Gloriosísimo príncipe san Miguel arcángel, cabeza y jefe de los ejércitos celestiales, depositario de las almas, vencedor de los espíritus rebeldes, doméstico en la real morada de Dios, nuestra guía admirable después de Jesucristo, y de excelencia y virtud sobrehumanas, dignaos librar de todo mal a todos los que acudimos a Vos con confianza, y haced por medio de vuestra protección incomparable que adelantemos cada día en servir fielmente a nuestro Dios.

- Ruega por nosotros, oh gloriosísimo San Miguel arcángel, príncipe de la Iglesia de Jesucristo.
- Para que seamos dignos de alcanzar sus promesas.

Oración. 
Omnipotente y sempiterno Dios, que con un prodigio de bondad y misericordia para la salvación de todos los hombres elegisteis por príncipe de vuestra Iglesia al gloriosísimo san Miguel arcángel; os suplicamos nos hagáis dignos de que con su benéfica protección nos libre de todos nuestros enemigos, para que ninguno de ellos nos moleste en la hora de nuestra muerte, sino que seamos conducidos por él a la presencia de vuestra divina Majestad. Por Jesucristo Nuestros Señor. Amén.

Oración para pedir por las Almas del Purgatorio



María, Reina del Purgatorio,
te ruego por aquellas almas
por las cuales tengo
o pueda tener alguna obligación,
sea de caridad o de justicia.

Ave María.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y brille para ellas la luz que no tiene fin.
Descansen en paz.
Así sea.

María, Reina del Purgatorio:
te ruego por las almas
más abandonadas y olvidadas
y a las cuales nadie recuerda;
tú, Madre, que te acuerdas de ellas,
aplícales los méritos de la Pasión de Jesús,
tus méritos y los de los santos,
y alcancen así el eterno descanso.

Ave María.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y brille para ellas la luz que no tiene fin.
Descansen en paz.
Así sea.

María, Reina del Purgatorio:
te ruego por aquellas almas
que han de salir más pronto
de aquel lugar de sufrimientos,
para que cuanto antes
vayan a cantar en tu compañía
las eternas misericordias del Señor.

Ave María.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y brille para ellas la luz que no tiene fin.
Descansen en paz.
Así sea.

María, Reina del Purgatorio:
te ruego de una manera especial
por aquellas almas que han de estar
más tiempo padeciendo
y satisfaciendo a la divina Justicia.
Ten compasión de ellas,
ya que no pueden merecer
sino sólo padecer;
abrevia sus penas
y derrama sobre estas almas
el bálsamo de tu consuelo.

Ave María.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y brille para ellas la luz que no tiene fin.
Descansen en paz.
Así sea.

María, Reina del Purgatorio:
te ruego de modo especial
por aquellas almas que más padecen.
Es verdad que todas sufren con resignación,
pero sus penas son atroces
y no podemos imaginarlas siquiera.
Intercede Madre nuestra por ellas,
y Dios escuchará tu oración.

Ave María.

Dales, Señor, el descanso eterno.
Y brille para ellas la luz que no tiene fin.
Descansen en paz.
Así sea.
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Escuchemos una vez más la voz de estas Benditas Almas:
“Cuánta crueldad con nosotras; para remediar los males de este mundo os dais mucha prisa, y sin embargo, para aliviar nuestras penas, tanta dilatación. Ayudadnos, por piedad, tened misericordia de nosotras.”