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Domingo XXII° Per Annum - Ciclo C. Evangelio y Reflexión Dominical

 


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     16, 21-27

    Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
    Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».
    Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
    Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
    ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
    Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Reflexión Dominical: 

Queridos hermanos: 

Este domingo Jesús nos dice: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.»

"El que quiera venir detrás de mí". Como discípulos de Cristo, hemos de saber que ser cristianos es ir tras de Cristo, es decir seguirlo, amarlo, imitarlo, pero no como se imitar a cualquier persona admirada, sino que se trata de una imitación más profunda, una imitación posible con la gracia de Dios, una transformación desde dentro que se opera por acción del Señor en lo profundo del corazón. Por eso, san Alberto Hurtado, ante diversas situaciones de su vida, se preguntaba a sí mismo: "¿Qué haría Cristo en mi lugar?". En definitiva, seguir al Señor preguntándonos en cada circunstancia qué haría Él en nuestro lugar, es abrazar un camino de santidad. El Santo Padre Francisco nos recuerda que la santidad es un llamado para todos: "Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales" (Gaudete et exsultate, n.14). La Virgen Santísima nos alcance del Señor la gracia de buscar la santidad siguiendo Cristo. 

"Que renuncie a sí mismo". ¿Qué significa este negarnos o renunciar a nosotros mismos? Ciertamente no significa reprimir nuestros deseos más profundos, nuestros anhelos, nuestros gustos, nuestro modo de ser, en una palabra, despersonalizarnos. La cosa es mucho más profunda, porque de lo que se trata es de renunciar a nuestras malas inclinaciones, es decir no dejarnos dominar por ellas, y cambiar de vida abandonando lo malo. Los pedagogos suelen hablar de "fortalezas" y "debilidades", y la idea es potenciar las fortalezas, no negarlas ni matarlas. Hoy día también se escucha decir: "Sé la mejor versión de ti mismo", pues bien, de alguna manera es eso el renunciar a nosotros mismos, porque esto significa dejar de ser "hombres viejos" para pasar a ser "hombres nuevos", la mejor versión de nosotros mismos por acción divina. En otras palabras, dejarnos restaurar por la Gracia de Dios, por eso dice San Gregorio Magno: "Se niega a sí mismo aquel que reforma su mala vida y comienza a ser lo que no era y a dejar de ser lo que era". La Virgen Santa, Nueva Eva, nos alcance a nosotros, sus hijos, la gracia de ser "nuevas creaturas" en Cristo Jesús. 

"Que cargue con su Cruz y me siga". La Cruz es todo sufrimiento, grande o pequeño, que se presenta en nuestra vida. Muchas veces los cristianos olvidamos que cada día nos hacemos la señal de la cruz, y a la sombre de su misterio es que nuestra vida se va desarrollando hasta llegar a su plenitud. Algunos abandonan la vida cristiana ante las dificultades y sufrimientos, pero el Señor no nos promete que andaremos de éxito en éxito, más bien Él nos propone abrazar la cruz con amor y seguirlo a Él. ¿Y cómo se abraza la cruz? ¿Con resignación? La resignación puede ser un primer paso. Pero es todavía más, porque no se trata sólo de resignarnos ante la Cruz sino de aceptarla y llevarla con amor, tras nuestro Señor Crucificado, y hallar en Él la vida, sabiendo que después del dolor de la Crucifixión viene el gozo de la Resurrección. Por eso, Santa Teresa de Jesús escribió un poema en el que dice que "en la cruz está la vida y el consuelo". 

"En la cruz está la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo. 
En la cruz está "el Señor de cielo y tierra", y el gozar de mucha paz, aunque haya guerra. 
Todos los males destierra en este suelo, y ella sola es el camino para el cielo. 
De la cruz dice la Esposa a su Querido que es una "palma preciosa" 
donde ha subido, y su fruto le ha sabido a Dios del cielo, y ella sola es el camino para el cielo.
Es una "oliva preciosa" la santa cruz que con su aceite nos unta y nos da luz. 
Alma mía, toma la cruz con gran consuelo, que ella sola es el camino para el cielo. 
Es la cruz el árbol verde y deseado de la Esposa, que a su sombra se ha sentado 
para gozar de su Amado, el Rey del cielo, y ella sola es el camino para el cielo. 
El alma que a Dios está toda rendida, y muy de veras del mundo desasida,
la cruz le es "árbol de vida" y de consuelo, y un camino deleitoso para el cielo. 
Después que se puso en cruz el Salvador, en la cruz está "gloria y el honor",
y en el padecer dolor vida y consuelo, y el camino más seguro para el cielo". 

Nuestra Señora al pie de la Cruz, nos alcance del Señor la gracia de tomar nuestra cruz y seguir a Jesús con amor y alegría.  

Domingo XXI° Per Annum: Evangelio y Reflexión Dominical

 


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     16, 13-20

    Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»
    Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».
    «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»
    Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
    Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».
    Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Reflexión: 

Queridos hermanos: 

Este domingo Jesús nos confronta con esta pregunta: "¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dice que es?, y más aún: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy?". 

Ciertamente que Jesucristo es el Señor, "el Mesías, el Hijo de Dios vivo", esto es lo que nos enseña nuestra Fe, y fue la confesión que hizo Pedro. 

Pero a esta confesión de Fe, ha de seguir un interrongante: "¿quién es Jesús para mí?. En efecto, es importante, luego de confesar que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecha carne, el Hijo Eterno de Dios Padre, el Mesías prometido, nuestro Salvador, preguntarnos quién es Jesús para nosotros, qué lugar ocupa en nuestra vida. No se trata sólo de decir quién es Jesús sino de decir quién es Él para nosotros. 
Santa Teresa de Calculta responde a la pregunta: "¿Quién es Jesús para mí?, y sus palabras pueden ayudarnos a reflexionar: 

"Para mí Jesús es
El Verbo hecho carne.
El Pan de la vida.
La víctima sacrificada en la cruz por nuestros pecados.
El Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los pecados del mundo y por los míos propios. 
La Palabra, para ser dicha.
La Verdad, para ser proclamada.
El Camino, para ser recorrido.
La Luz, para ser encendida. 
La Vida, para ser vivida 
El Amor, para ser amado.
La Alegría, para ser compartida 
El sacrificio, para ser dado a otros. 
El Pan de Vida, para que sea mi sustento.
El Hambriento, para ser alimentado
El Sediento, para ser saciado
El Desnudo, para ser vestido.
El Desamparado, para ser recogido
El Enfermo, para ser curado
El Solitario, para ser amado
El Indeseado, para ser querido
El Leproso, para lavar sus heridas.
El Mendigo, para darle una sonrisa
El Alcoholizado, para escucharlo
El Deficiente Mental, para protegerlo
El Pequeñín, para abrazarlo 
El Ciego, para guiarlo
El Mudo, para hablar con él 
El Tullido, para caminar con él 
El Drogadicto, para ser comprendido en amistad
La Prostituta, para alejarla del peligro y ser su amiga
El Preso, para ser visitado
El Anciano, para ser atendido.
Para mí, Jesús es mi Dios
Jesús, es mi Esposo,
Jesús, es mi Vida
Jesús es mi único amor.
Jesús es mi Todo

Que María Santísima, que con tanto amor cuidó de Jesús, sabiendo quién era Él, nos alcance del Eterno la gracia de confesar a Jesucristo como a nuestro Dios, Señor y Redentor, recibirlo en nuestro corazón y que Él se transforme en el centro de nuestras vidas. Amén. 

Domingo XX° Per Annum: Evangelio y Reflexión Dominical



+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     15, 21-28

    Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero Él no le respondió nada.
    Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».
    Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».
    Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!»
    Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».
    Ella respondió: «¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»
    Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó sana.

Reflexión Dominical

Queridos hermanos: 

Este domingo vemos la fe de la mujer cananea que no se ofende por las palabras, en apariencia duras, que le dirigió Jesús, sino que creyendo en Él y pensando en el bien de su hija, perseveró en la confianza. 

En este relato evangélico destaca la fe de una mujer pagana en contraste con el fariseismo judío. En efecto, el pueblo judío era el pueblo elegido, el heredero de las promesas, "los hijos", y quienes no eran judíos eran considerados paganos o gentiles, "los cachorros". Pero en este episodio, podemos ver que algunos paganos empezaban a tener el don de la fe, como esta mujer cananea. Como cristianos, la mayoría de nosotros no somos del pueblo judío, por lo que se puede decir que descendemos de paganos o gentiles convertidos al cristianismo. Así que, en primer lugar, hemos de dar gracias a Dios que ha querido incorporamos, por puro amor, a su pueblo, haciendo de judíos y paganos un solo pueblo, el nuevo Pueblo de Dios. 

Ahora bien, como cristianos, este relato del Evangelio puede plantearnos también que muchas veces, los que "estamos en la Iglesia" nos creemos mejores que los que no lo están, miramos a los demás con cierto desdén, pero el Señor no mira como nosotros y está dispuesto a hacer grandes milagros en las vidas de todos los que lo buscan con sincero corazón. Los biblistas de Salamanca comentan que "este milagro es una escena cargada de ternura: habla del corazón de Jesús, de los planes del Padre, de sus excepciones, de la confianza de una mujer gentil; en el orden apologético, se expone un milagro a distancia, sin autosugestiones y con una curación instantánea; en el orden del plan de Dios, habla del privilegio de los judíos, pero de la vocación de las gentes: de la salvación única de todos por la fe. Es tema destacado por los Hechos y San Pablo. Preocupaba mucho a la Iglesia primitiva". 

San Jerónimo, comentando este pasaje del Evangelio, dice: "Son ensalzadas la fe, la humildad y la paciencia admirables de esta mujer. La fe, porque creía que el Señor podía curar a su hija. La paciencia, porque cuantas veces era despreciada, otras tantas persevera en sus súplicas. La humildad, porque no se compara ella sólo a los perros, sino a los cachorrillos. Sé -dice- que no me merezco el pan de los hijos, ni puedo tomar sus alimentos enteros, ni sentarme a la mesa con el Padre; pero me contento con lo que da a los cachorrillos, a fin de llegar, mediante mi humildad, hasta la mesa donde se sirve el pan entero". 

Imitando a esta mujer cananea, pidamos al Señor el don de la fe, la humildad y la paciencia. Que María Santísima, hija santa del Pueblo de Israel, pero con corazón abierto a todos los pueblos, nos alcance la gracia de comprender que todos somos hijos en el Hijo de Dios. 

Amén. 

Domingo XIX° Per Annum - Evangelio y Reflexión Dominical


+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     14, 22-33

    Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.
    La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.
    Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman».
    Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».
    «Ven,» le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»
    En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

Reflexión: 

Queridos hermanos: 

Este domingo nos encontramos con Jesús caminando sobre el agua. Pero también Pedro, por el poder de Cristo, caminó sobre el agua. Y todos nosotros estamos llamados a caminar sobre el agua. 

Caminar sobre el agua significa no tener piso, es decir caminar sin seguridades, con la sola luz de la fe. Esta es una gracia que hemos de pedir al Señor: no aferrarnos a nuestras seguridades para ir en pos de Jesús. Dejar que su voz nos diga: "Ven", y echarnos a andar sobre el agua para acercarnos al Señor. Por tanto, una pregunta a la que hemos de responder con sinceridad es: "¿cuáles son mis seguridades?". Incluso en nuestra vida espiritual podemos tener ciertas seguridades. A veces creemos, por ejemplo, que tales o cuales prácticas de piedad ya nos consiguen el cielo, pero la auténtica vida espiritual es más profunda que hacer ciertas cosas de determinada manera. No cabe duda que los modos externos ayudan, pero lo externo ha de ser preparación y/o manifestación de lo interior. También podemos creer que estamos cerca de Dios por sentir determinados consuelos sensibles, pero lo cierto es que no se puede estar todo el tiempo en el Monte Tabor, también hay que subir al Calvario. Por eso, muchas veces cuando dejamos de sentir esos consuelos y experimentamos la aridez espiritual, tenemos la tentación de abandonarlo todo. Es que habíamos puesto nuestra seguridad en los consuelos de Dios y no en el Dios de los consuelos. 

Una vez que identificamos nuestras seguridades y rompemos con ellas, aferrándonos a Dios como a la más verdadera y plena seguridad, entonces nos lanzamos al agua. Lanzarse al agua es andar, como decía San Juan de la Cruz, "sin otra luz ni guía, sino la que en el corazón ardía". Pero puede sucedernos como a Pedro que, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y empezó a hundirse. Esa sensación de hundimiento es terrible, y casi con desesperación gritamos desde lo más profundo del alma: "¡Señor, sálvame!. Aquí el remedio es confiar en el Buen Dios. Sí, nos hundimos porque dejamos de mirar a Jesús, y fuerza del viento, es decir las pruebas de la vida, la sensación de vacío, las contrariedades, nuestras heridas y miserias, nos hacen temer y, como estamos sin piso, empezamos a caer en el desaliento. Pero hemos de confiar en que Cristo interviene en nuestra vida, no nos deja solos a merced de esos violentos vientos, no permite que nos hundamos del todo, sino que extiende su mano, nos agarra y nos dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?". 

Pidamos a la Virgen que nos alcance del Señor la gracia de despojarnos de nuestras seguridades y empezar a caminar sobre el agua, con la sola fe, y si por nuestra debilidad empezamos a temer y a hundirnos, que nos dejemos tomar por Jesús. Que conozcamos y experimentemos que todo viento o huracán, sea cual fuere, es calmado por Jesús, y que ante esa manifestación de su omnipotencia, amor y misericordia, también nosotros, como los apóstoles, le digamos a Cristo: "Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios". 

Amén. 

Evangelio y Reflexión Dominical del Domingo XVIII° Per Annum - Ciclo A



+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     14, 13-21

    Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos.
    Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos».
    Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos».
    Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados».
    «Tráiganmelos aquí», les dijo.
    Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.
    Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Reflexión Dominical: 

Queridos hermanos: 

Este domingo el Evangelio nos trae el relato de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. 

Una de las consideraciones espirituales que podemos hacer de este Evangelio es que el Señor, en su amor y omnipotencia, puede hacer grandes milagros en nuestra vida con lo poco que le podemos ofrecer. 

Esos cinco panes y dos peces que, multiplicados por Cristo, alimentaron una multitud, representan también lo que de nuestra parte podemos hacer, lo que somos y tenemos, nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestros pocos recursos que, puestos al servicio del Señor, pueden convertirse en algo grande, un don para los demás y, sobre todo, en "algo hermoso para Dios", como decía Santa Teresa de Calcuta. 

La primera tarea que tenemos, entonces, es descubrir nuestros cinco panes y dos peces. ¿Cuáles son nuestros talentos? No importan si son cinco, dos o uno, si son pocos o muchos. Lo que importa es reconocerlos, darle gracias a Dios por ellos, saber que son dones de su Infinito Amor. A veces creemos que es humildad no ver las cosas buenas que hay en nosotros, pero esto no es así, eso es una falsa humildad. La verdadera humildad es reconocer nuestros dones y no gloriarnos de ellos sabiendo que vienen de Dios. Santa Teresita del Niño Jesús decía: "Me parece que si una florcita pudiese hablar, diria con sencillez lo que Dios ha hecho por ella, sin tratar de ocultar sus beneficios. Su pretexto de una falsa humildad no diría que no tiene gracia ni perfume, que el sol le ha quitado su belleza y que las tormentas han tronchado su tallo, cuando está viendo en ella todo lo contrario". Por eso la Santísima Virgen María reconoce su pequeñez a la vez que las obras grandes que el Señor hizo en Ella (cf. Lc. 1, 46 - 49).

La segunda tarea es poner esos cinco panes y dos peces, esos dones que el Buen Dios nos ha regalado, a su servicio. Puede asustarnos vernos pobres, pero la multiplicación es obra de su gracia. Sólo nos pide que le entreguemos todo lo que somos y tenemos, incluso nuestras debilidades y defectos, para que Él haga el milagro. ¡Qué hermoso entregarle nuestros cinco panes y dos peces y ver que esa pequeñez se transforma, por su gran Misericordia, en algo grande y hermoso, para Él y los hermanos! Esta oración de San Ignacio de Loyola puede ayudarnos a hacer esta entrega: "Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti, Señor, lo retorno. Todo es Tuyo: dispone de ello según Tu Voluntad. Dame Tu Amor y Gracia, que éstas me bastan".  

Amén. 

Domingo XVII° Per Annum - Ciclo A: Evangelio y Reflexión Dominical

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     13, 44-52

    Jesús dijo a la multitud:
    «El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
    El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
    Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
    «¿Comprendieron todo esto?»
    «Sí», le respondieron.
    Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».


Queridos hermanos: 

Jesús nos dice que el Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. Está comparación tan hermosa nos hace pensar en la riqueza que posee quien se deja encontrar por Dios. 

¡Un tesoro! ¿Quién no quiere tener un tesoro? Pues bien, dice San Gregorio que "el tesoro escondido en el campo significa el deseo del cielo", y todos tenemos este deseo en el corazón porque todos deseamos ser felices. Encontrar el tesoro escondido, entonces, es encontrar la alegría, la vida, la verdad, el camino, el amor, la luz, todo...

San Agustín dice que este tesoro escondido también puede significar "los dos Testamentos que hay en la Iglesia, de los cuales, cuando alguno llega a entender alguna parte, comprende que aún hay en ellos ocultas grandes cosas, y se marcha y vende cuanto tiene y los compra, es decir, compra con el desprecio de las cosas temporales la tranquilidad y se hace rico con el conocimiento de Dios". Es que para adquirir este tesoro, es menester renunciar a ciertas cosas, vender lo que poseemos y comprar el campo donde se halla el tesoro. Pero esta renuncia es una renuncia gozosa, una renuncia llena de esperanza, una renuncia, en fin, que sólo tiene sentido si se va a adquirir algo de mucho más valor. Venderlo todo, para encontrar el Todo, y hallar en Él la verdadera y única paz. 

Este tesoro está más cerca de nosotros de lo que nosotros mismos pensamos. Más aún, ese tesoro, aunque a veces lo descuidamos, está dentro de nosotros. Dice Jesús: "El Reino de Dios está dentro de ustedes" (Lc. 17, 21).

Pidamos a la Virgen Santísima, Aquella que encontró el tesoro escondido y lo custodiaba en su corazón, que nos alcance de su Hijo Jesús la gracia de encontrar ese tesoro que nos hará ricos, con la única riqueza que vale para la Vida Eterna: Dios Amor. Y así, auxiliados por la divina gracia, nos atrevamos a transitar ese estrecho pero gozoso camino que señala San Juan de la Cruz: 

"Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
No quieras ser algo en nada".  

Amén.

Domingo XVIº Per Annum: Evangelio y Reflexión Dominical



+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     13, 24-43

    Jesús propuso a la gente otra parábola:
    «El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: "Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?"
    Él les respondió: "Esto lo ha hecho algún enemigo".
    Los peones replicaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?"
    "No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero"».
    También les propuso otra parábola:
    «El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas».
    Después les dijo esta otra parábola:
    «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»
    Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:
        «Hablaré en parábolas
        anunciaré cosas que estaban ocultas
        desde la creación del mundo».
    Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
    Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
    Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.
    ¡El que tenga oídos, que oiga!»

Evangelio del Domingo XV° Per Annum y Reflexión

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     13, 1-23

    Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a Él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces Él les habló extensamente por medio de parábolas.
    Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»
    Los discípulos se acercaron y le dijeron: «¿Por qué les hablas por medio de parábolas?»
    Él les respondió: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:
        "Por más que oigan, no comprenderán,
        por más que vean, no conocerán.
        Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido,
        tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos,
        para que sus ojos no vean,
        y sus oídos no oigan,
        y su corazón no comprenda,
        y no se conviertan,
        y yo no los sane".
    Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
    Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
    Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
    El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Éste produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno».


Reflexión Dominical del Evangelio 

Queridos hermanos: 

Este domingo Jesús nos enseña la parábola del sembrador (Cf. Mt. 13, 1-23). Cristo es el Divino Sembrador que viene a nosotros con su Palabra de Vida, pero a veces nuestro corazón no es tierra buena para recibir esa Palabra, y por eso no se produce una siembra verdadera. Por tanto, es una hermosa oportunidad para pedir al Buen Dios una gracia muy especial: que nuestro corazón sea esa tierra buena, fértil, que al recibir la semilla de la Palabra de Dios, dé abundante fruto. Y hemos de pedir esto por intercesión de la Virgen Santísima que escuchaba la Palabra y la meditaba en su corazón, y así esta Palabra dio en Ella frutos de luz, vida y amor. 

Una pregunta que nos podemos hacer es por qué nuestro corazón no es tierra buena. Tal vez escuchamos la Palabra de Dios con prisa, sin atención, sin una actitud de discípulo. O tal vez tenemos en el corazón tanta suciedad, tanto ruido, tantas vanas aspiraciones, que no damos lugar a que la Palabra de Dios se haga vida en nuestras vidas. Por otra parte, muchas veces nos falta el asombro ante la Palabra de Dios, la escuchamos como algo ya conocido, algo que no nos dice nada nuevo, algo que ya sabemos, cuando en realidad esa Palabra es siempre viva, eficaz y creadora. Cuentan los biógrafos de San Pío de Pietrelcina que a veces, tras escuchar el Evangelio o algún pasaje de la Sagrada Escritura, el santo derramaba lágrimas, y una vez le preguntaron por qué lloraba, a lo que él respondió: "¿Te parece poco que todo un Dios hable con su creatura?". Es ese asombro ante Dios que quiere hablar con nosotros a través de su Santa Palabra. Por eso el Concilio Vaticano II, al referirse a la Sagrada Escritura, dice que "en los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos" (DV 21). Y ante semejante realidad, es comprensible que quien así lo vive realmente y se asombra de ello, llora de amor y gratitud. 

Un buen modo de empezar esta Palabra de Dios con una mejor disposición para que nuestro corazón se vaya transformando en una tierra más apta para la siembra, es adentrarnos en un método de oración muy antiguo y sencillo que puede aportarnos mucho provecho espiritual: la Lectio Divina, que consiste en una lectura orante de la Sagrada Escritura. El primer paso es la "Lectio", es decir la "lectura", por la que al tomar un texto bíblico nos preguntamos qué dice esa Palabra, su sentido literal y sus sentido espirituales según la Tradición y el Magisterio de la Iglesia. El segundo paso es la "Meditatio", es decir la "meditación", por la que nos preguntamos qué nos dice a nosotros personalmente ese texto divino. 

El tercer paso es la "Oratio", es decir la "oración", por la que nos preguntamos qué le decimos nosotros a esa Palabra de Vida que se nos revela. Y el cuarto paso es la "Contemplatio", es decir la "contemplación", por la que nos quedamos en silencio, rumiando la Palabra de Dios, dejando que ella haga su divina operación en nosotros. Y se puede terminar con lo que algunos autores modernos han llamado la "Actio", es decir la "acción", que puede ser un propósito muy concreto para vivir esa Palabra de Dios en nuestras vidas cotidianas. Para que se entienda mejor se puede poner un ejemplo. Supongamos que leemos el pasaje bíblico de cuando Jesús da la vista al ciego. En la lectio vemos qué dice ese pasaje, qué sucedió, quién era ese ciego, cómo es que se encontró con Jesús, cómo es que Jesús lo sanó, etc. En la meditatio podemos pensar que nosotros estamos ciegos por nuestros pecados y somos incapaces de ver las cosas de Dios, no las comprendemos, no las gustamos, y necesitamos que Jesús nos conceda la vista. En la oratio le podamos pedir al Señor el don de la vista, pedir perdón por esa ceguera espiritual, rogarle nos muestre los medios para empezar a ver mejor. En la contemplatio rumiamos una y otra vez todo esto, como si nos paseáramos por un hermoso jardín en el que aspiramos el suave olor de las flores, o como si estuviésemos tomando sol, dejando que el sol haga su operación en nosotros. Y finalmente, podemos hacer un propósito simple y concreto a la vez: en tal situación en que sé que estoy ciego, pediré luz al Señor o no me obstinaré en tal o cual opinión o postura que tal vez nada tiene que ver con lo que enseña la Palabra de Dios. 

Que la Palabra de Dios, semilla divina que quiere germinar en nosotros, encuentre en nuestros corazones, por su propia gracia y nuestra libre respuesta, un terreno fértil. 

Así sea.

Domingo XIV° Per Annum y Reflexión del Evangelio



+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     11, 25-30

Jesús dijo:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Reflexión del Evangelio Dominical 

Queridos hermanos: 

     Jesús nos dice este domingo: "Aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio" (Mt. 11, 29). 

   Podemos pensar que el Señor Jesús tiene todas las virtudes en grado sumo, por lo tanto Él puede decirnos que aprendamos de Él todas las virtudes. Sin embargo, pareciera que, además de la caridad en la que nos insiste tantas veces (Cf. Mt. 22, 39), hay dos virtudes que Él prefiere de un modo especial: la paciencia y la humildad. Por eso, nos pide aprender su paciencia y humildad de corazón. 

  Detengámonos en la paciencia. Algunos, en vez de "paciente" traducen "manso". Por tanto, se puede decir que la paciencia es la mansedumbre, y consiste en "saber esperar". ¿Esperar en quién? Sólo en Dios. ¿Esperar qué? Las promesas de Dios porque Él es fiel. 
 
  Ante un mundo violento que pretende imponerse por la fuerza, el cristiano se sabe en manos de Dios y espera mansamente en Él. Este pretender imponerse por la fuerza y el poder se lleva a cabo incluso de modos sutiles, haciendo parecer que no se ejerce la coacción, pero en realidad sirviéndose de ella astutamente, pues muchas veces en palabras que suenan dulces y hasta en modos aparentemente "mansos" y "amigables", se esconde una violencia inusitada y un afán de dominio y control sobre el otro. Así, mansedumbre no implica callar ante la injusticia, aunque se ponga la otra mejilla, como Cristo cuando le dijo al que lo abofeteó: "Si he hablado mal, dime en qué, y si he hablado bien, ¿por qué me pegas?" (Jn. 18, 23). En definitiva, la mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo (Cf. Gal. 5, 22) por el cual la persona alcanza la paz interior y se encuentra en completa docilidad a la acción de gracia divina aunque deba enfrentar grandes contrariedades. 

  Pidamos a la Virgen Santísima, Reina de la Paz, nos alcance la gracia de ser mansos y humildes de corazón. Amén. 

Domingo 13° Per Annum y Reflexión del Evangelio

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo 
según san Mateo     10, 37-42

    Dijo Jesús a sus apóstoles:
    El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
    El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
    El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
    El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.
    El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.
    Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».



Reflexión del Evangelio: 

Queridos hermanos: 
    
         En el Evangelio de este Domingo Jesús nos dice: "el que quiere a su padre o a su madre más que a mi no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí". 

   Con esto, el Señor no nos prohibe amar a nuestros seres queridos, por el contrario, nos manda amarlos. Pero Jesús nos enseña que el amor que le debemos a nuestros familiares y amigos no puede ser mayor que el amor que le debemos a Él. Dios es el primero que debe ser amado, de tal manera que sería un desorden amar al padre o a la madre o al hijo o a la hija más que a Dios. Cuando el Señor es amado por sobre todas las cosas, entonces todos nuestros amores se van ordenando, y no se ama menos, sino que se ama más, mucho más, a los familiares y amigos, porque el corazón de quien realmente ama a Dios por sobre todas las cosas no es un corazón frío e indiferente para con el prójimo, sobre todo para con los parientes, sino un corazón que ama con un amor más verdadero, libre y profundo. Santa Teresa de los Andes decía que "en Dios nuestros afectos se purifican y hasta se divinizan". 
 
   En este contexto es que se puede entender la actitud de san Francisco de Asís cuando abandona a su padre, un rico mercader, y le devuelve lo que le correspondía en herencia diciéndole: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: Padre nuestro, que estás en los cielos..." ¿Es que san Francisco despreciaba a su padre? Ciertamente no. Su reacción tan radical puede desconcertarnos, pero se entiende a la luz del Evangelio que estamos meditando... 

   Pidamos a la Santísima Virgen María, Madre del Amor Hermoso, que Ella nos alcance la gracia de amar a Dios por sobre todas las cosas y desde ese amor, amar a nuestros seres queridos en libertad y verdad. 

Amén. 
Reflexión del P. Rodrigo A. Adet 
Vicario de la Iglesia Catedral de La Plata