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Letanía a Santo Domingo de Guzmán

 


Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros 

Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos
 
Dios Padre Celestial, ten misericordia de nosotros
Dios Hijo Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo,
Santa Trinidad, Único Dios, 

Santa María, ruega por nosotros 
Santa Madre de Dios, 
Santa Virgen de las vírgenes,

Santo Domingo, nuestro augusto padre,
Santo Domingo, astro de la Iglesia,
Santo Domingo, luz del mundo,
Santo Domingo, antorcha de la gracia,
Santo Domingo, rosa de paciencia,
Santo Domingo, sediento de la salvación de las almas, 
Santo Domingo, deseoso del martirio,
Santo Domingo, gran director de almas,
Santo Domingo, hombre del Evangelio,
Santo Domingo, doctor de la verdad,
Santo Domingo, marfil de castidad,
Santo Domingo, varón de corazón verdaderamente apostólico,
Santo Domingo, pobre en bienes de la fortuna (mundanos),
Santo Domingo, rico en la pobreza de tu vida,
Santo Domingo, celoso por la salvación de los pecadores,
Santo Domingo, trompeta del Evangelio,
Santo Domingo, heraldo celestial,
Santo Domingo, modelo de abstinencia,
Santo Domingo, sal de la tierra,
Santo Domingo, sol resplandeciente en el Templo de Dios,
Santo Domingo, modelado por la Gracia Divina,
Santo Domingo, revestido de manto real,
Santo Domingo, flor deslumbrante en los jardines de la Iglesia,
Santo Domingo, que rociaste la tierra con tu sangre preciosa,
Santo Domingo, provisión de trigo en los graneros celestes,
Santo Domingo, que resplandeces entre las vírgenes,
Santo Domingo, líder y padre de la Orden de Predicadores,
 
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros
 
- Ruega por nosotros, Santo Domingo.
- Para que en la hora de la muerte seamos recibidos contigo en el Cielo y alcancemos las promesas de Cristo.
 
Oración
Dios todopoderoso, te suplicamos que la protección de santo Domingo, tu siervo, reconforte a quienes somos oprimidos bajo el yugo de nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 

8 de Agosto: Memoria Litúrgica de Santo Domingo de Guzmán, presbítero y fundador de la Orden de los Predicadores


Santo Domingo nació a principios de 1171 en Calaroga, población de Castilla que entonces se llamaba Calaruega. No sabemos nada de cierto sobre su padre, aparte de que llevaba el nombre de Félix y que, al parecer, pertenecía a la familia de Guzmán. 

La madre de santo Domingo fue la beata Juana de Aza. A los catorce años, Domingo partió de la casa de su tío, que era arcipreste de Gumiel de Izán, e ingresó en la escuela de Palencia. Era todavía estudiante cuando se le nombró canónigo de la catedral de Osma y, después de su ordenación, se consagró al cumplimiento de sus deberes de canónigo. 

El capítulo vivía en comunidad, bajo la regla de san Agustín y su regularidad y observancia fueron un magnífico ejemplar para el joven sacerdote. A lo que parece, Domingo vivió ahí sin distinguirse en nada de los otros canónigos, ejercitándose en la virtud y preparándose para la tarea que Dios le tenía reservada. 

Rara vez salía de la casa de los canónigos, y pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia, «llorando los pecados ajenos y leyendo y practicando los consejos que da Casiano en sus Conferencias». Cuando Diego de Acevedo fue elegido obispo de Osma hacia el año de 1201, Domingo le sucedió en el cargo de prior del capítulo. 
Tenía entonces treinta y un años y había practicado la vida contemplativa a la que acabamos de referirnos durante seis o siete años. En 1204 terminó ese período y el joven hizo su aparición en el mundo en forma inesperada.
Aquel año, Alfonso IX de Castilla envió al obispo de Osma a Dinamarca a negociar el matrimonio de su hijo y el prelado llevó consigo a Domingo. De camino a Dinamarca, los viajeros atravesaron el Languedoc, donde se había difundido mucho la herejía de los albigenses. En Toulouse se alojaron en casa de un albigense. 

Lleno de compasión por su huésped, Domingo pasó toda la noche en discusión con él y, a la salida del sol, el hombre había recuperado la fe y abjurado de sus errores. La mayoría de los autores suponen que en ese instante Domingo comprendió lo que Dios quería de él. Al regresar de Dinamarca, el obispo y Domingo fueron a Roma a pedir a Inocencio III que los enviase a predicar el Evangelio a los cumanos en Rusia. 

El Pontífice, que supo apreciar el celo y la virtud de los misioneros, los exhortó para que consagraran sus esfuerzos a luchar dentro de la cristiandad por desarraigar la herejía. Domingo y el obispo pasaron después por Citeaux, a cuyos monjes había encargado el Papa especialmente que lucharan contra los albigenses. 

En Montpellier se reunieron con el abad de Citeaux y otros dos monjes, Pedro de Castelnau y Raúl de Fontefroide, que habían trabajado en la misión del Languedoc. Diego y Domingo cayeron entonces en la cuenta de que todos los esfuerzos hechos hasta entonces por desarraigar la herejía habían resultado inútiles.

El sistema albigense se basaba en el dualismo del bien y el mal. A este ultimo principio, opuesto al bien, pertenecía la materia y todo lo material. Por consiguiente, los albigenses negaban la realidad de la Encarnación y rechazaban los sacramentos; la perfección exigía que el hombre renunciase a la procreación, comiese y bebiese lo menos posible y el suicidio era cosa laudable. 

Naturalmente, la mayoría de los albigenses no practicaban estrictamente su doctrina, pero el reducido círculo de los «perfectos» vivía en una pureza heroica y su proceder ascético contrastaba con la vida fácil de los monjes cistercienses. En aquellas circunstancias resultaba inútil tratar de convertir a los herejes mediante el empleo razonable de las cosas materiales, ya que el pueblo seguía instintivamente a quienes llevaban una vida heroica, que no eran ciertamente los predicadores cistercienses. 

Viendo esto, santo Domingo y el obispo de Osma exhortaron a los cistercienses a imitar el ejemplo de los herejes, a no viajar a caballo, a no alojarse en las mejores hosterías y a despedir a los criados que tenían a su servicio. Una vez que consiguiesen hacerse oír del pueblo, a causa de su vida de penitencia, deberían emplear las armas de la persuasión y la discusión en vez de las amenazas. 

La tarea era tanto más difícil, cuanto que el albigenismo constituía una religión nueva más bien que una herejía originada en el cristianismo y su forma más avanzada amenazaba la existencia misma de la sociedad humana. Santo Domingo estaba persuadido de que era posible oponer un dique al albigenismo, y Dios quiso valerse de su predicación como instrumento para hacer penetrar su gracia en el corazón de numerosos herejes.

Santo Domingo no se contentó con pedir a otros el ejemplo, sino que lo dio él mismo. Así pues, organizó una serie de conversaciones con los herejes, que hicieron algún efecto en el pueblo, pero no entre los jefes de la herejía. El obispo de Osma volvió poco después a su diócesis, en tanto que su compañero se quedaba en Francia, pero antes de que partiese el prelado, santo Domingo había dado ya el primer paso para fundar la orden que estaba destinada a marcar el alto al albigenismo. 

Había observado que las mujeres desempeñaban un papel muy importante en la difusión de la herejía y que las jóvenes, después de recibir en su casa los principios de la mala doctrina, iban a proseguir su educación en conventos albigenses. En 1206, el día de la fiesta de santa María Magdalena, santo Domingo recibió una señal del cielo y, en menos de seis meses, fundó en Prouille un convento con nueve monjas a las que había convertido de la herejía y, cerca de ahí, alojó a los hombres que le ayudaban en el apostolado. 

En esa forma, empezó a preparar predicadores virtuosos, a ofrecer refugio a las mujeres convertidas, a ver por la educación de las jóvenes y a organizar una casa religiosa en la que se oraba constantemente.

El asesinato del legado pontificio, Pedro de Castelnau, a manos de un criado del conde de Toulouse, desencadenó una «cruzada» contra los albigenses, en la que se practicaron todos los horrores y crueldades de una guerra civil. El caudillo de los albigenses era Raimundo VI, conde de Toulouse; el de los católicos era Simón IV de Montfort, conde de Leicester. 
Santo Domingo no creía en la eficacia ni en la legitimidad de una empresa que tratase de imponer la ortodoxia por la fuerza, y es falso que haya tenido algo que ver en el establecimiento de la Inquisición, ya que el tribunal empezó a funcionar en el sur de Francia desde fines del siglo XII (Posteriormentela Orden de Santo Domingo se hizo cargo de la Inquisición. 

Desde un principio se mostró reacia a desmpañar esa taresa y en 1243 pidió al Papa que la relevara del cargo, pero Inocencio IV rehusó el pedido. Sólo dos de los inquisidores generales de España fueron dominicos, Torquemada fue uno de ellos). El santo no se mezcló jamás en ninguna de las crueles ejecuciones que llevó a cabo la Inquisición. 
Los historiadores de la época mencionan únicamente, como armas de santo Domingo, la instrucción, la paciencia, la penitencia, el ayuno, las lágrimas y la oración. En cierta ocasión en que el obispo de Toulouse fue a visitar su diócesis con una comitiva de soldados y criados, el santo le reprendió con estas palabras: «En vano intentaréis convertir de esa manera a los enemigos de la fe. La oración es más eficaz que la espada y la humildad más útil que los vestidos finos». 
Domingo estuvo a punto de ser elegido obispo en tres ocasiones; pero se opuso firmemente, pues sabía que Dios le destinaba a otra tarea.

Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc, y a su alrededor se había reunido un grupo de predicadores. Hasta entonces, había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero deseaba ardientemente reavivar el espíritu apostólico de los ministros del altar, puesto que su ausencia era la causa principal del escándalo del pueblo y del florecimiento del vicio y la herejía. 

Para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales, especialmente de la predicación. 

El objetivo principal del santo era el de multiplicar en la Iglesia los predicadores celosos, cuyo espíritu y ejemplo facilitasen la difusión de la luz de la fe y el calor de la caridad, capaces de ayudar eficazmente a los obispos a curar las heridas que habían infligido a la Iglesia la falsa doctrina y la vida disipada. 
Para facilitar la tarea de Santo Domingo, el obispo Fulk, de Toulouse, le concedió, en 1214, una renta, y, al año siguiente, aprobó la fundación embrionaria de la nueva orden. Pocos meses más tarde, santo Domingo acompañó al obispo al cuarto Concilio de Letrán.

Inocencio III acogió muy amablemente al santo y aprobó el convento de religiosas de Prouille. Además, introdujo en el décimo canon del Concilio una cláusula que ponía de relieve la obligación de predicar y la necesidad de elegir pastores poderosos en obras y palabras, capaces de instruir y edificar a los fieles con el ejemplo y la predicación. 
Aunque en dicho canon el Pontífice subrayaba la necesidad de formar predicadores aptos, la aprobación de la nueva orden no era tarea fácil, porque el mismo Concilio había legislado contra la multiplicación de las órdenes religiosas. Se dice que Inocencio III había resuelto negarse a la petición, pero que aquella misma noche soñó que la iglesia de San Juan de Letrán estaba a punto de derrumbarse y que santo Domingo la sostenía. 

Como quiera que fuese, lo cierto es que el Papa aprobó verbalmente la nueva fundación y ordenó al santo que consultase con sus hermanos cuál de las reglas religiosas ya aprobadas querían seguir. En agosto de 1216, se reunieron en Prouille, Domingo y sus dieciséis compañeros, de los cuales ocho eran franceses, siete españoles y uno inglés. 
Tras de discutir los pros y los contras, decidieron adoptar la regla de San Agustín, que era la más antigua y menos detallada de cuantas existían, que había sido escrita para sacerdotes por un sacerdote y predicador eminente. Santo Domingo añadió algunas cláusulas, tomadas en parte de las reglas de los premonstratenses. Inocencio III murió el 18 de julio de 1216 y Honorio III fue elegido para sustituirle. 
Ello retardó un poco el viaje de santo Domingo a Roma, pero entretanto, terminó el primer convento de Toulouse, al que el obispo regaló la iglesia de San Román. Ahí empezaron los primeros dominicos a llevar vida comunitaria con votos religiosos.

Santo Domingo llegó a Roma en octubre de 1216. Honorio III aprobó ese mismo año la nueva comunidad y sus constituciones, «en consideración a que los religiosos de vuestra orden serán paladines de la fe y luz del mundo, Nos confirmamos vuestra orden». Santo Domingo continuó sus prédicas en Roma con gran éxito, hasta después de la Pascua. 

Fue entonces cuando se hizo amigo del cardenal Ugolino (más tarde Gregorio IX) y de san Francisco de Asís. Según cuenta la leyenda, santo Domingo soñó que la ira divina estaba a punto de descargarse sobre el mundo pecador, pero lo salvó la intercesión de Nuesta Señora ante su hijo al señalarle a dos personajes: el uno era el propio santo Domingo, el otro era un desconocido. 
Al día siguiente, se hallaba el santo en oración en la iglesia, cuando entró en ella un mendigo cubierto de harapos. El santo reconoció inmediatamente en él al hombre de su sueño; así pues, se le acercó, le abrazó y le dijo: «Vos sois mi compañero y tenéis que estar a mi lado, pues si permanecemos unidos no habrá poder humano capaz de resistirnos». 

El encuentro de los dos hombres de Dios, Domingo y Francisco se celebra dos veces al año, en sus respectivas fiestas; en efecto, en esos días los miembros de cada orden cantan la misa en las iglesia de los de la otra y se reúnen «para comer el pan que no ha faltado en siete siglos». 
Algunos autores han comparado a santo Domingo con san Francisco; pero la comparación es poco inteligente, ya que ambos santos se completan y corrigen el uno al otro, y los únicos puntos que tienen en común, son la fe, cl celo y la caridad.
El 13 de agosto de 1217, los frailes predicadores se reunieron con el fundador en Prouille. Santo Domingo les dio instrucciones sobre la manera de predicar y enseñar y los exhortó a estudiar sin descanso; sobre todo, les recordó que su principal obligación era la santificación propia y que estaban llamados a proseguir la obra de los Apóstoles para establecer en el mundo el reino de Cristo. 
También les habló de la humildad, de la desconfianza en sí mismos y de la confianza en Dios; en esa forma serían capaces de superar todas las aflicciones y persecuciones, y de pelear la gran batalla contra el mundo y los poderes del infierno. Con gran sorpresa de todos, pues la herejía había ganado terreno en el sitio en que se encontraban, santo Domingo dispersó a sus hermanos el día de la Asunción en todas direcciones, diciéndoles: «Tened confianza en mí. Yo sé lo que hago. Nuestra obligación no es almacenar la semilla, sino sembrarla». 

Cuatro de los frailes partieron a España, siete a París, dos volvieron a Toulouse, dos permanecieron en Prouille y el fundador se dirigió a Roma en el mes de diciembre. Santo Domingo tenía la intención de renunciar a su papel en la naciente orden e ir a predicar el Evangelio a los tártaros, pero Dios iba a disponer las cosas de otro modo.
Cuando santo Domingo llegó a Roma, el Papa le confió la Iglesia de San Sixto. Al mismo tiempo que fundaba allí un convento, enseñaba teología; su predicación en San Pedro llamó la atención de la multitud. En aquella época, la mayoría de las religiosas de Roma no observaban la clausura y vivían sin reglas, unas en pequeños conventos y otras en casa de sus padres o amigos. 

Inocencio III había intentado varias veces reunir a todas las religiosas dispersas en un convento de clausura, pero no lo había logrado. Así pues, encargó a santo Domingo de llevar a cabo esa reforma y así lo hizo éste. Cedió a las religiosas su propio monasterio de San Sixto, que acababa de construir; el Papa le dio, en cambio para sus frailes una casa en el Aventino y la iglesia de Santa Sabina. 

Se cuenta que el Miércoles de Ceniza de 1218, la abadesa y las religiosas que iban a transladarse al convento de San Sixto, se hallaban en la casa capitular con santo Domingo y tres cardenales, cuando un mensajero les llevó la noticia de que un joven, Napoleón, sobrino del cardenal Stephen, acababa de matarse al caer del caballo. Santo Domingo ordenó que transportasen el cadáver a la casa capitular y pidió al hermano Tancredo que prepararse el altar para la misa. 

Los cardenales y sus comitivas, la abadesa y sus monjas, los frailes y una gran multitud que se había reunido, se dirigieron a la iglesia. Al terminar la celebración del santo sacrificio, santo Domingo enderezó un tanto los maltrechos miembros del cadáver, se arrodilló a orar e hizo la señal de la cruz sobre el muerto. 
En seguida, levantó las manos al cielo y exclamó: «Napoleón, en el nombre de Nuestro Señor Jesucrito te mando que te levantes». El joven resucitó al punto, sin una sola herida, en presencia de la multitud.
Como fray Mateo de Francia había tenido éxito en la fundación de una casa de la orden en la Universidad de París, santo Domingo envió a algunos de sus hermanos a la Universidad de Bolonia, donde el beato Reginaldo de Orléans llevó a cabo la fundación de uno de los más famosos conventos de la orden. 

Entre 1218 y 1219, el fundador viajó por España, Francia e Italia, fundando conventos. En el verano de 1219, llegó a Bolonia, donde estableció su residencia habitual hasta el fin de su vida. En 1220, Honorio III confirmó al santo en el cargo de superior general. 
En Pentecostés de ese mismo año, se reunió el primer capítulo general de la orden, en Bolonia; en él se redactaron las constituciones definitivas, que hicieron de la Orden de Predicadores «la más perfecta de las organizaciones monásticas que produjo la Edad Media» (Hauck): una orden religiosa en el sentido moderno de la palabra, donde la unidad es la orden y no el convento, cuyos miembros dependen de un superior general y cuyas reglas llevan la marca inconfundible del fundador, particularmente por lo que se refiere a la capacidad de adaptación y a la supresión de la propiedad.

Santo Domingo predicaba en todos los sitios por donde pasaba y oraba constantemente por la conversión de los infieles y de los pecadores. Si tal hubiese sido la voluntad de Dios, el santo habría querido verter su sangre por Cristo e ir a predicar a los bárbaros la buena nueva del Evangelio. 
Por ello, hizo del ministerio de la palabra el fin principal de su institución. Quería que todos sus religiosos se entregasen a la predicación, cada uno según su capacidad, y que los que tenían especial talento de predicadores sólo interrumpiesen el ministerio para retirarse, de cuando en cuando, a predicarse a sí mismos en la soledad y el silencio. La vocación dominicana consiste en «compartir con los demás el fruto de la contemplación». 

Esa es la razón por la cual los miembros de la orden se preparan largamente, mediante la práctica de la oración, de la humildad, de la abnegación y de la obediencia. Santo Domingo repetía frecuentemente: «Quien domina sus pasiones es amo del mundo. Quien no las domina se convierte en su esclavo. Más vale ser martillo que yunque». Santo Domingo enseñó a sus misioneros a hablar directamente al corazón, mediante la práctica de la caridad. 
Alguien le preguntó una vez en qué libro había preparado el sermón que acababa de predicar: «En el libro del amor», respondió el fundador. La cultura, la enseñanza y el estudio de la Biblia fueron, desde el primer momento, elementos esenciales de la orden; nada tiene de extraño que los dominicos se hayan distinguido en el trabajo intelectual, ni que haya llamado al fundador «el primer Ministro de Instrucción Pública en la Europa moderna». 

El espíritu de oración y recogimiento es otra de las características de los dominicos, como lo fue de santo Domingo, quien pedía incesantemente a Dios que le concediese el verdadero amor del prójimo y la capacidad de ayudar a los otros. El santo exigía inflexiblemente el cumplimiento de las reglas que había impuesto. Al llegar a Bolonia, en 1220 advirtió en el convento que se edificaba, cierta elegancia que cuadraba mal con el espíritu de pobreza de la orden; sin vacilar un instante, mandó que se detuviese la construcción. 
Gracias a ese enérgico espíritu de disciplina, la orden se extendió rápidamente. En 1221, cuando se reunió el segundo capítulo general, había ya unos sesenta conventos, distribuidos en ocho provincias; los dominicos habían llegado ya a Polonia, Escandinavia, Palestina y el hermano Gilberto con otros doce frailes habían fundado las casa de Canterbury, Londres y Oxford. La Orden de Predicadores se halla actualmente establecida en todo el mundo.
Al terminar el segundo capítulo general, Santo Domingo fue a visitar al cardenal Ugolino en Venecia. A la vuelta de ese viaje, se sintió enfermo y fue iransladado al campo para que respirase un aire más puro, pero, ya había comprendido que se aproximaba la hora de su muerte. Habló a sus hermanos acerca de la belleza de la castidad. 
Como no poseía bienes temporales, redactó su testamento en estos términos: «Hijos míos muy queridos, he aquí mi herencia: conservad la caridad entre vosotros, permaneced humildes y observad voluntariamente la pobreza». Después de exhortar largamente a sus hijos a la pobreza, el santo pidió que le transladasen de nuevo a Bolonia, porque deseaba per sepultado «bajo los pies de sus hermanos». Los frailes del convento de Bolonia se reunieron a rezar las oraciones por los agonizantes en torno al fundador y, al llegar al «subvenite», santo Domingo repitió esas hermosas palabras y exhaló el último suspiro. 

Era el atardecer del 6 de agosto de 1221; el santo tenía cincuenta y dos años. Su muerte fue un ejemplo de la pobreza de la que había hablado poco antes a sus hermanos, puesto que expiró «en el lecho del hermano Moneta, ya que carecía de una cama propia, vestido con el hábito del hermano Moneta, porque no tenía otro para reemplazar el que había llevado durante tantos años». 
El beato Jordán de Sajoniahabía escrito en la vida del santo: «Lo único que podía turbar la serenidad de su alma era el sufrirniento ajeno. El rostro de un hombre revela si es feliz o no; el rostro anuble y transfigurado de gozo de Domingo revelaba la paz de su alma. 

Poseía tal bondad y tal deseo de ayudar al prójimo, que nadie escapaba a la fuerza de su encanto y cuantos le veían una vez le amaban para siempre». Al firmar el decreto de canonización de su amigo, en 1234, Gregorio IX (el tdrnul Ugolino) afirmó que estaba tan seguro de su santidad como de la de san Pedro y san Pablo.

Consagración Personal al Sagrado Corazón de Jesús


Consagración al Sagrado Corazón de Jesús 

Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adoradísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven. ¡ Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar!. ¡Mirad! que soy muy rudo, oh soberano Maestro, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia!.¡ Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los flacos, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer!  Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio de toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: "Venid a mí,  aprended de mí, pedid, llamad ... a las puertas de vuestro Corazón” vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén. 

- Jesús, manso y humilde de corazón.
- Haz nuestro corazón semejante al tuyo.

Oremos. Omnipotente y sempiterno Dios, mira el Corazón de tu amado Hijo y las alabanzas y satisfacciones que te ofreció en nombre de los pecadores, y a los que imploramos tu misericordia concédenos el perdón, en nombre de tu mismo Hijo, Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío (3 veces)

7 de Agosto: Memoria Litúrgica de san Cayetano, presbítero


A San Cayetano se le conoce como el Santo de la Providencia, Patrono del pan y el trabajo. Fundó asociaciones llamadas "Montes de piedad" (Montepíos) que se dedicaban a prestar dinero a gente muy pobre con bajísimos intereses como una alternativa a los usureros. Fue contemporáneo de Lutero y su papel fue sumamente importante en la reforma católica. 

San Cayetano nació en Vicenza el año 1480. Estudió derecho en Padua y, después de recibida la ordenación sacerdotal, instituyó en Roma la sociedad de Clérigos regulares o Teatinos, con el fin de promover el apostolado y la renovación espiritual del clero. Esta sociedad se propagó luego por el territorio de Venecia y el reino de Nápoles. San Cayetano se distinguió por su asiduidad en la oración y por la práctica de la caridad para con el prójimo. Murió en Nápoles el año 1547.

Su padre, el Conde Gaspar de Thiene y su madre María di Porto. El padre murió cuando los dos hermanos eran muy pequeños. Su piadosa madre dio a sus hijos un admirable ejemplo.

Cayetano estudió 4 años en la Universidad de Padua donde se distinguió en la teología y se doctoró en derecho civil y canónico en 1504. Fue nombrado senador en Vicenza.

Estaba, sin embargo, decidido a seguir los estudios sacerdotales. Se trasladó a Roma en 1506. Decía que Dios le llamaba a realizar una gran obra. Al poco tiempo fue nombrado secretario privado del Papa Julio II. Ayudaba al Papa a escribir las cartas apostólicas. Conoció de cerca a cardenales y prelados. Se preparó durante 3 años para ser sacerdote. Fue ordenado en 1516, a los 36 años. Celebra su primera misa y queda sobrecogido por el don del que no se considera digno.

La Eucaristía

Implantó la bendición con el Santísimo Sacramento y promovió la comunión frecuente, en los 3 años que vivió en Venecia. Escribió: "No estaré satisfecho sino hasta que vea a los cristianos acercarse al Banquete Celestial con sencillez de niños hambrientos y gozosos, y no llenos de miedo y falsa vergüenza".

La cristiandad pasaba por un período de crisis. La corrupción debilitaba a la Iglesia. Cayetano era uno de los que más imploraban la verdadera reforma de vida y de costumbres dentro de la Iglesia. Repetía a menudo: "Cristo espera, ninguno se mueve".

Congregaciones bajo su patrocinio

Además de los teatinos —fundados directamente por san Cayetano— existe una congregación católica denominada Pia Societá San Gaetano (Pía Sociedad de San Cayetano), con sede principal en Vicenza, ciudad de donde era oriundo el santo, y que cuenta además con comunidades repartidas por varias partes del mundo como Albania, Argentina, Brasil, El Salvador, Guatemala, Paraguay, Mozambique e Italia.

En España, los clérigos regulares fundaron casas en Alcalá de Henares, Madrid (actual parroquia de san Cayetano), Barcelona, Palma de Mallorca, Salamanca y Zaragoza.

Fundó con el Beato Juan Marinoni los "Montes de Piedad" (como una alternativa a los usureros) para liberar de la miseria a los pobres y marginados. Esta obra fue aprobada poco antes del Concilio de Letrán. En sus últimos años de vida abrió hospicios para ancianos y fundó hospitales.

Su muerte

Cae enfermo en el verano de 1547. Los médicos le aconsejan poner un colchón sobre su cama de tablas, el respondió: "Mi salvador murió en la cruz; dejadme pues, morir también sobre un madero".

Murió en Nápoles a la edad de 77 años, el domingo 7 de agosto de 1547. Ocho años después de su muerte, el teatino Carafa fue elegido Papa, con el nombre Pablo IV, un auténtico reformador, aunque su pontificado fue muy impopular.

Cayetano fue canonizado en 1671 después que la comisión encargada terminara de examinar rigurosamente los numerosos milagros. Sus reliquias se encuentran en la iglesia de Santo Paolo, en Nápoles.

Oración a San Cayetano

Glorioso San Cayetano, aclamado por todos los pueblos padre de providencia porque socorres con grandes milagros a cuantos te invocan en sus necesidades: acudo a tu altar, suplicando que presentes al Señor los deseos que confiadamente deposito en tus manos.

(Aquí se expresan las gracias que se desea obtener)

Haz que estas gracias, que ahora te pido, me ayuden a buscar siempre el Reino de Dios y su Justicia, sabiendo que Dios, que viste de hermosura las flores del campo y alimenta con largueza las aves del cielo, me dará las demás cosas por añadidura. Amén.
"Felices los que tienen hambre y sed de Justicia,
porque serán saciados"

Oración de San Cayetano 

Dios de todo consuelo, Padre misericordioso, que ves 
en lo secreto y conoces nuestras necesidades, 
que alimentas a los pájaros del cielo y vistes los lirios 
del campo; te pedimos, por intercesión de San Cayetano, 
que nos des fuerzas para arrepentirnos de nuestros pecados,
de modo que, viviendo en amistad con Dios y con todos 
nuestros hermanos, no nos falte el pan y el trabajo de cada día. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén. 

Letanías de la Transfiguración del Señor




Señor, ten piedad de nosotros
Cristo, ten piedad de nosotros
Señor, ten piedad de nosotros

ten misericordia de nosotros.
Dios Padre Celestial,
Dios Hijo Redentor del mundo,
Dios Espíritu Santo Paráclito,

Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos
ten misericordia de nosotros.

Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, 
Palabra eterna y creadora,
Dios de Dios,
Luz de luz, 
Hijo del Padre de las luces,
Esplendor de la gloria del Padre,
Prez de la Luz paterna,
Generoso Dador del Espíritu Santo,
Luz verdadera que ha venido al mundo,
Luz a la que los suyos rechazaron,
Luz para iluminar a las naciones,
Luz que brilla en medio de las tinieblas, 
Día sin ocaso,

Sol de justicia,
Sol que naces de lo alto,
Sol que iluminas a los que viven en la oscuridad de la muerte,
Sol radiante de la Pascua,
Sol de vida nueva,

Mesías prometido por el Altísimo, 
Mesías implorado por los patriarcas,
Mesías anunciado por los profetas,
Mesías esperado por los pobres,
Mesías nacido de María Virgen, 

Deseado de las gentes,
Antorcha de la Nueva Jerusalén,
Fuego todopoderoso que consume todo vicio,
Tea incandescente de infinito amor,
Astro refulgente del Monte Tabor,

Jesús, transfigurado ante Pedro, Santiago y Juan,
Jesús transfigurado, resplandeciente con níveas vestiduras, 
Jesús transfigurado, reconocido como Mesías por Moisés y Elías,
Jesús transfigurado, testificado por el Padre de la gloria,
Jesús transfigurado, en Quien el Padre se complace,
Jesús transfigurado, a Quien el Padre nos manda escuchar,
Jesús transfigurado, nuevo Moisés y Supremo Legislador,
Jesús transfigurado, nuevo Elías, adorado por ardientes serafines,
Jesús transfigurado, preludio de la victoria pascual,
Jesús transfigurado, suma constelación de gracias,
Jesús transfigurado, manto viviente de los auténticos cristianos, 
Jesús transfigurado, sanación de los enfermos,
Jesús transfigurado, dulce compañía de los afligidos,
Jesús transfigurado, tesoro precioso de los pobres,
Jesús transfigurado, lámpara de los agonizantes, 
Jesús transfigurado, esperanza de las Almas del Purgatorio, 
Jesús transfigurado, único anhelo de los bienaventurados,
Jesús transfigurado, áurea corona de todos los santos,

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, escúchanos, Señor
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, 
ten piedad de nosotros

Oración
Señor Jesucristo, Lucero Eterno, engendrado antes que el alba y concebido como hombre en el tiempo: Tú que te transfiguraste en el Monte santo, socorre a los que peregrinamos a tientas en medio de las tinieblas de la hora presente; acrecienta nuestra fe en Ti, para que como Pedro, Santiago y Juan, seamos alcanzados por los rayos de tu gloria y podamos reflejarlos siempre y en todas partes. Que vives y reinas con tu Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Primer Jueves de Mes: Jueves Sacerdotal


El Jueves es el día tradicionalmente dedicado a recordar a los sagrados ministros de Dios al haber Nuestro Señor Jesucristo instituido el Jueves Santo el Sacerdocio juntamente con la Eucaristía. Práctica particularmente laudable es la de los Primeros Jueves de Mes, en el que se hacen especiales ejercicios de piedad para pedir por los sacerdotes y religiosos, así como por las vocaciones para que el Señor envíe operarios a su mies y extiendan su Reino en el mundo entero (por lo que también se elevan preces especialmente por los misioneros católicos).

El Sacerdocio está en función de la Misa y ésta, que es el sacrificio eucarístico, es el culmen de la vida espiritual del cristiano. De la Eucaristía dimana la eficacia de todos los demás sacramentos, por lo cual se la llama “magnum mysterium” o “mysterium fidei”, es decir, el gran sacramento, el sacramento o misterio de la Fe. El Sacerdocio, pues, es clave en la Iglesia. Los sacerdotes quiere San Pablo que sean considerados como: “ministros Christi et dispensatores mysteriorum Dei”. El sacerdote católico es, en razón de ello, sacrificador y santificador: ofrece la Santa Misa como sacrificio propiciatorio por vivos y difuntos y administra los Sacramentos, que son los medios ordinarios y seguros de la salvación.

El sacerdote tiene la gracia unitiva, que es la particular del sacramento del orden. Éste imprime en él un carácter indeleble y lo configura con Jesucristo para que actúe en su nombre y persona. Cuando el sacerdote ofrece su misa es Cristo quien ofrece; cuando absuelve de los pecados en el tribunal de la penitencia, es Cristo el que perdona. Ese carácter sacramental y esa configuración con Jesucristo hacen que el sacerdote no sea “un hombre como todos los demás”, sino que tenga un plus ontológico que lo distingue del resto de los hombres. Tras recibir la ordenación presbiteral, el nuevo sacerdote ya no es simplemente hombre, sino que es hombre-sacerdote.

De aquí se deduce que el sacerdocio ministerial es esencialmente distinto del sacerdocio común de todos los bautizados. No es una diferencia de grado, sino cualitativa y substancial. Y, como el sacerdote ordenado tiene un carácter indeleble que lo hace ontológicamente hombre-sacerdote, su ministerio implica una forma y estado de vida y no un ejercicio transitorio. No se puede ser, como hoy en día se pretende, una suerte de “sacerdote a tiempo parcial”, un simple funcionario de lo sagrado sujeto a nómina y a horarios. El sacerdote lo es las veinticuatro horas de cada día de su existencia aunque no se encuentre ejerciendo su sacerdocio. Y seguirá siendo sacerdote por toda la eternidad, ya sea que se salve o que tenga la desgracia de condenarse.

Sin los sacerdotes estaríamos desamparados espiritualmente. No tendríamos la misa ni los sacramentos, es decir que no dispondríamos de los medios ordinarios para salvarnos. La vida católica no podría desarrollarse normalmente sin ellos. Allí donde han faltado o faltan por diversas circunstancias (por falta de clero, por persecución, por abandono) los fieles sufren y languidecen espiritualmente, aunque ciertamente Dios no abandona a sus hijos. Por eso es tan importante rezar por las vocaciones y por la santificación y perseverancia del clero. Para que haya muchos sacerdotes que santifiquen al pueblo de Dios y lleven las almas al cielo. La santidad no es indispensable para que el sacerdote católico ejerza eficazmente su ministerio, ¡afortunadamente! Nuestra salvación no depende de la bondad o maldad de los sacerdotes, que no son sino los instrumentos a través de los cuales Jesucristo actúa: ya darán cuenta a Dios de su vida personal. Pero qué duda cabe que un sacerdote santo edifica, consuela y llama a la santidad.

El quinto precepto general de la Santa Madre Iglesia manda “contribuir al sostenimiento de la Iglesia de Dios” (antiguamente se decía “pagar los diezmos y las primicias”, que viene a ser lo mismo). Quiere decir que los fieles tenemos el deber de mantener el culto católico y a sus ministros, que es por quienes nos viene la gracia. Es natural, pues como dice San Pablo: “tiene el operario derecho a su salario” y los sacerdotes son los operarios de la viña del Señor. También dice el Apóstol de las Gentes que “quien sirve el altar que viva del altar”, por lo cual los sacerdotes, que son los ministros del altar tienen el derecho a vivir de él, del cual, por cierto, nos beneficiamos todos.

Ahora bien, contribuir al sostenimiento de la Iglesia se hace de dos maneras: material y espiritualmente. Se contribuye materialmente aportando dinero, bienes y trabajo en la medida de las posibilidades reales de cada quien. Debemos considerar siempre si en conciencia hacemos todo lo que podemos. Muchas veces no somos generosos con la Iglesia mientras somos capaces de gastarnos dinerales en caprichos, vicios o cosas superfluas. Tengamos siempre en cuenta que, como pasa con nosotros, los sacerdotes no viven del aire y que tienen necesidad de nuestra asistencia material. A cambio ellos nos dan los medios de salvación. Realmente, salimos ganando siempre porque los fieles les damos bienes perecederos, mientras ellos nos dan la posibilidad de ganar el bien duradero de la vida eterna.

Pero también espiritualmente podemos sostener a la Iglesia y a sus ministros: encargando misas, ofreciendo nuestras oraciones y difundiendo propaganda a favor de las vocaciones. En esta categoría de limosna entra la práctica de los Primeros Jueves de mes, en los cuales invertimos una pequeña parte de nuestro tiempo para orar por los sacerdotes, religiosos, vocaciones y misiones, es decir, para mantener vivo el organismo de nuestra religión. Acostumbrémonos a santificar los Jueves Sacerdotales ofreciendo en ellos nuestras preces y nuestros pensamientos, participando de las funciones que se organizan en las parroquias o desde casa si no podemos estar en ellas presentes. Es la mejor manera de preparar el Primer Viernes, consagrado al corazón Divino según el cual queremos que sean nuestros sacerdotes. También para preparar el Primer Sábado en honor del Corazón inmaculado de María, modelo de almas consagradas.

Ofrecemos unas cuantas sugerencias sobre el modo práctico de hacer el Jueves Sacerdotal:

1. Exposición del Santísimo Sacramento
2. Rosario meditado
3. Preces por los Sacerdotes, religiosos y religiosas
4. Preces para pedir vocaciones
5. Preces por las misiones
6. Reserva y bendición con el Santísimo Sacramento.
7. Misa votiva de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.


Oración del Venerable Pío XII por los sacerdotes

Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de vuestro dulcísimo Corazón nos habéis dado a nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que vuestra gracia inspira en nuestras almas; os suplicamos: venid y ayudadlos con vuestra asistencia misericordiosa.

Sed para ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que vuestra Palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de vuestra vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.

Concededles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen vuestra mayor gloria. Concededles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en vuestras manos la tarea bien cumplida, dadles, Jesús, Vos que fuisteis su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.

Preces litánicas por los sacerdotes

Respondemos: "Danos sacerdotes santos"

- Para que sea santificado tu nombre
- Para que venga a nosotros tu reino
- Para que tu voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo
- Para que no nos falte el pan espiritual de tu Palabra ni el Divino Pan Eucarístico cada día
- Para que en tu nombre perdonen nuestros pecados
- Para que nos enseñen a perdonar las ofensas
- Para que nos auxilien en la lucha contra las tentaciones
- Para que nos ayuden a librarnos del mal, sobre todo en la hora de la muerte

Oración del Venerable Pío XII
por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Jesús, Supremo Sacerdote y Pastor universal, que nos habéis enseñado a rezar diciendo: “Rogad al dueño de la mies que envíe operarios a su mies” (Mat. IX, 38), escuchad con benevolencia nuestras súplicas, y suscitad un gran número de almas generosas que, animadas por vuestro ejemplo y sostenidos por vuestra gracia, aspiren a ser los ministros y los continuadores de vuestro verdadero y único sacerdocio.

Haced que las trampas y calumnias del enemigo malo, secundado por el espíritu indiferente y materialista del mundo, no obscurezcan entre los fieles el sublime esplendor y la profunda estima debida a la misión de aquellos que, sin ser del mundo, viven en el mundo, para ser los dispensadores de los divinos misterios. Haced que, para preparar buenas vocaciones, continúen promoviéndose en la juventud la instrucción religiosa, la piedad sincera, la pureza de la vida y el cultivo de las ideas más elevadas. Haced que, para secundarles, la familia cristiana, consciente del honor que significa destinar al Señor a algunos de sus retoños, no deje nunca de ser un vivero de almas puras y fervorosas. Haced que no falten nunca en tu Iglesia extendida por todo el mundo los medios necesarios para acoger, favorecer, formar y llevar a término las buenas vocaciones que se le ofrecen. Y, a fin de que todo ello se convierta en realidad, oh Jesús, que deseáis tanto el bien y la salvación de todos, haced que el poder irresistible de vuestra gracia no cese de bajar del cielo de modo que numerosas almas reciban vuestra llamada silenciosa, os den una respuesta generosa y perseveren, en fin, en vuestro santo servicio.

¿Acaso no os aflige, oh Señor, la visión de tantas muchedumbres semejantes a ovejas sin pastor, sin nadie que parta para ellas el pan de vuestra Palabra y las sacie con el agua de vuestra gracia, quedando así a merced de los lobos rapaces, que las acechan sin cesar? ¿No sufrís al contemplar tantos campos en los que aún no ha penetrado la reja del arado y donde crecen espinas y abrojos sin que nadie les dispute el terreno? ¿No os apena considerar tantos de vuestros jardines ayer floridos y frondosos y hoy en peligro de marchitarse y volverse áridos? ¿Permitiréis que la mies ya madura se disperse y se pierda a falta de brazos para cosecharla?

Oh María, Madre purísima, de cuyas piadosísimas manos hemos recibido al más santo de todos los sacerdotes; oh glorioso Patriarca San José, ejemplo perfecto de correspondencia a la llamada divina; oh santos sacerdotes, que en el cielo formáis alrededor del Cordero de Dios un coro de predilección; obtenednos numerosas y santas vocaciones, a fin de que el rebaño del Señor, protegido y guiado por pastores vigilantes y solícitos, pueda alcanzar el dulcísimo pasturaje de la bienaventuranza eterna. Amén.


Oración por los misioneros

Corazón de Jesús, tended una mirada hacia las tierras de infieles y hacia los trabajos de los misioneros, quienes, por vuestro amor y por el de las almas, tan preciosas para Vos, han abandonado su casa, su patria y sus afectos más íntimos. Bendecid sus trabajos y concededles la gracia de repartir el pan de la divina Palabra entre los mendigos de la Verdad. Hacedles sentir que Vos estáis con ellos en sus trabajos y preocupaciones, y dadles la gracia de perseverar hasta el fin en la vida de abnegación para la que los habéis escogido. Sagrado Corazón de Jesús, por amor de vuestra misma gloria, proteged y haced fructificar los esfuerzos de vuestros misioneros. Amén.

6 de Agosto: Fiesta de la Transfiguración del Señor


El 6 de agosto se celebra la fiesta de la Transfiguración de Cristo, un gran evento, donde, por segunda ocasión, Dios Padre proclama a Jesús como su Hijo unigénito muy amado. Al resplandecer frente a Pedro, Santiago y Juan, en el Monte Tabor, Cristo reveló su gloria divina a los discípulos y fortaleció su fe antes de la Pasión.

El episodio de la vida de Cristo relatado por los Evangelios sinópticos manifiesta la divinidad de la Palabra de Dios que vino a habitar entre los hombres. 

En un monte alto, alejado, el rostro de Cristo comienza a resplandecer como el sol, mientras sus vestiduras se vuelven blancas como la luz (Mt 17, 2). Con Él están los apóstoles principales: San Pedro, cabeza de la Iglesia; Santiago, el primer apóstol mártir; San Juan, el discípulo a quien Jesús amaba (Lc 9, 28).

Testigos de la gloria de su Maestro, los apóstoles también reconocen a Moisés y Elías que hablan con Cristo en majestad. Estas dos figuras simbolizan la Ley y los Profetas, y la profunda unidad entre el Antiguo Testamento y la realidad mesiánica que se cumple en el Nuevo.

Como explica san León Magno: "Todo lo que se usaba para dar testimonio en la antigüedad se encuentra en la enseñanza del Evangelio. Las páginas de ambos pactos se confirman mutuamente, y a aquél, que los antiguos símbolos habían prometido bajo el velo del misterio, el resplandor de su gloria lo muestra manifiesto y cierto. Porque, como dice San Juan, "la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos llegaron por medio de Jesucristo", en quien se cumplieron tanto la promesa de las figuras proféticas como el sentido de los preceptos de la ley. Porque por su presencia enseña la verdad de la profecía, y por su gracia hace posible la práctica de los mandamientos".

Ésta es la gloria de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que es celebrado por la liturgia para animar al pueblo cristiano a no temer los sufrimientos y las cruces de esta vida. Es a este precio que la recompensa de la vida eterna y la bienaventuranza del Cielo se ganan.

Fue el Papa Calixto III quien extendió la fiesta de la Transfiguración como solemnidad a toda la Iglesia. De hecho, la noticia de la victoria de Belgrado llegó a Roma el 6 de agosto de 1456.

Después de la caída de Constantinopla en 1453, el sultán Mehmet II sitió Belgrado. Gracias a las heroicas acciones de las tropas de Michel Szilágyi y al contraataque encabezado por Jean Huniade, por no hablar de la decisiva acción del legado del Papa, San Juan de Capistrano, esta victoria decidió el destino de la Cristiandad frenando la invasión de la corriente del islamismo.