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4 de Octubre: Memoria Litúrgica de san Francisco de Asís

 


El grande Patriarca San Francisco fue natural de la ciudad de Asís, en la provincia de Umbría. Vió la primera luz del mundo el año 1182, y nació en un humilde establo, donde cogieron á su madre de repente los dolores de parto. Su padre Pedro Bernardón, y su madre Pica, eran mercaderes, y vivían del comercio. Llamósele Juan en el bautismo; pero después se le dio el nombre de Francisco por la facilidad con que aprendió la lengua francesa, necesaria entonces para negociar a los comerciantes de Italia.

No pusieron sus padres el mayor cuidado en su educación. Luego que tomó una leve tintura de las primeras letras, le aplicaron al comercio. Era Francisco mozo de entendimiento, de buena disposición, de corazón noble y generoso, muy compasivo de las necesidades ajenas. Gustaba más de la diversión que del interés; pero tenia horror á la disolución, y su admirable pasión desde la misma infancia fue la caridad. En cierta diferencia que los vecinos de Asís tuvieron con los de Perusa, fur Francisco uno de los más acalorados en la defensa de sus derechos. Tomaron unos y otros las armas, vinieron á las manos, y, aunque Francisco se señaló mucho por su valor, fue hecho prisionero, y como tal estuvo un año en Perusa. Este retiro comenzó á disgustarle del mundo, pero no le convirtió. Luego que logró su libertad se vio acometido de una larga y molesta enfermedad, que ni por eso le hizo más devoto. Cuando convaleció de ella mandó hacer un vestido rico y muy de moda. El mismo día que lo estrenó se encontró con un hombre muy conocido, pero muy pobre, cubierto de unos indecentes andrajos; dióle su vestido nuevo, y él se acomodó con sus trapos. La noche siguiente le pareció ver en sueños un magnífico palacio, lleno todo él de armas resplandecientes y bruñidas, pero todas marcadas con la señal de la Cruz. Despertó, y se persuadió sin la menor duda de que la Providencia le destinaba para ser un gran capitán. Con esta idea se le exaltó más aquella gran pasión que tenía por la gloria. Partió inmediatamente a la Pulla, y ofreció sus puños y su valor á Gautier, conde de Briena, que auxiliado de Felipe Augusto, rey de Francia, mandaba en aquella provincia un numeroso ejército contra los enemigos de su casa; pero presto le volvió s llamar á Asís otro misterioso sueño, en que le dio s entender el Señor no quería sirviese s otro amo que s El. Restituido, pues, s Asís, dejó el comercio, y sólo trató de conocer la voluntad de Dios para dedicarse s lo que Su Majestad quería de él.
Saliendo un día a pasearse a caballo por el contorno de Asís, encontró a un pobre leproso, que al principio le llenó de asco y horror; pero reflexionando en el mismo punto que para seguir a Jesucristo era menester dar principio venciéndose a sí mismo, sin más deliberar se apea intrépidamente del caballo, acércase al leproso, abrázale, bésale, dale todo el dinero que llevaba, vuelve a montar, y quedó gustosamente admirado y sorprendido cuando ni allí ni en toda la campiña vio al leproso, ni descubrió a otra persona alguna. Deshacíase un día en lágrimas acordándose de sus culpas pasadas, y se le apareció Jesucristo crucificado como a punto de expirar. Enternecióle mucho más este espectáculo, y fue tanta la impresión que hizo en su alma, que en el resto de su vida no acertaba a hablar de la pasión de Jesucristo, sino con sollozos, con gemidos y con un copioso llanto.

Pero no fue este solo efecto el que produjo en su corazón aquel divino objeto. Apoderóse tan violentamente de él un ardentísimo deseo de imitar la pobreza y los trabajos de Cristo, que ya no encontraba gusto sino en estar con los leprosos y con los pobres. Hizo un viaje á Roma para visitar el sepulcro de los Santos Apóstoles: al salir de la iglesia encontró á la puerta una tropa de pobres que estaban pidiendo limosna a los devotos; repartió entre ellos todo el dinero que llevaba; dio su vestido a uno que estaba medio desnudo, cubrióse él con sus asquerosos harapos y, mezclándose entre los demás mendigos, pasó con ellos todo aquel día.

Poco después que se restituyó a Asís, haciendo oración en la iglesia de San Damián, distante como cuatrocientos pasos de la ciudad, que estaba amenazando ruina, oyó una voz como que salía de un crucifijo, que le mandaba reparase aquella iglesia. Parecióle que era la voz del mismo Jesucristo; resolvió obedecerle ciegamente; vuélvese a su casa; toma muchas piezas de paño, parte a Foliñi, véndelas todas, y también el caballo que las llevaba; vuélvese a Asís, pero se va en derechura a la casa del capellán que cuidaba de la iglesia de San Damián, ruégale que le hospede en ella, y entrégale todo el dinero de los géneros que había vendido para que reparase aquella iglesia. El capellán convino gustoso en hospedarle en su casa, pero no hubo forma de admitir el dinero que le ofrecía, por no tener cuestiones ni pleitos con su padre, y Francisco puso el dinero sobre una ventana. Estuvo algunos días en compañía del buen capellán, empleándolos en ayunos, en vigilia, en disciplinas y en oración, hasta que al cabo de ellos vio venir a su padre ciego de cólera, y gritando que su hijo le había robado. Escapóse el Santo por evitar aquellos primeros ímpetus, y por algunos días estuvo escondido en una cueva; pero, acusando después su cobardía, salió de aquel retiro, determinado a sufrir todo lo que se le ofreciese. Déjase ver en las calles de Asís totalmente desfigurado y asqueroso; creen todos que ha perdido el juicio, y en un instante se ve perseguido de la gritería y de los silbos de los muchachos. Acudió su padre al ruido y a la algazara; llévale arrastrando a casa; añade los palos a las reprensiones; enciérrale en un cuarto como a loco; y, ofreciéndosele por entonces un viaje, dejó muy encargado a su mujer que le tuviese en buena custodia.

Desconfiada enteramente la madre de vencer la constancia de su hijo, le puso en libertad, y Francisco se volvió a San Damián en compañía de aquel buen clérigo. Noticioso Bernardón de lo que pasaba al volver de su viaje, parte derecho a San Damián, con más sentimiento de perder sus paños que de perder su hijo; pero éste, lleno de nuevo valor, y animado del espíritu de Dios, le sale al encuentro y le dice: Padre, yo soy más hijo de Dios que tuyo: no quiero servir sino a Aquél: tu ya no tienes nada conmigo, porque estoy en servicio de mejor amo que tu.—Siendo esto así (respondió el padre), restituyeme mi dinero, y ven a renunciar tu herencia delante del Obispo.—Que me place, replicó Francisco; y luego que se vio en presencia del Obispo, sin dar lugar a que su padre hablase palabra, se despojó de todos sus vestidos, quedándose sólo con un cilicio ancho que le mortificaba y le cubría: entregóselos a su padre y le dijo: Hasta ahora te llamaba padre: de aquí adelante te diré con más confianza: Padre nuestro, que estás en los Cielos. Asombrado y enternecido el Obispo a vista de tan generoso despojo, le abrazó y le cubrió con su ropa hasta que se halló con el capisayo de un pastor, con el cual le abrigó; y dándole su bendición, le despidió, y le envió a su ermita.
Era a la sazón Francisco de veinticinco años, cuando rotas todas las cadenas de la carne y sangre, y desprendido de todos los bienes temporales que le habían detenido en el siglo, partió a buscar una soledad muy distante de allí, cantando por los caminos las alabanzas del Señor en lengua francesa. Encontróse en un bosque con unos ladrones, regaláronle con muchos palos, y le arrojaron a un hoyo lleno de nieve. El grandísimo consuelo que tuvo en padecer alguna cosa por amor de Jesucristo le desquitó con ventajas de los malos tratamientos; y el Santo contaba después este suceso como una de las buenas fortunas que había tenido en su vida.
Llegando á Gubio, le conoció un amigo suyo, hospedóle en su casa, y le vistió con una pobre túnica. Creciendo cada día más y más su amor á Jesucristo, se puso a servir a los leprosos en el hospital, y, conociendo que volvía a retoñar el asco y la repugnancia, se arrojó sobre el pobre que le causaba más horror: abrazóle, besóle, y en el mismo punto quedó el leproso enteramente sano. Pero, acordándose que Jesucristo le había mandado reparar la iglesia de San Damián, se volvió a Asís, pidió limosna para repararla, y se salió con ello. El mismo trabajaba con los peones y albañiles, de manera que en breve tiempo se vió la iglesia reedificada; cuyo suceso le animó a emprender también la reedificación de la iglesia de San Pedro, a igualmente se salió con este intento.

Estaba abandonada y casi enteramente arruinada la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, por otro nombre la Porciúncula, llamada así porque era una porcioncilla de cierta posesión que tenían allí los monjes benedictinos. Inspiróle el deseo de repararla el tierno amor y la extraordinaria devoción que profesaba Francisco a la santísima Virgen. Consiguiólo a expensas de las limosnas y de su trabajo. Esta iglesia, distante seiscientos pasos de Asís, fue donde el Santo recibió después tan grandes favores del Cielo, y fue también como la cuna de su seráfica religión.
Oyendo un día Misa en ella, y cantándose aquellas palabras del Evangelio en que dice Jesucristo a sus discípulos: No queráis tener oro, ni plata, ni dinero; ni en vuestros viajes llevéis alforja, dos túnicas, ni zapatos, ni báculo (Matth.), de repente se sintió Francisco alumbrado con una luz sobrenatural, e inflamado su corazón con un nuevo encendidísimo deseo de aspirar a la más elevada perfección; y conociendo que esto era puntualmente lo que Dios quería de él, tomó por regla el Consejo Evangélico que acababa de oír. Al punto se descalzó los zapatos, arrimó el báculo, renunció para siempre el dinero, quedóse con una sola túnica, y, echando de sí el cinto de cuero con que la tenía sujeta, se ciñó con una tosca cuerda. Después que practicó a la letra en esta conformidad lo más perfecto que había oído, sintió en lo interior vivos impulsos de salir en público a predicar penitencia. Como el ejemplo acompañaba a las palabras, no es posible contar el número sin número de conversiones que hizo luego que comenzó a predicar. Quedaban todos atónitos, y ninguno le podía oír sin convertirse. Sus sermones eran sencillos, pero sólidos y eficaces. Algunos, no contentos con oirle, le quisieron imitar, y, dejando todo cuanto tenían, se pusieron bajo su dirección y gobierno. El primero fue un ciudadano de Asís llamado Bernardo de Quintabal; el segundo un canónigo de la misma catedral, por nombre Pedro de Catania, y el tercero fue el Beato Fr. Gil, á quien el Santo escogió por compañero.
Luego que se vió Francisco con estos tres discípulos, determinó formar de ellos una como congregación para ir por todas partes predicando penitencia. Creció presto hasta siete el número de sus compañeros, y en breve tiempo llegó hasta el número de doce. Entonces, tomada la bendición y recibida la misión del Obispo, se esparcieron por todas partes aquellos nuevos apóstoles predicando penitencia. Llamábanlos los Penitentes de Asís, y no eran conocidos por otro nombre; pero, a vista de las portentosas conversiones que hicieron, los veneraban como a hombres extraordinarios enviados por Dios para reformar las costumbres de todo el mundo cristiano y para mudar el semblante de todo el universo, tanto con la eficacia de sus palabras como con la virtud de sus asombrosos ejemplos.
Este fue el nacimiento de aquella religiosísima familia, tan célebre en toda la redondez de la Tierra por la evangélica perfección de su instituto, que ha dado á la Silla Apostólica cuatro grandes pontífices: Nicolao IV, Alejandro V, Sixto IV y Sixto V [ver en el inicio a la Apostólica Constitución contra el aborto por este gran Pontifice “Effraenatam”]; un prodigioso número de Obispos, Arzobispos, Patriarcas y Cardenales, con tanta multitud de ejemplares religiosos, que, aun viviendo el Santo Fundador, se contaban más de seis mil.
Era ya preciso que se confirmase el nuevo instituto, y a este fin partió á Roma nuestro Santo; pero el Papa Inocencio III, de feliz memoria, no quiso ni aun siquiera que le hablasen en el punto, tratando de iluso y de visionario al santo patriarca. No se desalentó Francisco por este mal recibimiento; antes se retiró con humildad, y recurrió a la oración. Aquella noche tuvo el Papa un sueño, y luego que despertó mandó buscar á Francisco, y apenas le oyó hablar cuando reconoció entre aquel aire de humilde sencillez uno de los mayores santos de la Iglesia. Abrazóle, animóle a llevar adelante su empresa, aprobó la regla de viva voz, y, ordenándole primero de diácono, le declaró después por ministro general.
Colmado San Francisco de favores y de bendiciones del Sumo Pontífice, salió de Roma con sus doce compañeros, determinados todos a morir a sí mismos y a vivir únicamente con la vida de Jesucristo. Habiendo llegado al Valle de Espoleto, consultaron entre sí si sería más seguro para ellos quedarse en aquella soledad, para no tener más comercio que con Dios. Pero, en una fervorosa oración que tuvo nuestro Santo, le dio el Señor a entender que los había escogido para trabajar en la salvación de las almas. Enterados ya de la voluntad de Dios, se restituyeron a la iglesia de la Porciúncula. Al principio construyó Francisco algunas pocas celdillas; pero en breve tiempo concurrió de todas partes tanto número de pretendientes a serlo en el de sus hijos, que fue menester fabricar muchos conventos. Clamaron por ellos Cortona, Arezzo, Vergoreta, Pisa, Bolonia, Florencia y Otras muchas ciudades; de manera, que en menos de tres años se contaban más de setenta monasterios. No fue el menor de los milagros de San Francisco esta propagación tan prodigiosa y tan pronta de su religiosa familia; pero uno de los mayores milagros que se han visto en la Iglesia de Dios fue la misma vida de este portentoso Santo.

Ninguno de cuantos veneran los altares le hizo ventajas en la mortificación. Era continuo su ayuno, sin que jamás se dispensase en él por sus excesivos trabajos. Casi nunca comía cosa cocida, y siempre negó a sus sentidos todo aquello que los podía halagar. Si en lo que le daban de limosna encontraba algún gusto particular, por mínimo que fuese, que lisonjease el apetito, luego lo sazonaba con ceniza.
Trataba a su cuerpo con tanto rigor y con tanto desprecio, que le llamaba el jumento; y por su gusto sólo se había de sustentar con cardos silvestres. Su cama ordinaria era la desnuda tierra, y una dura piedra por almohada. Nunca se pudo resolver a ordenarse de sacerdote, y por este mismo espíritu de humildad dio a su Orden el nombre de la religión de los frailes menores. Hallándose en Roma, donde consiguió que el Cardenal Hugolino fuese nombrado protector de la Orden, quiso el Papa oirle predicar. Fue muy brillante y muy autorizado el auditorio, pero mucho más maravilloso fue el fruto de su predicación; compungiéronse los Cardenales, y el Papa no pudo contener las lágrimas todo el tiempo que duró el sermón.

Mientras los Hijos de San Francisco se iban extendiendo por todo el Universo con tan inmenso fruto, inspiró Dios a Santa Clara que se pusiese debajo de su dirección. Hizo con ella tan ventajosos progresos en el camino de la perfección, que renunciando los grandes bienes que poseía, a ejemplo de su santo director, fue fundadora de una de las más santas y más ilustres religiones de monjas que hay en la Iglesia de Dios.

Movidas de los sermones y de los ejemplos de San Francisco y de Santa Clara innumerables personas casadas de uno y otro sexo, deseaban todas retirarse a los claustros para pasar en penitencia los días de la vida; pero haciéndolas reconocer nuestro Santo que en todos los estados se podían santificar, y que no era incompatible el conyugal con una vida cristiana y penitente, las dió cierta forma de vida proporcionada a su estado, y ésta fue la tercera regla de su Orden. Dió el nombre de hermanos y de hermanas a las que querían entrar en esta especie de Congregación, que se llamó la Tercera Orden, la cual florece hoy en el mundo con mucho bien y honor de la Santa Iglesia.
Con la bendición del Papa, y habiendo fundado en Roma un convento, se embarcó para Siria. Arrojóle una tempestad á las costas de la Esclavonia, y se vio precisado a restituirse a Italia. Teníale inquieto el ansioso deseo del martirio; y movido de él pasó a España con ánimo de embarcarse para el África, esperando siempre encontrar en los moros la corona por que suspiraba.

Habiendo muerto Inocencio III, de feliz memoria, después del IV Concilio general de Letrán [A.D. 1215], pasó a Roma nuestro Santo para obtener de su sucesor Honorio III la confirmación de su Orden. Recibióle el nuevo Pontífice con toda la ternura y con toda la veneración que merecía tan ilustre santidad; confirmó la Orden con una Bula y la concedió grandes y singulares privilegios.
Cuando volvió a su convento de Nuestra Señora de los Ángeles, que fue el año de 1218, celebró en él aquel famoso Capítulo general que se llamó El Capítulo de las Esteras, porque de ellas principalmente se levantaron en un espacioso campo las celdas necesarias para más de cinco mil frailes que concurrieron a él, formándose otras de juncos y de ramos.

Después que se disolvió aquella numerosa junta, tuvo noticia San Francisco de que cinco Hijos suyos, Fr. Pedro de San Gíeminiano y Otón, sacerdotes, Fr. Berardo de Corbia, Ayuto y Acurso, a quienes el mismo Santo había enviado a Marruecos a predicar la fe, habían recibido la corona del martirio. Con esta ocasión, movido de una santa envidia, se le volvió a encender su antiguo celo y deseo. Partió, pues, para Siria, llevándose consigo algunos religiosos; y habiendo llegado a Damieta se presentó al sultán, y con una intrepidez digna de los primeros héroes cristianos le declaró que sólo había venido para manifestarle la falsedad de la ley de Mahoma [a quién llamó Papa Inoncencio III falso profeta], y para enseñarle que no había otro camino de salvación sino la ley de los cristianos. Parecía consiguiente a una declaración tan esforzada la corona del martirio; pero reservábale Dios para otro martirio de amor.
Retiróse al monte Alvernia, y no se sosegó hasta que renunció su empleo de ministro general en el bienaventurado Fr. Pedro de Catania. Descargado ya de aquel peso, empleaba los días y las noches en continua comunicación con Dios y en ejercicios de la más rigurosa penitencia. Hacia el fin de la Cuaresma de San Miguel, que hacía todos los años, recibió del Cielo aquel insigne favor, cuya memoria consagró la Iglesia con fiesta particular. Esta fue la impresión de las sagradas llagas en su santo cuerpo, al mismo tiempo que el fuego del divino amor abrasaba su corazón y le transformaba en un serafín de la Tierra. Por más cuidado que puso en ocultar a los ojos de los hombres aquellas señales del amor divino, la sangre que derramaban hacía traición a su humildad, y desde allí en adelante todos le llamaban el Patriarca seráfico.

Después de este martirio del amor, apenas vivía San Francisco sino de milagro; y las continuas lágrimas que derramaba le debilitaron tanto la vista, que casi no percibía los objetos. Los dos años que sobrevivió á la impresión de las llagas no fueron más que enfermedades molestas, dolores agudísimos, éxtasis continuos los que le acabaron de consumir, y Dios le reveló, en fin, el dichoso momento en que le quería premiar.

Luego que se divulgó la voz de que el Santo había tenido revelación del día de su muerte, se excitó entre las ciudades vecinas una piadosa contienda sobre cuál de ellas había de poseer el precioso tesoro de su cuerpo; pero el mismo Santo, sin tener noticia de lo que pasaba, se declaró a favor de la de Asís. Hallábase postrado en el convento de Fuen-Colomba, y mandó que le llevasen al de Nuestra Señora de los Ángeles, para cuya iglesia había alcanzado de nuestro Señor el famoso jubileo llamado de la Porciúncula, el que después confirmaron tantos Sumos Pontífices, asignando para él el día de la dedicación de la misma iglesia, cuna de la religión seráfica, y es el día segundo de Agosto. Luego que llegó al convento, mandó que le quitasen la túnica y que le tendiesen en el suelo para morir con la más extrema pobreza, a imitación de su divino modelo Jesucristo, que expiró desnudo en el árbol de la cruz. Diéronle aquel gusto; pero; al mismo tiempo tomó el guardián una túnica vieja y una cuerda, y se la alargó diciendo: Doite de limosna este hábito como a un pobre: tómale por obediencia. Obedeció el Santo, y viéndose cercado de todos los frailes, que se ahogaban en sollozos y se deshacían en lágrimas, levantando las manos al Cielo los exhortó a que conservasen el amor de Dios, el cual era el alma de su instituto; a que guardasen con suma puntualidad todas las reglas; a que nunca desmintiesen aquella rigurosa y perfecta pobreza, que era su distintivo y su carácter; a que conservasen con fidelidad y con infinita sumisión la fe de la Iglesia Católica Apostólica y Romana; a que profesasen tierno y ardentísimo amor a la santísima Virgen, su querida Madre, y a que mantuviesen entre sí una inalterable caridad.

Extendiendo después el Santo Patriarca los brazos, y poniéndolos en forma de cruz, suplicó humildemente al Señor que echase su bendición sobre todos sus hijos, y que los cuidase en lugar de padre. Mandó que le leyesen la pasión de nuestro Señor Jesucristo, según el Evangelio de San Juan, y después de ella comenzó él mismo a rezar con voz lánguida y moribunda el salmo 141: «Clamé al Señor con mi voz implorando su asistencia. Derramo mi corazón delante de Él, y le hago presente mi aflicción. Viendo que me va faltando el espíritu, acudo a Vos, Dios mío, que tenéis tan conocidos todos mis pasos. A Vos, Señor, dirijo mis clamores, diciendo a voz en grito: Tú eres mi esperanza, y Tú mi herencia en la tierra de los que viven». Habiendo llegado al último versículo: «Libra, Señor, mi alma de la prisión de este cuerpo, para que confiese incesantemente tu santo nombre; todos los justos esperan que me hagas misericordia, dándome lugar entre los escogidos»; al pronunciar estas últimas palabras expiró tranquilamente en manos de sus hijos, sábado 4 de Octubre del año 1226, a los cuarenta y cinco de su edad, el veintinueve de su conversión, y diez y nueve de la fundación de su Orden.

Apenas expiró San Francisco cuando pareció haberse comunicado al cuerpo la gloria que gozaba su benditísima alma, exhalando aquel un suavísimo olor que llenó de fragancia toda la celda. No se oía por las calles de Asís otra cosa que estas palabras: Murió el Santo. Todos vieron a su satisfacción las sagradas llagas ó señales de las suyas que había impreso nuestro Señor en manos, pies y costado de nuestro Santo. Fue llevado el santo cuerpo, primero al convento de San Damián, que era el de Santa Clara, para satisfacer su devoción y la de sus hijos, y de allí fue conducido como en triunfo a la iglesia de San Jorge, donde había sido bautizado y donde se le dio sepultura. En vista del prodigioso número de milagros que obró Dios en ella, el Papa Gregorio IX, antes Cardenal Hugolino, grande amigo del Santo y testigo ocular de su eminente santidad, le canonizó dos años después [de su muerte], el de 1228, el día 17 de Julio, con extraordinaria solemnidad, en la misma ciudad de Asís. Luego que se acabaron las funciones de canonización se abrieron los cimientos de una magnífica iglesia, y el mismo Papa quiso poner la primera piedra, acabándose en menos de dos años el suntuoso edificio; y el de 1230, cuando se celebraba el Capítulo general, fue trasladado el santo cuerpo a la nueva basílica el día 25 de Mayo, y colocado en una bóveda debajo del altar mayor. Encontróse el cuerpo entero, y sin haberse descarnado ni consumido, y se dice que se conserva de la misma manera sin corrupción, manteniéndose en pie sin ningún arrimo, con los ojos abiertos y un poco levantados al cielo, y la sangre de las llagas roja y liquida.

Doscientos y veintitrés años después de su muerte, el de 1449, le vió en esta misma postura el Papa Nicolao V, acompañado de un cardenal, de un Obispo, de su secretario, del guardián del convento y de tres religiosos, como todo consta de auténtico instrumento.
Aunque este gran Santo no se aplicó mucho al estudio de las ciencias humanas, lo suplió Dios con la luz sobrenatural y con la ciencia infusa que le comunicó, no menos que con los divinos arcanos que se le manifestaban en la íntima y continua comunicación que tenia con el Señor. Además de eso, tenía una excelente capacidad, y poseía una elocuencia natural que se dejaba traslucir por entre los celajes de su profunda humildad, y aquella santa simplicidad que observaba perpetuamente en sus palabras y en todos sus modales. En sus Sermones, en sus Conferencias espirituales, en sus Instrucciones monásticas, en aquella admirable obra que se llama El Testamento de San Francisco, en sus Cánticos espirituales, en sus Advertencias y en algunas otras obras devotas de nuestro Santo que se han dado a luz, se descubre aquella ciencia de los santos que sólo Dios comunica, aquella sabiduría y aquella sublime inteligencia que son dones y frutos del Espíritu Santo.

La Misa es en honor de San Francisco, y la oración la que sigue.

¡Oh Dios, que por los merecimientos de San Francisco fecundaste a tu Iglesia con una nueva familia de hijos! Danos gracia para despreciar, a su imitación, las cosas de la Tierra, y para colocar siempre nuestra alegría en la participación de los dones celestiales. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.
La Epístola es del cap. 6 de la que escribió San Pablo á los de Gálatas.
Hermanos: Lejos de mí el gloriarme en otra cosa que en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Porque en Cristo Jesús nada importa ni la circuncisión, ni el estar circuncidado; sino el hombre nuevo. Y todos aquellos que siguieren esta regla, sea paz sobre ellos y misericordia, y sobre Israel de Dios. En lo sucesivo ninguno me sea molesto; pues yo llevo las llagas del Señor Jesús en mi cuerpo. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea ¡oh hermanos! con vuestro espíritu. Así sea.

REFLEXIONES

No quiera Dios me gloríe en otra cosa que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. ¡Qué pocos cristianos del mundo tienen hoy este lenguaje! Sin embargo, éste debiera ser el más común a todos los cristianos, o, por lo menos, es cierto que ningún otro les conviene mejor. Desde que Jesucristo se dignó consumar el misterio y la obra de nuestra redención en el ara de la cruz, la cruz debe ser el distintivo de todos los verdaderos fieles. A la verdad, no nos debe distinguir ni la nobleza de la sangre ni el esplendor del nacimiento. Delante de Dios no constituye nuestro mérito ni la elevación del puesto que se ocupa, ni la dignidad del empleo que se ejerce, ni la abundancia de los bienes que se poseen y disfrutan. Gloriarse en esta casta de bienes advenedizos, por decirlo así, es hacer vanidad de una gloria forastera. El valor de esta casta de bienes es arbitrario: según el espíritu del Cristianismo, se consideran bienes fallidos á la hora de la muerte. El que entonces no tiene otros fondos, siempre muere pobre, o insolvente, como, se dice. La Cruz de Jesucristo ennoblece al hombre por toda la eternidad; es un título de distinción admitido por el mismo Dios; es un insondable fondo de méritos, es un verdadero tesoro; pero tesoro profundamente enterrado para innumerables cristianos. La cruz, dice el Apóstol, es materia de escándalo a los judíos y asunto de burla á los gentiles; pero pregunto: ¿es hoy más estimada ni más venerada por la mayor parte de los cristianos? No quiera Dios, dice el Apóstol, que yo me gloríe en otra cosa que en la cruz de mi Señor Jesucristo.

El Evangelio es del cap. 11 de San Mateo.
En aquel tiempo respondió Jesús, y dijo: Glorificote ¡oh Padre! Señor del Cielo y de la Tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los párvulos. Sí, Padre: porque ésta ha sido tu voluntad. Todo me lo ha entregado mi Padre. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce alguno sino el Hijo, y aquel á quien el Hijo lo quisiere revelar. Venid a Mí todos los que trabajáis y estáis cargados, y Yo os aliviaré. Llevad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí, que soy dulce y humilde de corazón, y hallaréis el descanso de vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

MEDITACIÓN

De la pobreza evangélica.
Punto PRIMERO. —Considera que la pobreza evangélica no es puramente de consejo, sino de riguroso precepto, pues que Cristo indistintamente la intima a todos los fieles por estas palabras: El que no renuncia todo lo que posee, no puede ser mi discípulo. No se puede entender esta renuncia de un general despojo efectivo de todos los bienes, como la hizo San Francisco, y como la hacen todos los religiosos: no pide el Salvador a todos los cristianos este sacrificio; pero indispensablemente pide a todos los que quieren ser sus discípulos que desprendan el corazón de todos los bienes de la Tierra; quiere que entre la misma abundancia sean pobres de afecto y de corazón. Sé enhorabuena rico, si la divina Providencia quiso que nacieses tal, o si, echando Dios su bendición a tu industria, dispuso que lo fueses; pero, aunque poseas las riquezas, no pegues a ellas el corazón. A ninguno exceptúa el oráculo del Hijo de Dios: tanto el príncipe como el vasallo; tanto el padre de familias como el que no tiene sucesión; tanto el hombre de negocios como cualquiera otro particular, todos están comprendidos en la generalidad de este precepto. No ya es mero consejo de perfección: el apego del corazón a los bienes que se poseen está absolutamente condenado por el Evangelio. Se deben conservar, es así, los bienes adquiridos, y los que Dios nos ha dado; se deben también adelantar, todo según los fines del mismo Dios; pero, en poniendo en ellos el corazón, ya pasaron a ser su ídolo. De aquí nace aquella codicia, aquella ambición, aquella avaricia que el Apóstol llama idolatría. Hablando en rigor, las riquezas legítimamente adquiridas no son las que nos hacen poco cristianos: el afecto y el apego a ellas es el que causa este desorden y el que hace réprobos a tantos ricos.
Punto SEGUNDO.a—Considera si será hoy muy crecido en el mundo el número de los discípulos de Cristo. ¿Son muchos los hombres acomodados, los hombres ricos que viven desprendidos de este amor, de ese apego á los bienes de la Tierra? ¿No es el amor a ellos la pasión dominante en toda clase de personas y en toda suerte de estados? Hoy es el interés el gran resorte, la gran máquina que a todos pone en movimiento. Pero ¡qué impiedad será la de aquellos que, habiendo hecho voto y profesión de pobres, quieren tener las mismas conveniencias de los ricos, gozar de sus comodidades sin cargar con sus pensiones, y, en una palabra, despojarse de todo en público, pero solicitando que nada les falte en secreto! Ciertamente, si el despego del corazón a los bienes temporales es necesario, con necesidad de precepto, aun a las personas del mundo, ¿con qué tranquilidad de conciencia podrán los eclesiásticos y los religiosos conservar apego a ellos?
No permitáis, Señor, que mi corazón se deje jamás prender de esos bienes terrenos. Quiero ser discípulo Vuestro y, mediante la asistencia de Vuestra divina gracia, quiero también poseer todas las virtudes y todos los requisitos de tal.

JACULATORIAS

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.—Matth., 5. Si abundares en riquezas, no pongas tu corazón en ellas.—Ps. 61.

PROPÓSITOS

1. Siendo Dios el Autor de todas las condiciones y de todos los estados de los hombres, ninguno por sí mismo está excluido de la Patria Celestial. Tanto derecho tienen a ella los ricos como los pobres, y en su misma condición encuentran los medios que han menester para ser santos. La comparación del camello; las fuertes expresiones del Evangelio, que a la verdad son poco favorables a los ricos; los anatemas que fulmina la Escritura contra los hombres poderosos y opulentos; todo esto sólo prueba la dificultad de salvarse en un estado, donde todo tienta y todo lisonjea las pasiones. Pero no son precisamente las riquezas las que forman esta dificultad, sino el apego del corazón a ellas. Quiere Dios que haya ricos en el mundo, pero no quiere que pongan su corazón en sus tesoros, y esto es lo que raras veces sucede. Examínate tú, y mira si te hallas en el caso. Mira, dice San Gregorio, si en lugar de poseer los bienes temporales, no estás tú poseído de ellos; si tú los posees a ellos, o ellos te poseen á ti.

2. Acredita este desinterés con tu conducta. Si te sucede alguna pérdida, vuélvete a Dios y dile con el santo Job: El Señor lo dio, el Señor lo quitó, y según fue su voluntad así se hizo; sea su nombre bendito. Ni te alegres porque se adelantan tus negocios, ni te entristezcas porque se pierden. Esta igualdad de humor, y de una conducta siempre inalterable, es la mejor prueba de tu desasimiento.

3. Los ricos, según los Santos Evangelios, deben generosamente ayudar a los pobres, hacer obras de misericordia corporal y pagar los diezmos a la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.


ORACIÓN EN HONOR A LAS LLAGAS

Gloriosísimo Protector y Padre mío, San Francisco, a vos acudo, implorando vuestra poderosa intercesión, para entender el amor que Dios Nuestro Señor os manifestó al martirizar vuestra carne y vuestro espíritu. Vuestras llagas son cinco focos de caridad divina; cinco lenguas que me recuerdan las misericordias de Jesucristo; cinco fuentes de gracia celestiales que el Creador os confió para que las distribuyeseis entre vuestros devotos. ¡Oh Santo amabilísimo!, pedid por mí a Jesús crucificado una chispa del fuego que ardía en vuestra alma aquel día dichoso en que recibisteis la seráfica crucifixión, a fin de que, recordando vuestros privilegios sobrenaturales, imite vuestros ejemplos y siga vuestras enseñanzas, viviendo y muriendo amando a Dios sobre todas las cosas.

Rezar 5 padrenuestros, avemarías y glorias en honor de las cinco llagas de San Francisco. Concluir con la oración final:

Seráfico Padre mío San Francisco, pobre y desconocido de todos, y, por esto, engrandecido y favorecido de Dios. Porque os veo tan rico en tesoros divinos, vengo a pediros limosna. Dádmela generoso, por amor al buen Jesús y a nuestra Madre, la Inmaculada Virgen María, y por el voto que hicisteis de dar por su amor todo lo que se os pidiese. Por amor de Dios os ruego que me obtengáis dolor de mis pecados, la humildad y el amor a vuestra pasión; conformidad con la voluntad de Dios, prosperidad para la Iglesia y para el Papa, exaltación de la fe, confusión de la herejía y de los infieles, conversión de los pecadores, perseverancia de los justos y eterno descanso de las almas del Purgatorio. Os lo pido por amor de Dios. Así sea.


ORACIÓN ANTE EL CRUCIFIJO
DE SAN DAMIÁN

¡Oh alto y glorioso Dios!, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

S. Francisco de Asís


3 al 11 de Octubre: Novena en honor a Nuestra Señora del Pilar

 


Por la Señal de la Santa Cruz de nuestros enemigos, líbranos Señor, Dios Nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amen.

Postrado humildemente con una firme esperanza en Dios, y en la poderosa protección de la Santísima Virgen, comenzara diciendo: Por la señal de la Santa Cruz, etcétera.

Acto de contrición 

Señor mío Jesucristo, Dios Hombre verdadero, Criador y Redentor mío. Por ser Vos quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar; apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, restituir y satisfacer, si algo debiere. Ofrézcoos mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados. Y como os suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosa sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén.

Oración preparatoria para todos los días 

¡Oh Señor Omnipotente! en vuestra soberana presencia derramo todo mi corazón, implorando vuestra bondad: yo soy aquella oveja perdida que mi amado Jesús, como Pastor bueno, se afanó tanto en buscarla, la redimió con su preciosísima sangre, y la tomó sobre sus hombros, para volverla al redil de la Iglesia. ¿Permitiréis ahora que se pierda? ¡Ay de mí, me confundo a mí mismo! La causa verdaderamente es mía, porque se trata de mi eterna salud, pero también es vuestra, porque se interesa vuestra gloria. Mas entre tanto viva sobre la tierra, me hallo en la incertidumbre de mi salvación. En semejante conflicto, permitid, Señor, que desahogue con suspiros el profundo sentimiento que aflige mi corazón. Porque, qué me importará ganar el Universo, si me pierdo para siempre. Por esta causa tan importante, elevo mis fervorosos ruegos hasta el trono de vuestra gracia, suplicándoos que libréis mi alma de las furias del león infernal. En Vos confío, Madre piadosa, favorecedme en tan grave necesidad. Acordaos ¡oh graciosísima Virgen María! que jamás se ha oído decir de nadie, que habiéndose acogido a vuestra protección, pidiendo vuestro amparo, e implorando vuestra intercesión, se haya perdido. Animado yo con esta confianza, acudo a Vos: pecador como soy me presento gimiendo y suplicándoos, que me adoptéis para siempre como hijo, que toméis a vuestro cargo mi eterna salvación. No despreciéis mis palabras, Vos que sois Madre de la palabra eterna. Oídlas propicia, y despachadlas favorablemente, éste será todo mi consuelo sobre la tierra, y me inspirará la más segura confianza de ser colocado un día entre los Coros de los Ángeles, donde alabaré para siempre a Dios mi Salvador, y cantaré eternamente las misericordias de mi excelsa Protectora. Así sea.

Primer día: Milagrosa venida de la Santísima Virgen en carne mortal a Zaragoza

¡Oh Santísima Virgen María! ¡Vos en Zaragoza! Yo os saludo, Soberana Reina, en el día más feliz que vieron las naciones. ¡Grata memoria! Que pasando de generación en generación, mantiene por diecinueve siglos una devoción tierna, una piedad constante, y un agradecimiento. ¡Milagrosa venida! Que así transporta nuestros corazones en un santo júbilo, y excita en nosotros los más tiernos sentimientos de piedad y gratitud eterna. ¡Fineza admirable! ¡Predilección singular! ¡Exceso de amor! Cuando la Madre de Dios vivía aún en la famosa Ciudad de Jerusalén, oficiosamente ocupada en el cuidado de la naciente Iglesia, se dignó venir a Zaragoza a visitarnos en persona. Esta es la tradición más autorizada y respetable. En el año 40 de la Era cristiana, dominando el Imperio Romano, y predicando el Santo Evangelio en esta misma Ciudad, el Protomártir entre los Apóstoles nuestro Patrón Santiago, a tiempo que oraba con sus discípulos en las orillas del Ebro, a la media noche del dos de Enero, se le apareció la Santísima Virgen, Madre de Dios y Reina del Cielo, viviendo aún en carne mortal, llena de majestad, y acompañada de coros de Ángeles, que cantaban diversas alabanzas. Los Ángeles, según su piadosa tradición, traían su Sagrada Imagen y una Columna de jaspe, que hoy con tanta devoción veneramos. ¡Oh beneficio incomparable! ¿De dónde a nosotros tanto favor ¿Por qué es Zaragoza la predilecta? Cosas grandes se han dicho de ti, Ciudad Augusta; pero ninguna eleva tanto tu grandeza, como la venida de la Santísima Virgen en carne mortal. ¡Oh Ciudad de María! Este favor no dispensado a nación alguna, forma tu verdadera gloria, y cubre tu suelo clásico de honor, de riqueza, de nobleza, y la memoria de este prodigio inmortalizada en los fastos de la Iglesia, hará eterna tu gloria, y la de la nación española.

Segundo día: La Santísima Virgen manda al apóstol Santiago que le erija un templo a su nombre en el mismo lugar que le señala

La Reina de los Cielos y Abogada nuestra, no sólo nos ha distinguido entre todas las naciones con su venida a Zaragoza, sino que para perpetuar la memoria de tan singular beneficio, mandó al Apóstol Santiago edificase un templo a nombre de tan gran Señora. El santo Apóstol, vuelve de su éxtasis y de su rapto por el resplandor de su presencia, oye las dulces palabras con que le habla de este modo: Santiago, este es el lugar que yo he elegido: aquí quiere el Omnipotente que dediques un templo, que llevando mi nombre, sea el suyo engrandecido. Este ha de ser mi templo y casa, mi propia herencia y posesión; en el se manifestará la virtud del Altísimo por mi intercesión y mis ruegos a favor de los que pidieren con verdadera fe y piadosa devoción. Aquí se obrarán prodigios, y portentos admirables, especialmente en aquellos que en sus necesidades invocaren mi favor. Mira también ese Pilar, él quedará aquí, y colocada sobre él mi propia Imagen. En testimonio de esta verdad y promesa, estará en este lugar con la fe, hasta el fin del mundo, y nunca faltará en esta Ciudad, quien venere el nombre de Jesucristo, mi Hijo. ¡Qué generosidad! ¡ Qué amor el que nos muestra la Santísima Virgen! La Reina del Cielo ha colocado su trono en Zaragoza Llegaos, hijos de la Iglesia, a este trono de misericordia, pedid con confianza favores y gracias, que esta tierna Madre está empeñada en vuestro bien. ¿Quién jamás la invocó en sus necesidades que no fuera luego socorrido?

Tercer día: La Santísima Virgen nos dejó como un don precioso su sagrada imagen que es nuestro amparo y consuelo en toda tribulación

Grande y digno de toda nuestra gratitud es el beneficio que nos dispensó la soberana Reina de los Ángeles con su venida a Zaragoza, pero también es digno de todo nuestro aprecio, el monumento eterno, la memoria perenne de habernos dejado su sagrada Imagen como un don precioso del Cielo. ¡Oh! ¿Cómo hemos de olvidar beneficios tan singulares, si tenemos siempre a nuestra consideración un recuerdo perpetuo de las finezas de su maternal amor para con nosotros? Acudimos a los pies de tan gran Señora. ¿Pero con qué confianza? Acudimos a derramar toda la efusión de nuestro corazón, en todas nuestras angustias y tribulaciones. Y apenas llegamos a su soberana presencia, ¡oh qué consuelo experimenta luego nuestro afligido espíritu! ¡Oh, cómo se desahoga nuestro corazón en tiernos suspiros! ¡Oh qué ternura, qué dulce consuelo sentimos, cuándo nos postramos en su cámara Angelical! Nuestra alma se enajena de gozo al considerar que en este propiciatorio quedó nuestra benigna Ester, con la vara de oro del celestial Asuero en sus manos, para alcanzarnos favores y gracias. En esta casa de Ángeles, a los pies del trono de la Reina celestial, es donde se han enjugado las lágrimas de tantos afligidos, donde se han templado los gemidos de tantos desconsolados, y donde se han acallado los clamores de tantos desesperados. Todo esto publica a cada paso la gratitud de los españoles más piadosos, y de cuantos verdaderos adoradores acuden a admirar de cerca esta gloriosa Jerusalén, quienes ven cumplido en este santo Templo, de María del Pilar, lo que pedía Salomón al Señor en la dedicación de su santo Templo, cuando decía: "si el extraño y el que no es de tu pueblo, viniere de lejos atraído de la fama de tu grande nombre, y te adorare en este lugar, tú le oirás desde tu firmísima habitación, y cumplirás todas las cosas, por las que el peregrino te invocare, para que todos reconozcan y respeten su sagrado nombre, como lo hace tu querido pueblo."

Cuarto día: La Santísima Virgen nos dejó el pilar santo o columna angélica, símbolo de la fortaleza y estabilidad de la fe católica en Zaragoza hasta el fin del mundo

Zaragoza posee una rica alhaja, un precioso tesoro, una sagrada Columna, que la ennoblece, la protege, la honra y la ilustra. ¿De quién ha recibido este regalo tan magnifico, este don tan apreciable, sino de María? Esta es toda tu felicidad, Católica España, nación magnánima. La Reina celestial fijó en Zaragoza esta misteriosa Columna, significando a los siglos futuros, que perpetuaba gloriosamente entre nosotros el precioso depósito de la fe que nos había confiado. El orbe católico admira la firmeza de esta Columna, que se ha conservado inmoble, en el mismo lugar que señaló la Santísima Virgen, sin que las conquistas de los romanos, el odio de los herejes, el furor de los árabes, haya turbado su permanencia. Todo certifica la grandeza de su fundamento, y la fuerza poderosa de nuestra Princesa. La India, el Asia, el África, sacudieron el yugo de Jesucristo. El universo entero se admiró de verse arriano, en expresión de San Jerónimo. Pero la ciudad de María, fundada sobre la firme Columna, no ha perdido como Jerusalén, su primitivo esplendor. La antorcha de la fe, que la Santísima Virgen encendió en su venida, no se ha extinguido. Innumerables Mártires que forman la gloria de la religión, y el honor de Zaragoza, fueron sacrificados en su defensa.

Quinto día: Glorias y excelencias del santo templo del Pilar de Zaragoza, el primero del mundo dedicado a la Santísima Virgen.

¡La misma Reina de los Cielos y abogada nuestra es la Fundadora de este Templo augusto! Si nuestros mayores vieron en los primeros siglos de la salud cristiana, esa Arca de la nueva Alianza, colocada en la humilde Silo, y bajo un pobre techo edificado por el Protomártir entre los Apóstoles, nuestro Patrón Santiago, y sus santos discípulos, nosotros la adoramos ya elevada a la majestad y magnificencia de este admirable y suntuoso Templo. ¡Oh Trono! ¡Oh monumento de la Reina Celestial! Este es el primer templo del mundo dedicado en honor de la Santísima Virgen. Su célebre invocación del Pilar, ha sido llevada a todas las naciones del Universo, con gloria de su nombre. ¡Oh Ciudad augusta! Tú verás aumentarse la devoción de los fieles, y el orbe católico será un emulo de las glorias de este Templo. Porque no es un edificio, en que haya sólo que admirar la magnificencia, como en el Templo de Salomón la maravilla de su fábrica, no; su grandeza es tanto más excelsa, cuanto que no toma su origen de las obras de los hombres.

Sexto día: Respeto y veneración que se debe al santo templo del Pilar de Zaragoza

Por respeto a la Majestad del Señor que habitaba el templo de Jerusalén, no entraban los Judíos sin purificarse antes. Los Levitas, aunque consagrados al culto del Señor, no pasaban del atrio destinado para los sacrificios. A los Sacerdotes les permitía entrar en el Santuario a ofrecer el incienso sobre el altar de oro, pero rara vez tenían este honor. Sólo el sumo Sacerdote entraba en el Santo de los Santos una sola vez en el año. Estas precauciones asombrosas se dirigían todas a dar una alta idea de la divinidad, y a inspirar el respeto que se le debía en el Templo. Pero estas precauciones son más para nosotros, que por una gracia inefable, poseemos en nuestros templos la realidad que se simbolizaba en aquellas nobles figuras. Por ellas nos enseña el Señor que al acercarnos al Santuario, debemos sentirnos penetrados de un religioso temblor, humillarnos y confundirnos, considerando la infinita Majestad de nuestro Dios y la vileza de nuestro ser. Mas si este religioso pensamiento, debe excitar mi fe, mi respeto y veneración a todos los templos; este Propiciatorio y Cámara Angelical erigida en Zaragoza por mandato de la Santísima Virgen, tienen otra excelencia, otra dignidad y privilegio grande, que debe excitar en mí sentimientos y demostraciones de un santo temor, de una humildad profunda, de un sumo respeto y veneración, porque éste es el lugar que la Reina de los Cielos eligió para su culto, aquí fijó sus virginales plantas, aquí permanecen sus ojos y su corazón hasta el fin de los siglos. Adoremos esta tierra santa, santificada con la presencia de Dios y de la Santísima Virgen, y exclamemos con el Patriarca Jacob: ¡Oh cuán terrible es este lugar, verdaderamente ésta es la casa de Dios, y la puerta del Cielo! Así se excitaban nuestros mayores. ¡Con qué respeto, con qué modestia, con qué devoción asistían a este Santo Templo! Pero, ¿cómo ha desaparecido la fe y la piedad de nuestros Padres? ¡Ah, en los días más grandes y misteriosos, se advierten mayores excesos de lujo, de vanidad, y de presunción!

Séptimo día: El santo templo del Pilar de Zaragoza y el templo vivo de nuestra alma

¡Qué ideas tan sublimes me hacen concebir la grandeza, la hermosura, el primor y ornato de tan santo Templo, magnífico Tabernáculo de la Madre de Dios! ¡La santidad de este sitio y de su peculiar elección; los himnos y cánticos de alabanza que se le tributan; la concurrencia y devoción de los fieles! Aquí se invoca su santo nombre: aquí resuenan sus altos privilegios: aquí se ostenta su bondad y su clemencia. ¿Qué diré del aparato, la magnificencia y solemnidad con que se celebran los augustos misterios de nuestra Religión? ¡Oh templo angélico! Tú arrebatas mi pensamiento, y me representas otro templo más suntuoso, el templo vivo de mi alma, su grandeza, su excelencia, su inmortalidad, y la santidad con que debo conservarla. Sí. Yo soy el templo que Dios eligió para su habitación. Así lo dice el Apóstol. El supremo Artífice levantó ese templo vivo para su morada, y lo consagró para sí Jesucristo por el Bautismo. Pero ¡oh gran Dios! ¡Cuánto más augusto, más noble y perfecto que este material tabernáculo que miramos! Las expensas y precio de su fábrica, fueron los de su propia sangre. El ara es mi corazón en que Vos queréis ser honrado. El fuego que ha de consumir las víctimas de mis afectos desarreglados es la caridad, y la misma la que ha de exhalar hasta el Cielo el incienso y los perfumes de fervorosos suspiros. La lámpara que ilumina es la fe, que brilla entre una sagrada obscuridad, que le hace más venerable. Las columnas que le sostienen, la esperanza; sus joyas, los dones infusos del divino Espíritu; y todos sus ornamentos y vestiduras, la rica estola de la gracia santificante. El Sacerdote elegido por Dios para los sacrificios, y para alimentar de continuo el fuego sagrado del Altar es cada uno de los fieles. ¡Qué dignidad la nuestra, cristianos! ¡Qué hermosura la de un alma, que es templo animado de Dios, y sobre la cual bajó el Espíritu Santo para hacer en ella perpetua mansión!

Octavo día: Devoción, celo y cultos fervorosos de nuestros mayores a la Madre de Dios del Pilar, en su santo templo

¡Oh Reina de los Cielos! Apenas brillasteis como estrella mística sobre Zaragoza, esparcisteis vuestros resplandores sobre toda la nación española; y cuando Vos, aurora divina, iluminasteis este mismo sitio, se anunció el Evangelio, se levantó el estandarte de la Cruz, y el culto supersticioso fe despreciado: así se transformó en un lugar de Religión y de piedad el que antes lo había sido de abominación. Nuestros mayores, sumamente agradecidos, excitaron su celo ardiente, su piedad extremada, y los cultos más fervorosos hacia Vos, como a su celestial Protectora. Su ardiente celo no se limitó a frecuentar a todas horas el templo Angélico, sino que extendieron sus solícitos esmeros en contribuir a la magnificencia, primor y ornato de esta casa de ángeles, hasta hacerla una de las maravillas del mundo, y digna habitación de la Madre de Dios, que la había honrado con su presencia. Y no sólo en los felices días de la tranquilidad y de la paz, sino también en las más sangrientas persecuciones y en las más urgentes angustias, conservaron siempre puro y jamás profanado, este sagrado asilo de su refugio, no dudando sacrificar lo más precioso en su conservación y su defensa. ¡Oh devoción, celo y cultos fervorosos de nuestros mayores! Otras naciones han estado, si no enemigas, al menos entibiadas en la veneración y obsequio de la Santísima Virgen, pero la católica España se ha visto cada vez más solícita y Zaragoza más fina en el honor de Su amada Protectora. Nunca, jamás, se ha podido entibiar en los zaragozanos este celo por el objeto de su devoción, cada vez más constantes han dado bien claros testimonios de que nadie podía separarlos de la Columna Angélica en que fueron exaltados.

Noveno día: Gratitud de los españoles a su excelsa protectora por los infinitos beneficios que desde su venida ha dispensado a nuestra España

¡Soberana Reina de los ángeles! no ceso de admirar los singulares beneficios que en todo tiempo habéis dispensado a esta gloriosa Jerusalén, y mi alma se enajena de gozo al considerar que Vos habéis sido siempre el objeto más tierno de la gratitud española. ¡Oh gran Señora! Los españoles han estado siempre reconocidos a vuestros beneficios, y ha multiplicado obsequios los más fervorosos, en que os habéis complacido. La venerable antigüedad nos asegura, que en Zaragoza jamás han faltado verdaderos adoradores que, postrados ante la celestial Columna, os han ofrecido sus homenajes. La concurrencia al templo Angélico, las continuas adoraciones, las cesiones magnificas, las ricas joyas, los votos y ofrendas, todo confirma la gratitud más fina. ¡Qué solemnes festividades! ¡Cuántas oraciones en vuestro obsequio! ¡Con qué júbilo entonaban nuestros mayores vuestras alabanzas! ¡Con qué devoción oraban privadamente por todos los ángulos de vuestro magnífico Propiciatorio! ¡Cómo derramaban lágrimas de ternura en el afecto de su devoción! ¿Qué no hicieron en vuestro obsequio aquellos buenos hijos, los Fernandos, los Felipes, los Alfonsos, los Carlos, y cuánto se han empeñado todos los españoles en alabaros y ensalzaros como excelsa Protectora de nuestra España? ¡Pero ah!, ¿cómo se ha apagado entre nosotros aquel fuego que se comunicó a nuestros Monarcas y a tantos que veneraron agradecidos a la Reina del Cielo, en la cámara angelical de Zaragoza? ¡Prelados santos, héroes justos de la antigüedad, que llorabais en este sitio en el exceso de vuestra ternura! ¿Por qué no dejasteis a vuestros hijos, como otro Elías a su discípulo, el espíritu de vuestra devoción? 

Oraciones finales

Terminar cada día rezando cinco Avemarías y las oraciones finales:

Cinco Avemarías

1. En alabanza de la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza. Avemaría.

2. Por haberle erigido el Apóstol Santiago, por mandato de la Santísima Virgen, su santo Templo en Zaragoza, el primero del mundo dedicado a su nombre. Avemaría.

3. Por habernos dejado como un don precioso su sagrada Imagen, que es nuestro amparo y consuelo en toda tribulación. Avemaría.

4. Por el santo Pilar o Columna angélica, símbolo de la fortaleza y estabilidad de la fe católica en Zaragoza, hasta el fin del mundo. Avemaría.

5. En acción de gracias por los infinitos beneficios que desde su venida nos ha dispensado como excelsa Protectora de nuestra España. Avemaría.

Ahora se pide al Señor, por la intercesión de la Santísima Virgen, la gracia particular que cada uno desea conseguir en esta Novena; y luego se dice la siguiente oración final:

Oración final

¡Oh María! ¡Hija de Dios Padre!, amparad a la Iglesia, que desde su principio ha reclamado vuestra protección. Reconoced en ella la Esposa de Vuestro único Hijo, que la ha rescatado con el precio de toda su sangre. Haced que resplandezca con tal brillo de santidad, que pueda presentarse digna de su divino Esposo, y del precio con que fue redimida ¡Madre de Dios Hijo! que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. ¡Aurora brillante de este sol divino! disipad las tinieblas de la herejía y del cisma. Haced que todos sigan la luz de la verdad, y se apresuren a entrar en el seno de la verdadera Iglesia, donde juntamente con Jesús os conozcan con una viva fe, os invoquen con una esperanza firme, y os amen con un amor perfecto. ¡Esposa del Espíritu Santo, que ha reunido en un sólo rebaño y en una misma religión, tantas y tan diferentes naciones!, derramad sobre los Príncipes cristianos y sus ministros la abundancia de gracias, de que sois dispensadora. Penetrad sus corazones del espíritu de paz y de concordia, que al nacer vuestro hijo se anunció a la tierra: que nada emprendan contrario a la paz y libertad de vuestra Iglesia. ¡Oh María, Templo de la Santísima Trinidad, toda pura y sin mancha en vuestra Concepción! Mirad con ojos de misericordia a la nación española, vuestra nación predilecta, que tanto habéis distinguido de las demás; a pesar de sus pecados, continuad siempre en amarla: mantenedla en la fe católica, apostólica, romana: conservadla en la unidad católica, a fin de que defendida por vuestra gracia de todo error estando al abrigo de toda disensión, y consagrada a servir a vuestro Santísimo Hijo y a Vos con un culto digno, pueda marchar constantemente al fin que le habéis prometido, y merecer teneros siempre por su Protectora en la tierra, y por su Reina y Corona en el Cielo. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Peregrinación Juvenil a pie a Luján: Historia

 


“Había que dar cabida a la juventud desalentada y abandonada a una nueva forma de cambiar la realidad: desde el Evangelio y desde la Iglesia. Pero no desde lo que el imaginario popular tenía por Iglesia: la jerarquía, los curas, las tranzas con los poderosos de turno, el ‘no innovar que te fichan’. La Iglesia tal cual es: los sencillos, los humildes, los pobres, los que sirven… Y de eso había bastante en la Iglesia. De entonces y de ahora y de siempre.” Esto escribió el padre Ricardo Larken, miembro de la generación pionera que asumió desde el corazón y luego con su concreción la primera Peregrinación a Luján.

“Cuando ves a un paralítico empujar su silla de ruedas, padres empujar el cochecito con su hijo dormido, una persona renga caminar sin pausa, toda palabra queda demás. Ahí lo real es lo que se impone. Nadie obliga, nadie relata, nadie cuenta. En esta peregrinación de más de 40 años las cosas se viven, se ven y se experimentan con los ojos, el oído, y el corazón.” Esto lo subió a su cuenta de Instagram Pedro Limardo, “un joven arquitecto que trabaja en la villa 31, que quiere y busca encontrar eso de lo que tanto habla Francisco: la sabiduría del pueblo fiel. En épocas de mucha confusión en nuestra sociedad, los más humildes son los que tienen las cosas bien claras”.

¿Pero cómo se gestó lo que llegaría a ser la manifestación de fe más grande del país? Elba Romitelli de Scutari (65), que se contó entre los organizadores de la primera peregrinación juvenil a Luján, en el convulsionado 1975, accedió a contárselo a VR.

-¿Cómo fue que formaste parte de la gestación de la marcha a Luján?
-La peregrinación es el resultado de un proceso de formación que estábamos llevando a cabo como jóvenes de la parroquia Nuestra Señora del Carmen de Villa Urquiza, con el padre Raúl Rossi ya fallecido, fue obispo auxiliar de Buenos Aires. ¿Qué formación? Pensar en el otro, en las necesidades de los otros. Era un momento muy particular de la Argentina; queríamos meternos en la realidad desde el amor y la Virgen. Nos formamos con el padre Rafael Tello, leíamos los documentos de la Iglesia, las devociones populares y la fuerza que tienen desde hace tantísimos siglos, y en las conversaciones surgió la peregrinación para jóvenes. Los jóvenes en la calle para pedirle a la Virgen que nos ayude, que nos una. No queríamos salir para hacer mal a nadie; pensemos en ese momento, cuando salir tenía una connotación muy riesgosa. De hecho nos costó mucho convencer a algunas personas de la Iglesia de aquel momento.

-¿Y cómo fue eso de convencer?
-Armamos audiovisuales con filminas y proyector, más el grabador, para contarles a los chicos de las parroquias de Capital y Gran Buenos Aires y con curas amigos quién era María de Luján, la historia de la Virgen, de las peregrinaciones, del Negrito Manuel, y les decíamos que queríamos caminar. Y la propuesta prendía.

-¿Ya existía una Vicaría de Jóvenes en Buenos Aires?
-Estábamos en eso. El núcleo fue el padre Tello. La estructura eclesial se manejaba a través del padre Ricardo Larken, que reunía gente en Belgrano; del padre Rossi que nos juntaba en Urquiza, del padre Titín de la Barca, en Flores, y de Joaquín Sucunza [actual obispo auxiliar de Buenos Aires]. Nosotros hicimos la peregrinación con el conocimiento del arzobispo, pero sin su autorización.

-¿Quién era en ese momento?
-El cardenal Antonio Caggiano. El argumento de la curia fue: “No sabemos nada”. Eso quería decir que íbamos por las nuestras. Fuimos desde San Cayetano de Liniers hasta Luján caminando de costado, agarrados de la mano el grupo grande que organizamos, manteniendo a todos los jóvenes que iban a la derecha de la avenida Rivadavia. El cantito era “a la dere, a la dere / a la derecha por favor”.

-¿Y cómo hacían con los baños?
-Eran los de las estaciones de servicio. Pero lo más maravilloso fueron las casas particulares, de gente común que abría las puertas y nos decía: “chicos, vengan al baño”. O señoras que desplegaban las mangueras de su jardín para darnos agua porque nos moríamos de calor.

-¿Con quién quién caminaste?
-Con quien es mi esposo desde hace casi 45 años, Rubén; con Marta Fierro, Juan Gay, Jorge Pérez, Norma Scrinzi, los hermanos Peña, José Luis Perrone, Ana Quina, Raúl Canali, Mario y Claudio Sala, Daniel Blanco, Caio Scarpone, Raúl Gabrielli, el gordo Gadea, el Negro Mercalli, Nelson Pollicelli, gente de los colegios Sagrada Familia de Urquiza, Del Carmen, Conservación de la Fe y Beata Imelda…

-¿Qué te queda de aquellos tiempos fundacionales y qué te suscita ver cómo creció la peregrinación?
-Realmente la Virgen quería eso y no me quedó ninguna duda desde ese primer día. Cuando volvíamos de dar las charlas en las parroquias sobre la peregrinación decíamos: “Si de acá viene uno o dos… está bueno…”. La expectativa era que al llegar ese día nos juntáramos ¿100?, ¿200 capaz? Ya cuando llegamos ese 25 de octubre a San Cayetano y había varias cuadras llenas de jóvenes nos pareció milagroso. Rivadavia llena de gente amontonadita caminando…

-¿Cómo planearon esos 60 km?
-Íbamos todos atrás de la imagen de la Virgen, encolumnados. Adelante, la “Titina” (la camioneta del padre Titín) y una estanciera destartalada de Sucunza con algunas cosas básicas para el camino: comida, por ejemplo. Lo pienso y me parece increíble haber llegado, no solo por la caminata, sino por la tensión de ir cuidando a los demás. Porque por la otra mitad de Rivadavia seguían pasando autos. La policía estaba, pero no para cuidarnos, sino para ver qué hacíamos.

-Si tuvieras que hablar con alguien que nunca peregrinó, ¿qué le dirías?
-Que es una síntesis de la vida. Que es ponerse en marcha. A lo largo de la vida pasás muchas cosas y peregrinar hacia Luján es, en alguna medida, decir que mi vida tiene un fin trascendente y saber que tiene una compañía que es una Madre que nos protege, nos guía, nos escucha.
Desde aquella primera peregrinación hasta la del fin de semana pasado -un total de 45 marchas- hubo millones de historias personales de fe. Como en el caso de Ricardo Villarreal (59) de Monte Grande, papá de tres hijos de 31, 29 y 16, que acaba de cumplir 24 caminatas consecutivas.

-¿Cómo es tu historia?
-Es la historia de mi fe. Aunque recibí los sacramentos, nunca practiqué la religión católica. Pasados mis treinta y pico empecé con problemas familiares, un divorcio de por medio... Pasé de tener todo a no tener nada: me quedé sin mi familia. Un día hablé con un sacerdote y me comentó de la peregrinación. Tenía 35 años. Salí desde Morón. En esos años tenía un régimen de visitas para ver a mis hijos y justo los días de la marcha coincidían con esas visitas. Yo quería ver a mis hijos. Pero decidí caminar y me dio mucha culpa. Llegué a Luján, pero descompuesto y dije “esto nunca más”. Al año siguiente, la fecha de la peregrinación otra vez coincidía con la de las visitas a mis hijos y dije: “Esta vez no me pierdo a los chicos”. Pero fui a Luján antes, el jueves, caminando solo por la orilla de la ruta. Y cada año cuando se va acercando la fecha parece que la olfateás, aparecen esas ganas de ir.

-¿Por qué peregrinás?
-Porque es un tiempo de purificación después de un año de egoísmos y miserias que me hace libre.

-Cuando llegás, ¿qué sentís?
-Llegás sin fuerza a un lugar que tiene mucha fuerza. Sentís el abrazo. Así es la fe.


Lemas

1975: La Juventud peregrina a Luján por la Patria
1976: Los Hermanos sean unidos
1977: Madre, en Ti confiamos
1978: Madre, aquí tienes a tus hijos
1979: Unidos a María anunciemos a Jesús

1980: Con María caminemos hacia Cristo
1981: Anunciemos el Evangelio bajo la protección de María
1982: María, camino de Unidad
1983: María, ayúdanos a perdonar como Cristo nos perdonó
1984: María, camino al Pan de Vida

1985: Con María construyamos una patria de hermanos
1986: Somos tu pueblo
1987: María reúne a su pueblo y nos dice: levántate y camina
1988: María, Madre de nuestra esperanza
1989: María acompaña la esperanza de tu pueblo

1990: Ayúdanos a trabajar por la justicia
1991: Como María, no abandonemos al que sufre
1992: María protege a tu pueblo que camina
1993: La Virgen está siempre con nosotros
1994: Madre hacenos más hermanos

1995: Madre, danos tu fuerza para seguir
1996: Madre ayúdanos, estamos en tus manos
1997: Madre ayúdanos a seguir a tu hijo
1998: Madre míranos y acompáñanos
1999: Madre regálanos tu mirada

2000: Madre, que veamos a Jesús en cada hermano
2001: Madre acaricia nuestras heridas, queremos seguir caminando
2002: Madre, abrázanos fuerte, queremos un pueblo de pie
2003: Madre, gracias por estar con nosotros, queremos cuidarnos como hermanos
2004: Madre ayúdanos, queremos ser un solo pueblo

2005: Madre, enséñanos a cuidar la vida
2006: Madre, necesitamos vivir como hermanos
2007: Madre, ayúdanos a vivir en la verdad
2008: Madre, enséñanos a escuchar
2009: Madre, tu mirada renueva nuestra esperanza

2010: Madre, queremos una Patria para todos
2011: Madre, ayúdanos a cuidar la vida
2012: Madre, enséñanos a trabajar por la justicia
2013: Madre, cuidá la fe de tu pueblo que camina
2014: Madre, ayúdanos a trabajar por la paz

2015: Gracias Madre por estar siempre, ayúdanos a cuidar nuestra Patria
2016: Madre, danos tu mirada para vivir como hermanos
2017: Madre, enséñanos a construir la paz
2018: Madre, danos fuerza para unirnos como hermanos

2019: Ayúdanos a unirnos como pueblo

2020: Madre, abrazanos queremos seguir caminando.

2 de Octubre: Memoria Litúrgica de los Santos Ángeles Custodios

 

El 2 de octubre se celebra el día de los ángeles custodios, quienes, por disposición divina, nos han sido dados para protegernos, guiarnos y ayudarnos a llegar al cielo. Honrémoslos y pidamos continuamente la ayuda de estos fidelísimos compañeros.

Así le escribía el 15 de julio de 1915, el Padre Pío de Pietrelcina a Ana Rodote: 

Que el buen Ángel Custodio vele sobre ti. Él es tu conductor, que te guía por el áspero sendero de la vida. Que te guarde siempre en la gracia de Jesús, te sostenga con sus manos para que no tropieces en cualquier piedra, te proteja bajo sus alas de las insidias del mundo, del demonio y de la carne. Tenle gran devoción a este Ángel Bienhechor. ¡Qué consolador es el pensamiento de que junto a nosotros hay un espíritu que desde la cuna hasta la tumba, no nos deja ni un instante ni siquiera cuando nos atrevemos a pecar! Este espíritu celeste nos guía y nos protege como un amigo o un hermano. Es también consolador saber que este ángel reza incesantemente por nosotros, ofrece a Dios todas las buenas acciones y obras que hacemos; y nuestros pensamientos y deseos, si son puros. Por caridad, no te olvides de este compañero invisible, siempre presente y siempre pronto a escucharnos y más todavía para consolarnos. ¡Oh, feliz compañía, si supiésemos comprenderla!”. 
¿Cómo puede ayudarnos nuestro ángel custodio?
Los ángeles custodios son una muestra más del amor y de la bondad de Dios para con nosotros. A nuestro ángel custodio, Dios le permite llegar directamente a la imaginación (sin palabra alguna), suscitando imágenes, recuerdos, impresiones que nos señalen el camino correcto a seguir.

Puede ayudarnos de las siguientes formas:

1. Darnos AUXILIO ESPIRITUAL:

Puede si tú se lo pides, ayudarte a que tu oración sea mejor, a que no te distraigas, puede sugerirte propósitos para mejorar o formas de concretar algún buen deseo, puede ayudarte en el apostolado, en el trato con las personas que te rodean...

2. Darnos, además, algún AUXILIO MATERIAL:

Puede si se lo pides, ayudarte en las pequeñas necesidades de la vida cotidiana como, por ejemplo: no perder el autobús, ayuda en un examen para el que has estudiado, encontrar algo que habías perdido, acordarte un asunto olvidado que es necesario tener presente...

3. PROTEGERNOS de los peligros del alma:

 Tu Ángel Custodio te cuida contra las tentaciones que te invitan a cometer un pecado.

4. PROTEGERNOS de los peligros del cuerpo: por ejemplo un tropiezo, un choque, un accidente, una enfermedad... La Biblia dice: ¨Enviará a sus ángeles para que no tropieces en piedra alguna¨ (Sal 90,11).

5. Darnos consejo prudente. Llamarnos al bien.

6. Animarnos.

7. Confortarnos, consolarnos.

8. Ayudarnos en todo aquello que sea bueno en nuestro camino de salvación.

Finalmente, es importante que recuerdes que los ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita. Pueden ayudarnos porque Dios se los permite. Procuremos ser devotos y agradecidos con nuestro Ángel.


ORACIÓN AL SANTO ANGEL DE LA GUARDA 
(San Juan Berchmans)

Ángel Santo, amado de Dios, que después de haberme tomado, por disposición divina, bajo tu bienaventurada guarda, jamás cesas de defenderme, de iluminarme y de dirigirme: yo te venero como a protector, te amo como a custodio; me someto a tu dirección y me entrego todo a ti, para ser gobernado por ti. Te ruego, por lo tanto, y por amor a Jesucristo te suplico, que cuando sea ingrato para ti y obstinadamente sordo a tus inspiraciones, no quieras, a pesar de esto, abandonarme; antes al contrario, ponme pronto en el recto camino, si me he desviado de él; enséñame, si soy ignorante; levántame, si he caído; sostenme, si estoy en peligro y condúceme al cielo para poseer en él una felicidad eterna. Amén.


Aunque la solemnidad del 29 de septiembre tiene por objeto honrar a todos los espíritus bienaventurados de los nueve coros, la piedad de los fieles en estos últimos siglos ha deseado se consagrase un día especial en la tierra a celebrar a los Ángeles custodios.

Diversas Iglesias empezaron a celebrar esta fiesta y la pusieron en diferentes fechas del año; Paulo V, aunque la permitía el 27 de septiembre de 1608, creyó conveniente no imponer su aceptación; Clemente X terminó con esta variedad respecto a la nueva fiesta y el 20 de septiembre de 1670 la fijó en el 2 de octubre, primer día libre después de San Miguel, a cuya fiesta está como subordinada.

Es de fe que en este destierro, Dios encomienda a los Ángeles la custodia de los hombres destinados a contemplarle en el cielo, y esto lo aseguran las Escrituras y lo afirma unánimente la Tradición. Las conclusiones más ciertas de la teología católica extienden el beneficio de esta protección preciosa a todos los miembros de la raza humana, sin distinción de justos o pecadores, de infieles o bautizados. 

Alejar los peligros, sostener al hombre en su lucha contra el demonio, despertar en él santos pensamientos, apartarle del mal y castigarle de cuando en cuando, rogar por él y presentar a Dios sus propias oraciones: he ahí el oficio del Ángel custodio. Y es un ministerio tan especial, que no acumula el mismo Ángel la custodia simultánea de varios, y tan asiduo, que acompaña a su protegido desde el primer día al último de su vida, recogiendo el alma al salir de este mundo para conducirla después del juicio al puesto que se mereció en los cielos o en la mansión temporal de purificación y de expiación.

La santa milicia de los Ángeles custodios se recluta principalmente en las proximidades más inmediatas a nuestra naturaleza, entre los puestos del último de los nueve coros. Dios, en efecto, reserva para el honor de formar su augusta corte a los Serafines, Querubines y Tronos. Las Dominaciones presiden desde lo alto de su trono el gobierno del universo; las Virtudes velan por la firmeza de las leyes de la naturaleza, por la conservación de las especies, por los movimientos de los cielos; las Potestades mantienen encadenado al infierno.

La raza humana, en su conjunto y en los cuerpos sociales de las naciones y de las Iglesias, está confiada a los Principados; en tanto que el oficio de los Arcángeles, encargados de las comunidades menores, parece ser también el de transmitir a los Ángeles las órdenes del cielo, con el amor y la luz que baja para nosotros de la primera y suprema jerarquía. ¡Abismos de la Sabiduría de Dios! (Rom. 11, 33).

Así pues, el conjunto admirable de ministerios dispuesto entre los diversos coros de los espíritus celestiales, se ordena, como fin, a la custodia inmediatamente confiada a los más humildes de ellos, a la custodia del hombre, para quien fue creado el universo. Lo mismo afirma la Escuela; y lo dice el Apóstol: "¿No son todos ellos espíritus ministrantes, enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud?" (Heb. 1, 14). (...)

Para terminar, escuchemos hoy, como lo hace la Iglesia, al Abad de Claraval, a cuya elocuencia parece que en esta ocasión la nacen alas: “En todo lugar muéstrate respetuoso con tu Ángel. Muévate a rendir culto a su grandeza el agradecimiento por sus beneficios. Ama a ese futuro coheredero, que ahora es el tutor designado por el Padre para los días de tu niñez. Porque, aunque somos hijos de Dios, no pasamos ahora de niños y el camino es largo y peligroso. Pero Dios ha mandado a sus Ángeles que te guarden en todos tus caminos; y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en las piedras. Pisarás sobre áspides y basiliscos y hollarás al león y al dragón (Sal. 90, 11-13). Ciertamente, por donde el camino es fácil para un niño, su ayuda se reducirá a ser simplemente un guía, a sostenerte como se hace con los niños. Pero la prueba ¿corre peligro de exceder a tus fuerzas? Te llevarán en sus manos. ¡Manos de Ángeles! ¡Cuántos atolladeros temibles, saltados como sin darse cuenta merced a esas manos, sólo dejarán en el hombre la impresión de una pesadilla desvanecida rápidamente!"

Unámonos a la Iglesia ofreciendo a los Ángeles Guardianes este Himno de las Vísperas del día.

Celebramos a los Ángeles que custodian a los humanos. El Padre Celestial los hizo compañeros de nuestra débil naturaleza, para que no sucumbieran a las trampas enemigas.
Porque, como el ángel maligno fue justamente arrojado de sus honores, la envidia lo corroe y se esfuerza por perder a los que el Señor llama a los cielos.
Vuela, pues, hacia nosotros, guardián que nunca duerme; aparta de la tierra que te ha sido confiada las enfermedades del alma y toda amenaza a la paz de sus habitantes.
Sea siempre alabada y amada la Santísima Trinidad, cuyo poder eterno gobierna este triple mundo de los cielos, la tierra y el abismo, cuya gloria domina los siglos. Amén.


ORACIÓN AL ANGEL DE LA GUARDA

Ángel de la paz, Ángel de la Guarda, a quien soy encomendado, mi defensor, mi vigilante centinela; gracias te doy, que me libraste de muchos daños del cuerpo y del alma. Gracias te doy, que estando durmiendo, me velaste, y despierto, me encaminaste; al oído, con santas inspiraciones me avisaste.

Perdóname, amigo mío, mensajero del cielo, consejero, protector y fiel guarda mía; muro fuerte de mi alma, defensor y compañero celestial. En mis desobediencias, vilezas y descortesías, ayúdame y guárdame siempre de noche y de día. Amén.

Padrenuestro y Avemaría.