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--------------------------------------------- San Martin de Tours y La Virgen de los Buenos Aires / La Inmaculada Concepción y San Ponciano | Patronos de la Ciudad de Buenos Aires / Patronos de la Ciudad de La Plata -----------------------

Promesas del Santo Rosario

 


Cuenta la tradición que, en la segunda mitad del siglo XV, la Virgen María se le apareció al Beato dominico Alano de la Rupe, quien escribió el famoso libro “De Dignitate Psalterii” (De la dignidad del Salterio de María), en el cual relata cómo la Virgen pide a Santo Domingo de Guzmán que propague el rezo del Santo Rosario.

Según el Beato Alano, estas son las promesas de Nuestra Señora para quienes rezan frecuentemente y con devoción la oración mariana:

1. Aquellos que recen con enorme fe el Rosario recibirán gracias especiales.

2. Prometo mi protección y las gracias más grandes a aquellos que recen el Rosario.

3. El Rosario es un arma poderosa para no ir al infierno: destruye los vicios, disminuye los pecados y nos defiende de las herejías.

4. Se otorgará la virtud y las buenas obras abundarán, se otorgará la piedad de Dios para las almas, rescatará a los corazones de la gente de su amor terrenal y vanidades, y los elevará en su deseo por las cosas eternas. Las mismas almas se santificarán por este medio.

5. El alma que se encomiende a mí en el Rosario no perecerá.

6. Quien rece el Rosario devotamente, y lleve los misterios como testimonio de vida no conocerá la desdicha. Dios no lo castigará en su justicia, no tendrá una muerte violenta, y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios, y tendrá la recompensa de la vida eterna.

7. Aquel que sea verdadero devoto del Rosario no perecerá sin los Sagrados Sacramentos.

8. Aquellos que recen con mucha fe el Santo Rosario en vida y en la hora de su muerte encontrarán la luz de Dios y la plenitud de su gracia, en la hora de la muerte participarán en el paraíso por los méritos de los Santos.

9. Libraré del purgatorio a a quienes recen el Rosario devotamente.

10. Los niños devotos al Rosario merecerán un alto grado de Gloria en el cielo.

11. Obtendrán todo lo que me pidan mediante el Rosario.

12. Aquellos que propaguen mi Rosario serán asistidos por mí en sus necesidades.

13. Mi hijo me ha concedido que todo aquel que se encomiende a mí al rezar el Rosario tendrá como intercesores a toda la corte celestial en vida y a la hora de la muerte.

14. Son mis niños aquellos que recitan el Rosario, y hermanos y hermanas de mi único hijo, Jesús Cristo.

15. La devoción a mi Rosario es una gran señal de profecía.

Octubre: Mes del Santo Rosario

 


Este 1 de octubre la Iglesia inicia la celebración del mes del Santo Rosario, una oración querida por muchos santos a lo largo de la historia y que fue difundida por Santo Domingo de Guzmán por petición de la Santísima Virgen María.

Según cuenta la historia, en la antigüedad romanos y griegos solían coronar con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses, como símbolo del ofrecimiento de sus corazones. La palabra “rosario” significa "corona de rosas".

Siguiendo esta tradición, las mujeres cristianas que marchaban al coliseo romano para ser martirizadas, llevaban sobre sus cabezas coronas de rosas como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones para ir al encuentro de Dios. Estas rosas eran recogidas en las noches por los cristianos, quienes recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso de las mártires.

La Iglesia recomendó rezar este rosario recitando los 150 salmos de David, sin embargo, esto solo la seguían las personas cultas, pero no la mayoría de los fieles. Ante esto, se sugirió que quienes no supieran leer, reemplazaran los salmos por 150 Avemarías divididas en quince decenas. A este “rosario corto” se le llamó “el salterio de la Virgen”.

Siglos después, específicamente en 1208, se cuenta que la misma Virgen María enseñó a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores (dominicos), el rezo del Rosario.

El santo español se encontraba entonces en el sur de Francia luchando contra la herejía albigense. Un día, en la capilla que estaba en Prouille, le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada.

La Virgen se le apareció sosteniendo un rosario y le enseñó a recitarlo. Luego le pidió que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.

Santo Domingo de Guzmán salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito porque muchos albigenses volvieron a la fe católica.

Años después, el 7 de octubre de 1571, tuvo lugar la batalla naval de Lepanto, cuando la cristiandad era amenazada por los turcos. Ante el inminente peligro, el Papa San Pío V pidió días antes a los fieles que rezaran el rosario pidiendo por las fuerzas cristianas.

Cuenta la historia que el Pontífice estaba en Roma despachando asuntos cuando de pronto se levantó y anunció que sabía que la flota cristiana había triunfado. Ordenó el toque de campanas y una procesión. Días más tarde llegaron los mensajeros con la noticia de la victoria. Posteriormente, instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias el 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario y determinó que se celebrase el primer domingo de octubre (día en que se había ganado la batalla). Actualmente se celebra la fiesta del Rosario el 7 de Octubre y algunos dominicos siguen celebrándola el primer domingo del mes.

Durante siglos los fieles rezaron el rosario dividido en quince misterios: gozosos, dolorosos y gloriosos. Sin embargo, en octubre de 2002 fue presentada la Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae, en la que San Juan Pablo II añadió el rezo de cinco “misterios luminosos”, centrados en la vida pública de Jesús.

El Santo Rosario ha sido la oración preferida de muchos santos y pontífices. Así, en octubre de 2016 el Papa Francisco afirmó que “el Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón”.

1 de Octubre: Memoria Litúrgica de santa Teresita del Niño Jesús, virgen y doctora de la Iglesia

 


El 1° de octubre celebramos la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús (1873 - 1897), patrona de las misiones y doctora de la Iglesia. Una de las santas contemporáneas más importantes por su sencillez y, a la vez, profundísima espiritualidad. Pidamos su intercesión y guía para poder un día hacerle compañía en el cielo.

Bien conocida es la vida de este ángel de candor, llamada la «florecita del Carmelo». Ella misma la escribió por orden expresa de su superiora, la Madre Inés de Jesús, en 1895 y 1896, y fue publicada con el título de «Historia de un alma», en el año 1898. Completada luego por los informes que facilitó la familia y los que se tomaron del proceso de canonización, constituye el principal documento de la vida de la Santa.

Su padre, Luis Martín, nació en Burdeos el año 1823 y a los veinte años solicitó el ingreso en los canónigos regulares de San Agustín del Monte San Bernardo de Suiza. No pudo admitirle el prior por no haber cursado el joven los estudios de latinidad, y así, de regreso a Alençón, prosiguió el aprendizaje de relojero que había empezado. La madre, Celia Guerin, «maestra de punto», de Alençon, también trató de ingresar en la Congregación de Hijas de la Caridad, pero la Superiora del Hospital de Alençon le declaró que su vocación era vivir como buena cristiana en el mundo. Celebrose el matrimonio el 13 de julio de 1858, en la iglesia de Nuestra Señora de Alençon. Ambos consortes practicaban sus deberes cristianos sin ostentación, pero con entereza y piedad.

En pocos años alegraban el hogar nueve hijos, cuatro de los cuales no tardaron en ir a juntarse con los coros angélicos; los cinco restantes se consagraron a Dios en la vida religiosa. Cada hijo era, al nacer, consagrado a María, y recibía en el bautismo el nombre de la Reina del cielo. Cuando la cuarta hijita, María Elena, aun de corta edad, hubo muerto, los padres pidieron al Señor un misionero. Dos infantitos vinieron sucesivamente a ocupar un puesto en la familia; pero, al igual que la niñita que les siguió, no hicieron más que aparecer y volar al cielo. El «misionero» tan deseado iba a ser el noveno y último vástago de la familia. 

INFANCIA DE TERESA — MUERTE DE SU MADRE 

Ese noveno vástago fue una niña que nació el 2 de enero de 1873, en Alençon, y que fue bautizada dos días después en la iglesia de Nuestra Señora. Recibió los nombres de María Francisca Teresa y actuó de madrina su hermana mayor María Luisa. Teresa era de salud muy delicada. Para sacarla adelante, su madre, agotada ya, hubo de confiarla a una nodriza, campesina robusta y muy experimentada. De regreso al hogar paterno, la niña, a quien el padre llamaba «su reinecita» y la madre calificaba de «diablillo» y de «huroncito», lo llenaba todo de alegría por su amable sonrisa, su corazón afectuoso y su piedad precoz.

Contaba apenas cuatro años y medio cuando murió su madre. Escuchaba en silencio lo que se decía en torno suyo, aunque sin comprenderlo bien, y se daba cuenta de la inmensa desventura que alcanzaba a la familia. Esta dolorosísima muerte trocó por completo el carácter de Teresita. Ella, tan decidora y tan alegre hasta entonces, volvió se tímida, retraída y sensible en extremo. Sin embargo, los años que transcurren desde 1877 hasta finales de 1886, son para la niña un paréntesis en el penar, una época no interrumpida de tiernas efusiones en la familia y de goces purísimos al recibir la primera Comunión. 

PRIMERA COMUNIÓN  

El ingreso en la vida religiosa de la segunda hija del señor Martín, fue para su «reinecita» causa de grave enfermedad, enfermedad misteriosa a la cual, por divina licencia, no era ajeno el tentador. Acometiéronle dolores continuos de cabeza que, unidos a su extremada sensibilidad, la inutilizaban por completo; no obstante, prosiguió los estudios con toda aplicación. AI año siguiente, por Pascua, empeoró y fue presa de violentas crisis, hasta el punto que se temió por su vida.

En tal estado, decía cosas ajenas a su modo de pensar y hacía otras como forzada por superior impulso; quedabase desvanecida horas enteras y parecía estar delirando de continuo; visiones terroríficas le arrancaban espantosos gritos; a veces no conocía a su hermana María, que la cuidaba, ni a los demás parientes. El padre, inconmovible como una roca en su fe, mandó celebrar una novena de misas en Nuestra Señora de las Victorias de París. Durante la novena y en un momento de crisis en extremo violenta y fatigosa, las tres hermanas de la enfermita cayeron de hinojos ante una imagen de la Reina del Cielo que adornaba la sala; mientras oraban, vio Teresa cómo la estatua o, por mejor decir, la Soberana de los Ángeles en persona, le sonreía, se adelantaba radiante hacia ella y la miraba con indecible amor. Ante espectáculo tan maravilloso, prorrumpió en llanto consolador y logró, al fin, distinguir a sus hermanas: la Virgen Santísima acababa de curarla.

Pasados breves días de discretas alegrías y distracciones, convenientes para ayudarla al total restablecimiento, y mejor dispuesta que nunca a reanudar su vida de intimidad con Jesús, prosiguió Teresa los estudios, aplicándose con todo esmero bajo la dirección atenta y delicada de su hermana María, a disponer su alma para la primera Comunión. Bien se adivina el fervor y el cuidado escrupuloso con que haría los ejercicios preparatorios a la primera Comunión.

Llegó, por fin, el 8 de mayo de 1884, en que le cupo la dicha de participar en el divino Banquete. Por la tarde de ese día feliz, llevola su padre al Carmelo para ver a Paulina, que aquella mañana misma se había consagrado, como esposa, a Jesucristo. Teresa la contempló embelesada, envuelta en níveo velo como el suyo y ceñida la cabeza por una corona de rosas. Un mes después recibió la Confirmación. Muy necesaria le era tal gracia, pues las pruebas de todo género no habían de abandonarla por espacio de varios años en forma, sobre todo, de molestos escrúpulos. Mucho la afectó también la entrada, en el Carmelo, de María, su hermana mayor (octubre de 1886). Recibida la confirmación, solicitó el ingreso en las Hijas de María. Por la Navidad de 1886, obróse en Teresa un cambio sensible; recobró la fortaleza de alma que perdiera con ocasión de la muerte de su madre y triunfó decididamente de sí misma, con lo cual emprendió a pasos agigantados el camino de la perfección. 

INGRESA EN EL CARMELO DE LISIEUX  

La priora del Carmelo, Madre María Gonzaga, no opuso reparo a la admisión de la postulante, pero el superior eclesiástico de la comunidad no autorizaba el ingreso hasta los veintiún años. Ante semejante contrariedad no se dio por vencida la niña, y acompañada de su padre fuése el 31 de octubre a pedir audiencia al obispo de Bayeux y de Lisieux. Una vez en su presencia, Teresa solicitó con gran fervor autorización de ingresar a los 15 años en el Carmelo, pero el prelado no juzgó conveniente manifestar su pensamiento en el acto y prometió hacerlo más tarde. En la audiencia pontificia del 20 de noviembre, arrodillada la santa niña a los pies del papa León XIII, le dijo: «Santísimo Padre, en honor de vuestro jubileo, permitidme ingresar en el Carmelo a los 15 años». «Hija mía, haz lo que dispongan los Superiores... que, si Dios quiere, ya ingresarás», fue la contestación del Sumo Pontífice. Ante evasivas como éstas, Teresa se entristecía mucho, pero no perdía la calma y, sumisa y confiada, se remitía a la Divina Providencia. Por fin, el 9 de abril de 1888, día en que se celebraba la fiesta —trasladada— de la Anunciación, el señor Martín acompañó a su «reinecita», la nueva sierva del Señor, a la capilla del Carmelo. Toda la familia comulgó, incluso Leonia, que circunstancialmente se hallaba en casa; terminada la misa, la postulante fuése presurosa a llamar a la puerta del monasterio y abandonó definitivamente el mundo para vivir en adelante consagrada al amor de Jesús. 

ÚLTIMA ENFERMEDAD Y MUERTE DE LA SANTA
 
En la noche del Jueves al Viernes Santo (2-3 de abril 1896) Teresa arrojó sangre por dos veces. Con ello quería darle a entender el Señor que su entrada en la vida eterna estaba cercana. De allí en adelante notóse que las fuerzas empezaban a faltarle; y tanto más cuanto que la heroica religiosa se empeñaba en seguir hasta el completo agotamiento los ejercicios de comunidad, pues todavía no sospechaba la gravedad de su estado. Para colmo de males, a los sufrimientos del cuerpo se le agregaron penas morales causadas por repetidos asaltos del demonio, particularmente tentaciones de amor y desconfianza. La enferma lo sufría todo resignada; estaba satisfecha de padecer por su Jesús; de inmolarse por las almas, por los sacerdotes y, aun más, si cabe, por los misioneros.

Hacia la primavera de 1897, los síntomas del mal fueron cada vez más alarmantes; el 8 de julio abandonó Teresa su aposento y se dirigió a la enfermería. En los postreros meses de su sacrificio, solía hablar del «caminito llano», del «caminito infantil» de toda buena carmelita. Anunció que, después de la muerte que debía unirla con Dios y dar principio a su felicidad eterna, haría caer sobre la tierra una «lluvia de rosas» y que pasaría la bienaventuranza eterna «haciendo bien a este mundo» (17 de julio).

El 30 del mismo mes, recibió la Extremaunción. Desde el 17 de agosto, los frecuentes vómitos la privaron de la dicha de la Sagrada Comunión. Teresa había deseado morir de amor a Jesús crucificado y su deseo fue atendido; el 30 de septiembre, sufrió penosa agonía, exenta de todo consuelo humano y divino: ello era debido al vehemente deseo de salvar almas. En ese mismo día, después del Angelus vespertino, dirigió una prolongada mirada a una imagen de María Santísima, y luego al Crucifijo, exclamando: «¡Oh cuánto la amo!» «¡Dios mío... os amo!» Fueron sus postreras palabras. Los funerales constituyeron un triunfo. Según su promesa, no tardó en caer sobre su tumba copiosa lluvia de rosas de milagros y favores, que aceleraron extraordinariamente su causa de beatificación. La canonizó Pío XI en 1925, y en 1927 la proclamó copatrona de las Misiones. La devoción a Santa Teresa del Niño Jesús hízose rapidísimamente popular, tanto por los extraordinarios y múltiples prodigios obrados en favor de sus admiradores, cuanto por la sencillez y encanto con que la santidad se transparenta en su vida. 

Eran las diez de una espléndida mañana de octubre en la plaza de San Pedro. Juan Pablo II ante unos 70 mil fieles, ante 16 cardenales y numerosos obispos, ante una delegación oficial francesa y ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, declaraba doctora de la Iglesia universal a Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, una muchacha normanda que murió a los 24 años de edad y que nunca pisó un aula universitaria.
Con este título el pontífice reconoce que la doctrina propuesta por Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz puede ser un punto de referencia para todos los cristianos del mundo no sólo porque se adecua perfectamente a la verdad, sino también porque ofrece nueva luz sobre los misterios de la fe. En la homilía, Juan Pablo II explicó por qué una joven santa carmelita, fallecida a los 24 años, que no estudio teología sistemáticamente, compartirá a partir de hoy el prestigioso reconocimiento reservado a hombres de la estatura intelectual de santo Tomás de Aquino, san León Magno o san Juan de la Cruz. «Entre los “doctores de la Iglesia" –aclaró el Papa–, Teresa del Niño Jesús es la más joven, pero su ardiente itinerario espiritual muestra gran madurez y las intuiciones de la fe expresadas en sus escritos son tan amplias y profundas que le merecen figurar entre los grandes maestros de la espiritualidad».

A continuación el obispo de Roma explicó la importancia del mensaje de Teresa para la sociedad de que se propone cruzar el umbral del tercer milenio: «En una cultura racionalista y demasiado a menudo invadida por un materialismo práctico ella opone con una sencillez que desarma "la pequeña vía" que conduce al secreto de toda existencia: el Amor divino que envuelve y penetra toda la aventura humana».

«En un tiempo como el nuestro, caracterizado por la cultura de lo efímero y del hedonismo, esta nueva Doctora de la Iglesia se muestra dotada de una singular eficacia para esclarecer el espíritu y el corazón de los que tienen sed de verdad y de amor». Santa Teresa de Lisieux, penetrando en el espíritu del Evangelio y la pasión de la reformadora del Carmelo, santa Teresa de Avila, profundizó la mística centrada en el amor, que ella llamó la «pequeña vía de la infancia espiritual», experiencia íntima que recogió en su libro «Historia de un alma», traducido a 50 idiomas. Sus escritos aportan, entre otras cosas, la experiencia espiritual de los dos últimos años de su vida, debatidos en medio de la enfermedad que la llevó a la tumba, en la que no faltó la prueba de la duda y de la crisis de fe.

Canonizada en 1925 por Pío XI, este mismo Papa la proclamó, junto con san Francisco Javier, patrona universal de las misiones, pese a que durante su vida religiosa jamás franqueó los muros de su convento de Lisieux, aunque deseó ardientemente ser misionera. Juan Pablo II, que anunció la declaración de santa Teresa de Lisieux como Doctora de la Iglesia durante las Jornadas Mundiales de la Juventud del pasado mes de agosto en París, propone también a Teresita como patrona de los jóvenes. Ante miles de adolescentes de la Acción Católica italiana, el Santo Padre explicó el 18 de octubre que Santa Teresa de Lisieux fue una religiosa de clausura excepcional, pero que igualmente hubiera sido una buena joven de Acción Católica.


ORACIÓN PARA PEDIR UN FAVOR

¡Santa Teresita! Vengo a tus plantas lleno de confianza a pedirte favores. La Cruz de la vida me pesa mucho y no encuentro más que espinas entre sus brazos. ¡Florecitas de Jesús! Envía sobre mi alma una lluvia de flores de gracia y de virtud, para que pueda subir el Calvario de la vida embriagado en sus perfumes. Mándame una sonrisa de tus labios de cielo y una mirada de tus hermosos ojos... Que valen más tus caricias que todas las alegrías que el mundo encierra. ¡Dios mío! Por intercesión de Santa Teresita dame fuerza para cumplir con mi deber y concédeme la gracia que en esta oración te pido. Amén.


ORACIÓN POR LOS SACERDOTES 
de Santa Teresita del Niño Jesús

¡Oh Jesús!
Te ruego por tus fieles y fervorosos sacerdotes,
por tus sacerdotes tibios e infieles,
por tus sacerdotes que trabajan cerca o en lejanas misiones,
por tus sacerdotes que sufren tentación,
por tus sacerdotes que sufren soledad y desolación,
por tus jóvenes sacerdotes,
por tus sacerdotes ancianos,
por tus sacerdotes enfermos,
por tus sacerdotes agonizantes
por los que padecen en el purgatorio.

Pero sobre todo, te encomiendo a los sacerdotes
que me son más queridos,
al sacerdote que me bautizó,
al que me absolvió de mis pecados,
a los sacerdotes a cuyas Misas he asistido
y que me dieron tu Cuerpo y Sangre en la Sagrada Comunión,
a los sacerdotes que me enseñaron e instruyeron,
me alentaron y aconsejaron,
a todos los sacerdotes a quienes me liga
una deuda de gratitud, especialmente a...

¡Oh Jesús, guárdalos a todos junto a tu Corazón
y concédeles abundantes bendiciones
en el tiempo y en la eternidad! Amén.

ORACIÓN POR LAS MISIONES 

 Oh Santa Teresita del Niño Jesús, que has sido justamente proclamada Patrona de las Misiones de todo el mundo: acuérdate de los ardentísimos deseos de mostrarte, cuando vivías en la tierra, de querer plantar la Cruz de Jesucristo en todas las naciones, y anunciar el Evangelio hasta la consumación de los siglos. Te suplicamos que ayudes, según tu promesa, a los sacerdotes, a los misioneros y a toda la Iglesia. Así sea.

Santa Teresita del Niño Jesús ¡Ruega por nosotros!

30 de Septiembre: Memoria Litúrgica de san Jerónimo. presbítero y doctor de la Iglesia

 


Hoy, 30 de septiembre, celebramos la fiesta de San Jerónimo, doctor de la Iglesia y uno de los santos más importantes de la religión católica. La traducción al latín de la Biblia hecha por San Jerónimo, llamada la Vulgata y publicada en el siglo iv de la era cristiana, fue declarada en 1546 por la Iglesia católica en el Concilio de Trento, la versión única, auténtica y oficial de la Biblia para la Iglesia latina. En su honor se celebra, cada 30 de septiembre, el Día Internacional de la Traducción.

Con San Hilario, que le precedió cerca de cuarenta años, y con San Ambrosio y San Agustín, contemporáneos suyos, forma San Jerónimo el grupo ilustre de los cuatro Padres de la Iglesia latina de los siglos IV y V. Benedicto XV, ya desde las primeras líneas de la Encíclica Spiritus Paráclitus del 15 de septiembre de 1920, publicada con ocasión del 15º centenario de la muerte de San Jerónimo, declara solemnemente que la Iglesia católica reconoce y venera en este santo insigne «el máximo Doctor que le dio el cielo para interpretar la divina Escritura». Título magnífico que podría compendiar cualquier apología del Santo.

Nació Jerónimo cerca del año 331 en Estridón, en los confines de Dalmacia y Panonia. Sus padres fueron nobles y ricos cristianos. Siendo Jerónimo de diecisiete años, enviáronle a Roma, para que prosiguiese el estudio de las letras, en el que sobresalió por la madurez y profundidad del juicio, vigor de la inteligencia y brillo de la imaginación. Estaba prendado de los libros y decía no poder vivir sin ellos. Por eso revolvió cuantos pudo y, merced a una labor diligente y constante, copiándolos de su mano, formó para sí una rica biblioteca que llenó de admiración a sus contemporáneos. Las seducciones de la gran urbe arrastraron un momento lejos del buen camino al joven estudiante, que por entonces sólo era catecúmeno; pero enseguida volvió a mejores ideas. Pidió el bautismo y lo recibió de manos del papa Liberio, por los años de 366. A raíz de un viaje que para estudios mayores hizo a las Galias llegándose hasta Tréveris, determinó renunciar al mundo para darse completamente al servicio de Dios. Desde aquel momento empezó Jerónimo su rápido ascenso hacia la santidad.

MES DE SEPTIEMBRE: 30° Día de la Mes de la Virgen de los Dolores

 


MES DE SEPTIEMBRE CONSAGRADO A LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN DE PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflamese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "Oh Señora, yo soy tu siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

DIA XXX

Mi corazón, Señora, se deshace en lágrimas y sollozos cuando con la reflexión posible me recojo a pensar y recordar vuestros sentimientos y nenas cuando teníais en vuestro regazo a vuestro amabilísimo Hijo difunto, y tan lastimado... ¡Qué dolor tan penetrante atravesaría vuestro pecho tiernísimo! ¡Qué afectos tan compasivos os vendrían al pensamiento y expresaríais con vuestros labios! ¡Qué ósculos tan estrechos, qué abrazos tan apretados le daríais! ¡Aquí es donde se renuevan las amarguras y los pesares! ¡Aquí donde se recopilan todos los afectos y angustias que en toda su pasión y en toda su vida os atormentaron! ¡Aquí donde se nos presenta el mar, innavegable piélago y mar de penalidades, de donde han salido y adonde han vuelto tantos ríos de dolor como hasta aquí hemos notado y visto en vuestro amoroso pecho! ¡Aquí en fin reconozco la suma de tantos sinsabores y aflicciones! Pero ¡o felices dolores, o bienaventuradas penas o dichosos pesares cuántos frutos y utilidades nos han resultado! ¡cuánto honor y gloria a la misma Señora y Madre nuestra amabilísima!

Por los dolores de esta Reina recibió tanto júbilo y alegría la corte celestial, como le fue revelado a santa Brígida, la cual vio una procesión de cortesanos y bienaventurados que guiaba la dolorosa Señora delante de los cuales iba un ángel que llevaba una grande espada, que significaba los dolores que padeció en la vida y muerte de su santísimo Hijo; des pues de lo cual le fue dicho a la Santa: "Mira cuánto honor y gloria resulta de esta festividad a María Santísima, por la espada de angustia que sufrió en la pasión de su amado" Por los dolores de nuestra Madre hemos hallado delante del Señor nuestra redención y la reconciliación de nuestra perdida amistad, porque si Dios envió al mundo su querido Hijo para que con su pasión y muerte le rescatase dela culpa, claro está
que en su modo la Madre de donde había de nacer, y que por el vínculo natural
había de sentir tantas penas, angustias y tormentos, cooperaba y concurría en este sentido a nuestra reparación, aunque esta fuese solo obra reservada a Jesucristo.

En los dolores de María podemos fundar nuestro tesoro, siendo para con Dios de tanto valimiento que inclinan tan piadosamente al Eterno, que parece como que no puede negar cosa alguna que por ellos le pidamos. Los dolores de María son la salud para nuestras dolencias, tranquilidad y refugio de los acosados, conformidad en nuestras adversidades, y socorro para nuestras aflicciones. Los dolores de María son el remedio de nuestros males, escudo para los justos, camino para los extraviados, y esperanza para todos los pecadores.

Los dolores de María son la alegría del triste, la guía del peregrino, el amparo de las doncellas, la estrella que ilumina en la obscuridad, el tino en las dudas, acierto en las resoluciones, y puerto deseado de los que navegan en este valle de lágrimas. Los dolores de María, en dos palabras, son nuestro patrocinio en la tierra y nuestra corona en el cielo ¡Bendita sea María Santísima, y alabados eternamente sus santísimos dolores! ¡Ah, qué felicidad, alma mía, qué dicha la nuestra si nos sabemos aprovechar de tan infinito tesoro! ¡Sí, desde ahora os lo prometo! ¡Ojalá que os agraden estas mis palabras, y que la meditación de mi corazón sea recibida en tu presencia! Pues de este modo quiero manifestar que soy vuestro reconocido siervo, y que en vuestros dolores tengo colocada mi eterna confianza.

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

MES DE SEPTIEMBRE: 29° Día de la Mes de la Virgen de los Dolores

 


MES DE SEPTIEMBRE CONSAGRADO A LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN DE PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflamese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "Oh Señora, yo soy tu siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

DIA XXIX

¿Cómo será posible dolorosa Madre mía cómo será posible que sabiendo yo vuestra fineza y amoroso cariño hacia vuestro único y estimado Hijo, no llegue a imaginar lo sumo y excesivo de esta amargura? Vos, que, aunque le mirabais muerto vivíais con todo consolada en algún modo por verle ya abandonado de sus enemigos y desamparado de ellos, aliviando vuestras angustias con los amorosos sollozos y quejas que le dabais cuando estabais al pie de la cruz solo con vuestra noble compañía; pero se duplican vuestras penas nuevamente, y la tribulación cada vez se os aumenta ¡Dolor grande para vos, Señora mía!...

¡Sentimiento extremado! No puedo, Reina mía, me nos de sentirlo y compadecerme, como que bien os amo y os quiero. Sin embargo, sé y conozco que vuestro corazón, igualmente que el mío y el de todos los cristianos, se dilataría algún tanto en medio de su aflicción al mirar aquel costado abierto, convertido en puerta franca para cuantos gusten entrar por ella, y en fuente tan copiosa y saludable para purificar y lavar nuestras manchas. Bien lo considero, y advierto que así pasaba por vos una alegría tan superior, aunque comprimida en algún tanto por vuestro dolor. Mas como en estos pasos tan funestos estabais tan solícita de nuestra redención, os llenabais de júbilo en lo posible siempre que veíais alguna señal más particular de esta obra maravillosa, porque todas se dirigían a ella en general ¡Y qué!...

¿No me será lícito sacar de esta reflexión, después de compadecerme de vos, unos deseos eficaces de manifestar a los mortales el costado abierto de tan dulce
¿Padre, para exhortarles y hacerles palentes los motivos tan grandes que tenemos para confiar en su divina misericordia? ¿Quién será el que pueda desconfiar de ella? Ni la multitud de las culpas, ni su enormidad y grandeza nos podrá jamás apartar de la dulce confianza de que el Señor nos perdone... Pues qué ¿no podremos usar las palabras de David, y decir como él al Señor: "Sed, Dios mío, mi protector... mirad al rostro de vuestro Hijo pues toda mi gloria espero recibirla por él?" ¡Qué insensato sería yo Dios mío, si sabiendo que con solo apoyar mis súplicas en los méritos de mi Abogado había de obtener el perdón de mis pecados no lo hiciese, por dejadez o por temor! Vuestra misericordia se nos patentiza en los brazos abiertos del que vos enviasteis para la satisfacción de mi culpa: vuestra misericordia está brillando en su sangre preciosísima; vuestra misericordia, en fin, se nos ostenta y descubre en la hermosísima llaga del costado de mi amante Jesús... ¡O llaga del costado precioso, abierta más por el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel! ¡O puerta del cielo, ventana del paraíso, lugar del refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos por ti entran los animales á guarecerse del diluvio en el arca del verdadero Noé... á ti se acogen los tentados... en ti se con
suelan los tristes contigo se curan los enfermos por ti entran en el Cielo los pecadores en ti reposan los desterrados y peregrinos...

Ábreme, Señor, esta puerta recibe mi corazón en esta tan deleitable morada Ved aquí, pecadores, si por las llagas solamente y por la pasión de Jesucristo podemos confiar en la misericordia de nuestro Dios ¡Desventurado de aquel que, teniendo unos motivos tan manifiestos para acogerse a ella, y unas señales tan evidentes de que por ella le ha de perdonar nuestro Dios, no lo hace y se aprovecha de tan eficaz remedio! ¡Ah... sí desde ahora, alma mía, has de colocar toda tu confianza en esta sacrosanta llaga del costado de mi buen Jesús! ¡Madre mía, así te lo prometo, esperando que ella ha de ser la puerta para entrar a la celestial Jerusalén confiando también que acogido en ella seré durante mi vida fortalecido contra todos mis enemigos Corroborad, Señora mía, estos mis sentimientos, para que así experimente la misericordia de mi Dios, y con ella consiga mi perfecta felicidad...

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

29 de Septiembre: Fiesta de San Miguel Arcángel

 El nombre de Miguel (en hebreo, "¿quién es como Dios?") recuerda la batalla que se libró en el cielo entre el arcángel "príncipe de la milicia celestial" y el demonio. En la gigantesca lucha entre el bien y el mal, que continúa en la tierra, le corresponde a San Miguel ayudarnos y librarnos. La Iglesia invoca a San Miguel como su defensor. 

Dios a veces usa como Mensajeros a aquellos que siempre están con Él como espíritus. Los que anuncian noticias de menor importancia se llaman ángeles; los encargados de entregar mensajes más importantes se llaman arcángeles.

Por eso es que a la Virgen María no se le envió un ángel común, sino al arcángel Gabriel. Pues para la entrega de este mensaje, el más sublime de todos, era apropiado que se enviara al ángel más alto. Sus nombres individuales también se dan para indicar el tipo de ministerio en el que cada uno es poderoso.

Siempre que se debe realizar alguna misión que requiere de un gran poder, aparece San Miguel. A partir de sus acciones y su nombre, debemos entender que nadie puede hacer lo que solo Dios tiene el poder de hacer. De ahí que el viejo enemigo, que por orgullo aspiraba a ser como Dios diciendo: "Al cielo subiré; sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono; subiré a las alturas de las nubes; seré como el Altísimo" (Is. 14: 13-14) , en la consumación del mundo, cuando será dejado como presa de su propia vanidad en el castigo eterno, se nos presenta como a punto de entrar en combate con Miguel el Arcángel, según las palabras de San Juan: "Y se hizo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón" (Apoc. 12: 7). De manera similar, Gabriel, cuyo nombre significa Fuerza de Dios, fue enviado a la Virgen María para anunciar la venida de Aquel que, aunque se dignó asumir la apariencia de humildad, llegaría para vencer a los espíritus etéreos. El nombre de Rafael se interpreta como Medicina de Dios, porque tocó los ojos de Tobías para sanarlos y disipó la oscuridad de su ceguera.

Defiéndenos en la lucha, arcángel San Miguel, para que no perezcamos en el tremendo juicio, Aleluya.


ORACIÓN A SAN MIGUEL POR EL PAPA LEÓN XIII
 
En octubre 13, 1884, el Papa León XIII, experimentó una visión horrible. Después de celebrar la Eucaristía, estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando de pronto se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que solo él veía. Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy duro había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado. Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

Él respondió: "¡Oh, qué imágenes tan terribles se me ha permitido ver y escuchar!", y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII?  

"Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar a todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder".

León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, León XIII hizo llamar al Secretario de la Congregación para los Ritos y, entregando a este una hoja, que contenía la oración por él escrita, le ordenaba hacerla imprimir y enviarla a todos los obispos del mundo.

Oración a San Miguel Arcángel 
León XIII

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén.


Oración a san Miguel Arcángel 

Oh gloriosísimo Arcángel San Miguel, Príncipe y caudillo de los ejércitos celestiales, guarda de la Iglesia y defensor de las almas, terror y espanto de los infernales espíritus: humildemente de rogamos que nos ampare tu favor, tu fortaleza nos defienda y tu virtud nos esfuerce en todos los días de nuestra vida y especialmente en el trance terrible de la muerte, para que defendidos por tu poder del infernal dragón y de todas sus asechanzas, cuando salgamos de este mundo seamos presentados por ti libres de toda culpa ante la Divina Majestad.

- Oh glorioso Príncipe San Miguel, acuérdate de rogar por nosotros al Hijo de Dios, ahora y siempre.

- Para que seamos dignos de sus promesas.

Padrenuestro...