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--------------------------------------------- San Martin de Tours y La Virgen de los Buenos Aires / La Inmaculada Concepción y San Ponciano | Patronos de la Ciudad de Buenos Aires / Patronos de la Ciudad de La Plata -----------------------

Mes de Julio dedicado a la Virgen del Carmen - Día 10°



DIA X

Por la señal de la santa cruz. Señal de la Cruz.

Oración inicial

Madre mía amantísima del Carmen, aquí vengo a vuestra presencia con el más profundo respeto y veneración a ofreceros el ejercicio de este día, que consagro a vos por haberme admitido, a mí, el más miserable de los hombres, entre vuestros hijos predilectos los Carmelitas, para favorecerme con vuestra especial protección y amor. Yo os doy miles de gracias por ello, Madre mía, y os suplico que iluminéis mi entendimiento e inflaméis los efectos de mi corazón, para hacer con verdadero fruto este ejercicio, a fin de que merezca ser recibido por vos como un obsequio de vuestro hijo. Amén.

Aparición y promesa de la Virgen del Carmen a San Pedro Tomás

I

Una de las gracias más grandes y menos conocida que la Virgen Santísima ha hecho a su predilecta Orden carmelitana, es la revelación y promesa que la misma hizo a San Pedro Tomás.
Este santo Carmelita, Patriarca de Constantinopla y Legado de los Pontifices y Emperadores, tenia un amor grande a su religión y una devoción ardentisima a su Patrona y Madre especial, la Virgen María del Carmen.
Pasaba las noches en oración y con fervorosos suspiros pedía a su amantísima Madre por la conservación y aumento de aquella Orden que tan graciosamente había querido distinguir con su especial protección y amparo. Una noche, que era la de Pentecostés, encendido con nuevos fervores y rogando con más instancia y más suspiros a la Virgen del Carmen Madre, a quien confiaba todas sus penas, se le apareció la Santísima Virgen y le consoló con estas dulces palabras: Confia, Pedro, que la religión de los Carmelitas durará hasta el fin del mundo, pues ya lo alcanzó de mi Hijo, Elías su institutor en el monte Tabor. ¡Qué consuelo tan grande para aquel Carmelita tan amante de su religión! iY qué gracia tan singular hecha a esta Orden de María!
Esta gracia, aunque dice María que Elías, fundador de la Orden, la alcanzó de su Hijo en el Tabor, cuando la Transfiguración del Señor, no cabe duda de que fué concedida por los méritos y para gloria de María, pues no quiso Dios que siendo esta orden obra de su Madre, concluyese como las demás, y concediéndole la gracia de su duración perpetua, le daba a su Madre una gloria perenne en la tierra, haciendo que haya siempre Carmelitas que le den gloria y honor. De suerte que es gracia de María, aunque procediese de Dios, porque sus méritos y su amor a la Orden movieron a la Misericordia Divina; por eso se encarga ella misma de anunciarla a los Carmelitas,como privilegio alcanzado por ella para su familia.
¿ No es esta una como gloria bien singular y extraordinaria de la Orden Carmelitana? ¿No es este un nuevo prodigio del amor entrañable que María tiene á los Carmelitas? ,¿Quién puede gloriarse con semejante favor? Sólo la Orden del Carmen, que tiene la especial protección y amor de María unirá en los últimos días las alabanzas y le tributa en la tierra las eternas misericordias que le cantará en el cielo.

II

Aqui tienes, alma mia, un nuevo motivo que te obliga a dar gracias a tu amantisima Madre, que no cesa de conceder privilegios y favores a su amada religión del Carmen; aprende aqui, a ejemplo de este Santo Carmelita, a acudir con fervor y constancia a la Virgen del Carmen en todas tus necesidades con el afecto de un verdadero hijo, a depositar en ella todas las penas de tu corazón, y a pedirle que conserve y aumente esta sagrada religión del Carmen, de la que eres miembro, que tanta gloria le da en la tierra; que toque los corazones de los fieles para que vistan su santo Escapulario, entren en su hermandad y filiación, y se aumente asi el número de sus hijos. Y si alcanzó para su Orden la gracia de su duración perpetua, también alcanzará para ti de su Hijo, esta buena Madre, si acudes a Ella con fervor, la posesión eterna de la gloria, que es nuestro fin principal y el último al que deben dirigirse todas nuestras acciones; porque una cosa sola es necesaria, la salvación del alma; y esta salvación, esta posesión eterna de la gloria nadie te la alcanzará mejor que María, porque ninguna gracia, dice San Bernardo, viene del Cielo, si no pasa por las manos de María: de aquí que nadie puede entrar en la gloria, según San Buenaventura, si no es por la ayuda de María, porque ella dispensa con propias manos todos los dones, virtudes y gracias a quienes quiere, cuando quiere y como quiere.
Acude, pues, a esta santísima Madre, y no te olvides de pedirle por el aumento y conservación de esta religión, de cuya gloria y de cuyos méritos participas, para que perpetuamente sea Ella glorificada en la tierra por sus hijos los Carmelitas, en quienes halla su corazón todas sus complacencias. Pero no basta la oración; debes trabajar cuanto esté de tu parte para que otros gocen de tanto bien como es la filiación de María, y con ello será tu Madre más glorificada.

Oración final

Gloriosísima Virgen, Reina de los Ángeles, Madre de Dios y de los Carmelitas, María Santísima, yo el más indigno de vuestros hijos acudo a vuestras plantas con el afecto que me inspira vuestro amante corazón y la confianza que me da en santo escapulario, prenda vuestra riquísima y señal de mi salvación, para presentaros las suplicas y afectos que mi corazón ha formado en este día en obsequio vuestro para más amaros y mejor serviros. Vos como Madre de Dios y dispensadora de todas las gracias del cielo, todo lo podéis, y como Madre amante y especial de los que visten vuestro santo escapulario, no os negareis a recibir mis pobres suplicas y alcanzarme el remedio de mis necesidades, la gracia de que mi alma os ame y sirva cada día mas durante mi vida y después merezca ser ayudado de vos en la hora de mi muerte.

Pídase ahora con toda confianza la gracia que se desea alcanzar de la Virgen del Carmen.

EJEMPLO

Vivia en Medina del Campo el Venerable Francisco Yepes, hermano de Nuestro Padre San Juan de la Cruz y terciario de Nuestra Señora del Carmen, y habiendo sido llamado con mucha prisa en una ocasión, al salir se olvidó del santo Escapulario. Estaba cerca de Olmedo, cuando al ir a acostarse advirtio que le faltaba el Escapulario, y afligido grandemente, pidió perdón a la Virgen de su inadvertencia.
Cansado del viaje se durmió, al despertar la mañana siguiente, halló cerca de si el santo Escapulario, y admirado y dirigiendose a la Virgen la dijo: "¿Qué es es esto, Señora, que en lugar del castigo que merece mi negligencia me habéis hecho un tal favor? Yo, hijo, le respondió amorosamente la Virgen, lo he traído de Medina donde sin acordarte lo has dejado.

En otra ocasión, al despojarse el mismo Venerable Francisco Yepes, se le rasgó el Escapulario de tal manera, que quedó hecho dos pedazos. Afligido, por no tener entonces con qué componerlo, asi roto se lo colgó en cuello y se durmió. Al despertar el día siguiente, encontró el Escapulario cosido y arreglado, y para que no dudase que era María su Madre quien habia hecho un oficio tan caritativo con él, le dijo la misma Virgen: " Yo, hijo, lo he cosido y arreglado. Procura que muchos le vistan, que por el placer que me dan los que le visten y guardan con devoción, yo a estos tales les premiaré a su tiempo." Sirvieron estas palabras para enseñarle y enfervorizarle para nunca dejar esta Insignia de María y para enseñarnos a nosotros el placer que tiene la Madre de Dios de que vistan su santo Escapulario del Carmen, y se aumente por nuestra solicitud y trabajo el número de sus devotos.

Obsequio. Procurar inducir A algunos a que vistan el santo Escapulario del Carmen, conforme a los deseos de María nuestra buena Madre.

Sentencia. El que sirve a esta Reina está seguro de conseguir el Paraíso, como si estuviera en él. (Guerrico Abad.)

Oremus.
Deus, qui Beatissimae semper virginis, et genitricis tuae Mariae singulari titulo Carmeli ordinem decorasti: concede propitius, ut cujus hodie commemorationem solemni celebramus officio, ejus muniti presidiis ad gaudia sempiterna pervenire mereamur. Qui vivis, et regnas in secula seculorum. Amen.

Novena a los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María



Del 17 al 25 de Julio: se reza la Novena 
en honor a los santos padres de la 
Virgen Inmaculada. 

Señal de la Santa Cruz. Señal de la Cruz. 

Acto de contrición. Pésame Dios mío...

Oración Inicial 

¡Oh dignísimos abuelos de Cristo, Joaquín y Ana! 
Yo, miserable pecador, tengo grandísima confianza en vuestros méritos y seguro amparo, sabiendo que nada os negarán vuestro nieto e hija, Jesús y María. Y pues al presente me hallo con un singular anhelo y grave necesidad, he propuesto eficazmente implorar vuestro patrocinio, durante esta Novena, ofreciendo cada día alguna devoción a honra vuestra, para que por vuestra intercesión consiga yo el consuelo que deseo de la divina misericordia, siendo mi fin principal y lo que sinceramente pretendo, la mayor gloria de Dios y la salvación de mi alma. Quiera Su Divina Majestad, por vuestros altos merecimientos, escuchar piadosa mis ruegos, permitir que después de esta Novena logre yo lo que en ella fervorosamente le pido. Amén.

PRIMER DÍA 

Oración. ¡Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el jubilo que sentisteis cuando el arcángel Gabriel os reveló la cercanía del deseado Mesías y de vuestro casamiento; por esto os suplico me alcancéis de Dios lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

SEGUNDO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el sumo gozo que tuvisteis cuando se cumplió vuestro santo casamiento; y por él os suplico me alcancéis de Dios paciencia en mis aflicciones y sosiego espiritual del alma, con lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

TERCER DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el consuelo con que oísteis del arcángel Gabriel el término de vuestra esterilidad y la elección para ser padres de María Santísima; por él os suplico alentéis mi triste corazón y me alcancéis piedad de vuestro dulcísimo nieto Jesús, con lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

CUARTO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana! el regocijo que os causó la Concepción Purísima de María; y por él os suplico me alcancéis de Dios gracias para servirle, según la obligación, de mi estado, y lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

QUINTO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el contento con que visteis nacida a María Santísima, hija vuestra, y por él os suplico me alcancéis de Dios una perfecta resignación a su divina Providencia, y lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

SEXTO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el alivio que recibisteis teniendo en vuestros brazos a, María Santísima; y por él os suplico me alcancéis de Dios un verdadero dolor de todas mis culpas, y lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

SÉPTIMO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana, el gusto con que ofrecisteis a vuestra hija en el Templo al servicio de Dios, y por él os suplico me alcancéis de su Divina. Majestad un sincero amor suyo, y lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

OCTAVO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, la gloria que os colmó cuando el arcángel Gabriel os reveló que de vuestra Hija Santísima nacería el deseado Mesías; por ella os suplico me alcancéis de él una ardiente caridad del prójimo y lo que pido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

NOVENO DÍA 

Oración. Os recuerdo, ¡ oh dichosísimo par, Joaquín y Ana!, el júbilo, gozo, consuelo, regocijo, contento, alivio, gusto y gloria inefable con que al presente estáis viendo para siempre a sus dulcísimos nieto e hija, Jesús y María; por esta dicha os suplico me alcancéis una muerte feliz en gracia suya, y lo que he pedido en esta Novena.

Petición. Tres Padrenuestros y Avemarías.

Con humilde y devoto corazón llego hoy por la primera (segunda, tercera etc.) vez a vuestra presencia, ¡oh gloriosísimos abuelos de Jesucristo, Joaquín y Ana: confiado os suplico seáis mis fieles intercesores para con Dios, a fin de que por vuestras heroicas virtudes me conceda lo que tanto deseo y vos no ignoráis. ¡Oh dichosísimo par, Joaquín y Ana, grandísima es la confianza que en vos tengo, creyendo que el clementísimo Dios no podrá negarse a mis instancias si os dignáis de patrocinarlas y recomendarlas con una sola palabra, pues a medida de la soberana honra con que el eterno Padre os ha ensalzado entre todos los demás santos para dignísimos abuelos de su Unigénito, será en el trono de su misericordia poderoso vuestro amparo, y dichosos vuestros devotos! Si el Hijo os aventajó, hasta admitiros por gloriosos padres de su Madre Santísima no puede dejar de escucharos ahora en el cielo, cumpliendo vuestras intercesiones; y si el Espíritu Santo os ha reconocido por tan rectos, que entre todos los justos de la ley antigua os escogió por manantiales de la gracia, ¿cómo os rehusará la que ahora pidiereis para mí, pobre pecador? Y finalmente, si la Santísima Trinidad os ha honrado en la tierra, más que a otros santos, sin duda ahora en el cielo querrá complaceros y acceder a vuestra súplica. Por esto vivo seguro, ¡oh santos protectores míos, Joaquín y Ana! de que rogando vos por mí infaliblemente, seré consolado en mi trabajo. Oidme, piadosos abogados míos, y rogad a Dios por mí. Llegad confiados al trono de la Santísima Trinidad, representando mi aflicción con palabras lastimosas, y lo que merecisteis en la tierra, y pedidle por su infinita bondad que tenga misericordia de mí. ¡Oh amantísimos, benignísimos y clementísimos patronos míos, Joaquín y Ana, oid mi oración, alcanzándome lo que pido; proponed mí necesidad! Os la encomiendo de lo más profundo de mi corazón y ruego que os acordéis piadosísimamente de ella. Hablad a vuestro dulcísimo Nieto una sola palabra cariñosa por mí, diciendo:
Amantísimo Jesús, en nuestra contemplación apiadáos de ese humilde pecador, y concededle lo que tan fielmente solicita. Escuchadle por la mucha confianza que en nosotros tiene puesta, sin permitir que se vaya desconsolado.

17 de Julio: Memoria Litúrgiica de las beatas mártires de Compiégne



La fiesta de Nuestra Señora del Carmen de 1794, celebrada en una horrible cárcel de París, tuvo augurios de sangre y de gloria para las monjas carmelitas descalzas del monasterio de Compiègne. Al día siguiente, las dieciséis hijas de Santa Teresa, novicia incluida, iban a ser conducidas a la guillotina por el crimen de ser católicas, “fanáticas” en el lenguaje revolucionario.

Hacía siglo y medio que las carmelitas descalzas de Amiens habían fundado en Compiègne, una ciudad de Oise. La fundación data de 1641, cuando hacía 37 años que había llegado a Francia para iniciar la reforma la Beata Ana de San Bartolomé con Ana de Jesús y otras cuatro monjas españolas.

Al estallar la revolución (1789), las monjas rehusaron despojarse de su hábito carmelita, y cuando los disturbios fueron aumentando, entre junio y septiembre de 1792, siguiendo una inspiración que tuvo la priora Beata Teresa de San Agustín, todas se ofrecieron al Señor en holocausto para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su amado Hijo, fuese devuelta a la Iglesia y al Estado. El acto de consagración, emitido incluso por dos religiosas ancianas que al principio se habían asustado ante el solo pensamiento de la guillotina, se convirtió en ofrecimiento diario hasta el día del martirio, dos años después.
 
La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía que los religiosos fueran considerados como funcionarios del Estado. Deberían prestar juramento a la Constitución y sus bienes serían confiscados. Era el año 1790. Miembros del Directorio del distrito de Compiègne, cumpliendo órdenes, se presentaron el 4 de agosto de aquel año en el monasterio a hacer inventario de las posesiones de la comunidad. Las monjas tuvieron que dejar sus hábitos y abandonar su casa. Cinco días después, obedeciendo los consejos de las autoridades, firmaron el juramento de Libertad-Igualdad. Los religiosos que se negaban a firmarlo eran deportados.
 
Después fueron separadas. Hicieron cuatro grupos y vivían en distintos domicilios, pero continuaron practicando la oración y entregándose a la penitencia como antes.
 
La regularidad y el orden de su vida, que reproducía todo lo posible en tales circunstancias la vida y horario conventuales, fueron notados por los jacobinos de la ciudad. En ello encontraron motivo suficiente para denunciarlas al Comité de Salud Pública, cosa que hicieron sin pérdida de tiempo.
 
El régimen del terror estaba oficialmente establecido en Francia y había llegado en aquellos momentos al más alto nivel imaginable. El rey había sido ejecutado y el Tribunal Revolucionario trabajaba sin descanso enviando cientos de ciudadanos sospechosos a la muerte.
 
La denuncia de las carmelitas decía que, pese a la prohibición, seguían viviendo en comunidad, que celebraban reuniones sospechosas y mantenían correspondencia criminal con fanáticos de París.
 
Convenía presentar pruebas, y con ese objeto se efectuó un minucioso registro en los domicilios de los cuatro grupos. El Comité encontró diversos objetos que fueron considerados de gran interés y altamente comprometedores. A saber: cartas de sacerdotes en las que se trataba bien de novenas, de escapularios, bien de dirección espiritual. También se halló un retrato de Luis XVI e imágenes del Sagrado Corazón. Todo ello era suficiente para demostrar la culpabilidad de las monjas. El Comité, pues, redactó un informe en el que explicaba cómo, “considerando que las ciudadanas religiosas, burlando las leyes, vivían en comunidad”, que su correspondencia era testimonio de que tramaban en secreto el restablecimiento de la Monarquía y la desaparición de la República, las mandaba detener y encerrar en prisión.
 
El 22 de junio de 1794 eran recluidas en el monasterio de la Visitación, que se había convertido en cárcel. Allí esperaron la decisión final que sobre su suerte tomaría el Comité de Salud Pública asesorado por el Comité local. Entonces acordaron retractarse del juramento prestado antes, “prefiriendo mil veces la muerte mejor que ser culpables de un juramento así”. Esta resolución las llenó de serenidad. Cada día aumentaba el peligro, pero ellas se sentían más fuertes. Continuaban dedicadas a orar y, gracias a estar en prisión, podían hacerlo juntas, como cuando estaban en su convento. Ya no se veían obligadas a ocultarse y ello les procuraba un gran alivio.
 
Transcurridos unos días, justamente el 12 de julio, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París. El cumplimiento de tales órdenes fue exigido en términos que no admitían demora. No hubo tiempo para que las hermanas tomaran su ligera colación ni cambiaran su ropa, que estaba mojada porque habían estado lavando. Las hicieron montar en dos carretas de paja y les ataron las manos a la espalda. Escoltadas por un grupo de soldados salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, antesala de la guillotina y abarrotada de sacerdotes y laicos cristianos igualmente condenados.
 
Nadie ayudó a las monjas a descender de los carros al final del viaje. A pesar de sus ligaduras y de la fatiga causada por el incómodo transporte, fueron bajando solas. Una de las hermanas, sin embargo, enferma y octogenaria, Carlota de la Resurrección, impedida por las ataduras y la edad, no sabia cómo llegar al suelo. Los conductores de las carretas, impacientados, la cogieron y la arrojaron violentamente sobre el pavimento. Era una de las religiosas que dos años antes había sentido miedo ante el pensamiento de una muerte en el patíbulo y había dudado antes de ofrecerse en sacrificio. Pero en este momento era ya valiente y, levantándose maltrecha, como pudo, dijo a los que la habían maltratado:
 
“Créanme, no les guardo ningún rencor. Al contrario, les agradezco que no me hayan matado porque, si hubiera muerto, habría perdido la oportunidad de pasar la gloria y la dicha del martirio”.
 
Como si nada hubiese ocurrido, en la Conserjería prosiguieron su vida de oración prescrita por la regla. No se dejaban perturbar por los acontecimientos. Testigos dignos de crédito declararon que se las podía oír todos los días, a las dos de la mañana, recitar sus oficios.
 
Su última fiesta fue la del 16 de julio, Nuestra Señora del Carmen. La celebraron con el mayor entusiasmo, sin que por un instante su comportamiento denotase la menor preocupación. Por la tarde recibieron un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario. La noticia no les impidió cantar, sobre la música de La Marsellesa, unos versos improvisados en los que expresaban al mismo tiempo fe en su victoria, temor y confianza, y que se conservan en el convento de Compiègne.
 
Ante el Tribunal escucharon cómo el acusador público, Fouquier-Tinville, las atacaba durísimamente: “Aunque separadas en diferentes casas, formaban conciliábulos contrarrevolucionarios en los que intervenían ellas y otras personas. Vivían bajo la obediencia de una superiora y, en cuanto a sus principios y sus votos, sus cartas y sus escritos son suficiente testimonio”.
 
Fueron sometidas a un interrogatorio muy breve y, sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas, culpables de organizar reuniones y conciliábulos contrarrevolucionarios, de sostener correspondencia con fanáticos y de guardar escritos que atentaban contra la libertad. Una de las monjas, sor Enriqueta de la Providencia, preguntó al presidente qué entendía por la palabra “fanático” que figuraba en el texto del juicio, y la respuesta fue:
 
“Entiendo por esa palabra su apego a esas creencias pueriles, sus tontas prácticas de religión”.
 
Era su amor a Dios , su fidelidad a los votos y a la religión lo que las hacía merecedoras de la pena capital.
 
Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono derrocado, hoy plaza de la Nación. En el trayecto la gente las miraba pasar demostrando diversidad de sentimientos, unos las injuriaban, otros las admiraban. Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.
 
Una joven novicia, sor Constanza, se arrodilló delante de la priora, con la naturalidad con que lo hubiera hecho en el convento y le pidió su bendición y que le concediera permiso para morir. Luego, cantando el salmo Laudate Dominum omnes gentes, subió decidida los escalones de la guillotina. Una tras otra, todas las carmelitas repitieron la escena. Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de ser guillotinadas. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo. Así realizó lo que ella solía decir: “El amor saldrá siempre victorioso. Cuando se ama todo se puede”.
 
Era el día 17 de julio de 1.794 por la tarde.
 
Prevaleció un silencio absoluto durante todo el tiempo en que los ejecutores seguían el procedimiento. Las cabezas y los cuerpos de las mártires fueron enterrados en un pozo de arena profundo de casi nueve metros cuadrados en el cementerio parisino de Picpus. Como este pozo de arena fue el receptáculo de los cuerpos de 1298 víctimas de la Revolución, parece no haber muchas esperanzas de recuperar sus reliquias. Una placa de mármol con el nombre de las mártires y la fecha de su muerte figura sobre la fosa y en ella hay grabada una frase latina que dice: Beati qui in Domino moriuntur. Felices los que mueren en el Señor.

Bendición Solemne de la Solemnidad de Ntra. Sra. del Carmen



- El Señor esté con ustedes.
- Y con tu Espíritu. 

- Dios, Padre de bondad, llene de gozo
sus vidas al celebrar solemnemente la fiesta 
de la Santísima Virgen María del Monte Carmelo. Amén.

- Que El conceda a quienes llevan el Santo Escapulario
del Carmen la gracia de meditar y proclamar 
la Palabra a imitación de la Virgen María. Amén.

- Que El les haga sentir la protección materna de 
la Virgen María, en la hora de la muerte para que, 
purificados del pecado, gocen eternamente 
de su compañía. Amén.

- Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre. Amén. 

Bendición Solemne que puede ser utilizada en las Misa del 16 de Julio
Memoria Litúrgica de Ntra. Sra. del Carmen. 

Prefacio Propio de la Solemnidad de Ntra. Sra. del Carmen



PREFACIO DE LA BIENAVENTURADA 
VIRGEN MARÍA DEL MONTE CARMELO 

- El Señor esté con ustedes 
- y con tu Espíritu.

- Levantemos el corazón 
- Lo tenemos levantado hacia el Señor.

- Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
- Es justo y necesario. 

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación 
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria
en la solemnidad de la Bienaventurada y siempre
Virgen María.

Unida íntimamente al misterio de Cristo
no cesa de ser Madre de nuevos hijos en la Iglesia
y con su ejemplo los guía 
a seguir el camino de la caridad perfecta. 

Ella, con su afecto maternal 
y el encanto de sus virtudes,
ha suscitado en la Iglesia a la Orden del Carmelo
y le ha dado en el Escapulario un signo de su protección.

Ella es el modelo de la vida consagrada 
al servicio de Cristo, en la contemplación 
de la Palabra y en la entrega generosa a los hermanos. 

Por este don inmenso de tu amor te damos gracias 
y proclamamos tus grandezas cantando con los ángeles: 

Santo, Santo, Santo ... 

Jueves Eucarístico



ORACIÓN PARA UNA VISITA

¡Oh Jesús de mi alma, encanto único de mi corazón!, heme aquí postrado a tus plantas, arrepentido y confuso, como llegó el hijo pródigo a la casa de su padre. Cansado de todo, sólo a Ti quiero, sólo a Ti busco, sólo en Ti hallo mi bien. Tú, que fuiste en busca de la Samaritana; Tú, que me llamaste cuando huía de Ti, no me arrojarás de tu presencia ahora que te busco.

Señor, estoy triste, bien lo sabes, y nada me alegra; el mundo me parece un desierto. Me hallo en oscuridad, turbado y lleno de temor e inquietudes...; te busco y no te encuentro, te llamo y no respondes, te adoro, clamo a Ti y se acrecienta mi dolor. ¿Dónde estás, Señor, dónde, pues no gusto las dulzuras de tu presencia, de tu amor?

Pero no me cansaré, ni el desaliento cambiará el afecto que me impulsa hacia Ti. ¡Oh buen Jesús! Ahora que te busco y no te encuentro recordaré el tiempo en que Tú me llamabas y yo huía... Y firme y sereno, a despecho de las tentaciones y del pesar, te amaré y esperaré en Ti.

Jesús bueno, dulce y regalado padre y amigo incomparable, cuando el dolor ofusque mi corazón, cuando los hombres me abandonen, cuando el tedio me persiga y la desesperación clave su garra en mí, al pie del Sagrario, cárcel donde el amor te tiene prisionero, aquí y sólo aquí buscaré fuerza para luchar y vencer.

No temas que te abandone, cuando más me huyas, más te llamaré y verteré tantas lágrimas que, al fin, vendrás... Sí..., vendrás, y al posarte, disfrutaré en la tierra las delicias del cielo.

Dame tu ayuda para cumplir lo que te ofrezco; sin Ti nada soy, nada puedo, nada valgo... Fortaléceme, y desafiaré las tempestades.

Jesús, mío, dame humildad, paciencia y gratitud, amor..., amor, porque si te amo de veras, todas las virtudes vendrán en pos del amor.

Te ruego por los que amo... Tú los conoces, Tú sabes las necesidades que tienen; socórrelos con generosidad. Acuérdate de los pobres, de los tristes, de los huérfanos, consuela a los que padecen, fortalece a los débiles, conmueve a los pecadores para que no te ofendan y lloren sus extravíos.

Ampara a todos tus hijos, Señor, más tierno que una madre.

Y a mí, que te acompaño cuando te abandonan otros, porque he oído la voz de la gracia; a mí, que no te amo por el cielo, ni por el infierno te temo; a mí, que sólo busco tu gloria y estoy recompensado con la dicha de amarte, auméntame este amor y dadme fortaleza para luchar y obtener el apetecido triunfo.

Adiós, Jesús de mi alma salgo de tu presencia, pero te dejo mi corazón; en medio del bullicio del mundo estaré pensando en Ti, y a cada respiración, entiende. oh Jesús, que deseo ser tuyo. Amén.

Monseñor Héctor Aguer: "La grieta en la Iglesia"



En la Argentina actual suele usarse el nombre de grieta para caracterizar la situación política, las divergencias ideológicas entre partidos o sectores de la sociedad, y la discordia, que torna imposible, o muy difícil de lograr, cualquier acuerdo o entendimiento. En realidad, son males ancestrales en nuestra historia. El nombre empleado, asumido por los comentaristas como un término técnico es por demás elocuente. La grieta es, por definición, la «quiebra o abertura que se hace naturalmente en cualquier cuerpo sólido»; es una rotura o hendidura que, aunque no llega a dividir del todo, implica pérdida o menoscabo. Así ocurre en el cuerpo social; por eso principalmente el país se empantana en el subdesarrollo. La grieta es todo lo contrario de la solidaridad, de la amistad social.

El fenómeno señalado se verifica también en la Iglesia, en las comunidades cristianas, y asimismo en este ámbito sucede desde los inicios. Me permito unas pocas referencias bíblicas. El menoscabo es doble, del orden de la fe y del de la caridad. Un caso bien notorio es el de la Iglesia de Corinto, tal como aparece en las dos cartas del Apóstol Pablo. Este reprueba severamente las discordias, por ejemplo: «En el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo»; es decir, que digan todos lo mismo (tò autò légete pántes, que digan y piensen lo mismo); «que no haya divisiones (sjísmata, cismas) entre ustedes y vivan en perfecta armonía», con el mismo pensamiento, manera de ver, sentimiento (nóos) y el mismo juicio o convicción (gnōmē), 1 Cor 1, 10.

Pablo registra la gravedad de los hechos: «Cada uno afirma: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo» (1 Cor 1, 12). Dios ha dispuesto otra cosa para la Iglesia: «Que no haya división -sjísma- y que todos los miembros del cuerpo sean mutuamente solidarios», literalmente: que se preocupen, tengan la misma solicitud -merimnōsin- los unos por los otros. La vida cristiana descarta los arrebatos, la agitación interior que infla el alma, la irritación, el resentimiento y la cólera (1 Tim 2, 8: joris orges kài dialogismoû); el ideal es vivir en paz unos con otros (1 Tes 5, 13: eirenéute en heautôi); ser pacientes con todos (ib. 14: makrothyméite pròs pántas), ayudarse mutuamente a llevar las cargas (Gál 6, 1-2: allelon tà báre bastádzete), y corregir con dulzura (ib. en pnéumati praÿtetos, con espíritu de suavidad).

 Todas estas actitudes son posibles, y se hacen necesarias, como aplicación y vivencia de una fe que se comparte unánimemente; los pastores de la Iglesia deben cuidar esa identidad de la fe, como servidores de Cristo, que alimentan con las enseñanzas de la fe y de la buena doctrina (1 Tim 4, 6: tes kalés didaskalías), rechazando los mitos ridículos, cuentos de viejas (ib. 7: graodeis mýthous). La exhortación del Apóstol a su discípulo Timoteo vale para todos los tiempos: «... arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y afán de enseñar» (2 Tim 4, 2: en páse makrothymía kái didajé). Sigue una profecía, cumplida reiteradamente en la historia de la Iglesia: «Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina -tes hyglainoúses didaskalías-, por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas» -mýthous- (2 Tim 4, 2-4). ¡Una excelente descripción de las herejías y, en general, de los errores que dan la espalda a la gran tradición eclesial!. San Vicente de Lerins señalaba que los herejes no sólo no veneran la antigüedad, sino que se apegan a la novedad con todas sus fuerzas; con espíritu de disensión pretenden dar a la Iglesia un aspecto nuevo. Por eso concluía: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

No es arbitrario considerar que la grieta actual de la Iglesia está íntimamente relacionada con las proyecciones del Concilio Vaticano II. Leyendo las discusiones de los Padres en el aula se advierte la contraposición de dos tendencias. Sin embargo, los documentos conciliares fueron aprobados por una casi unanimidad. En la votación final de cada uno de ellos, los votos negativos fueron, según los casos, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 11, 14, 19, 35, 39, 70, 75, 164. El día de la conclusión de la Asamblea, cuando se aprobaron los últimos cuatro documentos, se desencadenó un momento de alegría en el que todos se abrazaban emocionados. Sin embargo, las divergencias que se notaron claramente en el aula conciliar, reaparecieron en el posconcilio. La invocación de un supuesto «espíritu del Concilio» inspiró toda clase de arbitrariedades en materia dogmática, moral, espiritual y de doctrina social. Pablo VI señaló que se trataba de una crisis de fe, y procuró hacerle frente en su magisterio de los años 1968 - 1978. Un caso digno de especial mención fue la oposición de vastos sectores eclesiales a la encíclica Humanae vitae. El largo pontificado de Juan Pablo II permitió hacer un balance y ubicar en su sitio las reformas realizadas. Lo mismo puede decirse del magisterio de Benedicto XVI, quien insistió recordando que los textos del Vaticano II deben ser leídos «a la luz de la gran tradición de la Iglesia». Este Papa dio un paso fundamental para superar la grieta litúrgica al autorizar el empleo de la forma extraordinaria del rito romano. El disenso tenía causas más profundas, que se revelan en la extensión de la grieta actual.

Algunos autores que ejercen un influjo importante, consideran que el Concilio ha revolucionado la manera del hacer y del pensar creyente. Se propone entonces la construcción de un «humanismo nuevo», basado en un cambio radical de paradigmas en diálogo con otras religiones y culturas; la Iglesia tendría que hacerse levadura de la fraternidad universal. Llama la atención el empleo de términos clásicos del vocabulario masónico; la finalidad de la acción eclesial sería hallar, en contacto con otras tradiciones religiosas y renovando el proceso de deshelenización del cristianismo, pistas de resolución de los problemas que afectan a la humanidad de hoy.

La misión evangelizadora de la Iglesia es así alterada en sus elementos esenciales; se la desea incorporar a un proyecto mayor que la supera: una verdadera gnosis, análoga a la que San ireneo refutaba en el siglo II, en su obra «Contra las herejías». Se fomenta de este modo la grieta al reconocer un valor positivo al conflicto, con la convicción insólita de que conduciría a una unidad plena y a la creación de nueva vida; en este planteo asoma la inspiración hegeliana. La misión que el Señor encomendó a los Apóstoles con las palabras inconfundibles del mandato registrado al final de los Evangelios de Mateo y de Marcos, queda secularizada completamente: se trataría de concebir el planeta como patria, y la humanidad como pueblo, para empeñarse en un proyecto común, que ya no es procurar expresamente que todos los hombres crean en Jesucristo, asuman su enseñanza y cumplan todo lo que Él nos ha mandado.

Para emplear los símbolos del Apocalipsis podríamos decir: la Bestia de la tierra, el falso profeta, induce a adorar a la Bestia del mar, la potencia secular divinizada (cf. Apoc. 13). Los nuevos paradigmas de pensamiento y acción tendrían así cabida en el contexto del pluralismo ético-religioso que caracteriza al mundo contemporáneo, y diseñarían en él un modo de hacer la historia para alcanzar una unidad pluriforme que engendre nueva vida. En estos términos se habla. La finalidad es el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres, la construcción de redes de respeto y fraternidad.

Con toda razón, el Cardenal Robert Sarah ha escrito que en comparación con la situación de la Iglesia actual, la crisis modernista, descrita y condenada por San Pío X, fue «un simple catarro». Obviamente, quienes permanecen fieles a la gran tradición eclesial, a la que conocen muy bien y a la que adhieren con amor, no pueden aceptar una transformación de la misión eclesial contraria a su identidad. La grieta afecta a los dos órdenes, el de la fe y el de la caridad; verdad y amor -alētheia y agápē- son inseparables; una especie de «concordia ecumenista» es incompatible con la integridad de la Verdad católica. La alteración de la conciencia teologal y teológica, con la pretensión de diseñar y realizar nuevos sistemas de presentación de la verdad cristiana, solo puede llevar a la ruina de la fe y el más estruendoso fracaso pastoral.

Los principales responsables de la grieta eclesial somos los hombres de Iglesia, con nuestros errores y pasiones (epithymíai, un término frecuente en la Escritura). Pero se debe incluir también un factor preternatural: aquel que es mentiroso -pséustes- y padre del pséudos, mentira, falsedad, acción disfrazada (cf. Jn 8, 44); el diablo, cuyo nombre -diábolos- designa a quien desune, separa, inspira odio o envidia (del verbo diabállo: entrometerse, apartar de algo, disuadir, calumniar, atacar, acusar). La etimología incluye la acción de mezclar y confundir, una especialidad suya; en el caso que nos ocupa importa recordar que la concordia en la Iglesia no puede asegurarse sino en la común aceptación de la Verdad, sin mezclas. La alteración del modo de hablar es en realidad consecuencia de un cambio de pensamiento. San Vicente de Lerins, un Padre del siglo V, como dijimos anteriormente, señalaba como característica de los herejes que no solo no veneran la antigüedad, sino que se apegan con todas sus fuerzas a la novedad; «dan una forma nueva al aspecto exterior de la Iglesia», decía, de allí su recomendación: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

Una pregunta clave: ¿Qué papel se le reserva a Jesucristo en esos proyectos de nuevos paradigmas?. Me he referido especialmente a este problema fundamental para la misión de la Iglesia en mi artículo «Predicar a Jesucristo», publicado oportunamente en «InfoCatólica». Jesús afirma ser «la luz del mundo»; o se vive en la luz (phōs) siguiéndolo a Él, o se permanece en las tinieblas (skotía), Jn 8, 12. En la Última Cena le responde a Tomás, que busca orientación: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Son estos términos absolutos que revelan la identidad del Señor, están por encima de cualquier otra gnosis porque constituyen la única gnosis auténtica: Jesús es el Camino (hodós) que por la Verdad (alētheia) conduce a la Vida (zōḗ); así interpreta el pasaje la mayoría de los Padres de la Iglesia. Él es el camino, y la meta en su unión con el Padre (Jn 14, 10: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí»). Pedro afirmó ante el Sanedrín: «No existe bajo el cielo otro Nombre (ónoma) dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación» (Hech 4, 12). Se trata, entonces, de la salvación; es interesante señalar que este término, sôtèría, ya en el griego clásico significaba la liberación, salud o conservación plenaria de la persona, seguridad para alguien tan inseguro como el ser humano. No puede reducirse a un beneficio provisorio, ni mezclarse con él. La Iglesia no puede dejar de proclamar esta realidad, de presentarla con el máximo respeto y amor por todos; es el servicio que les debe, ejercido con una prudencia que jamás se identifica con el acomodo o el relativismo, porque es sabiduría en el Espíritu Santo.

Por último: podríamos decir que existe una única grieta (si cabe ese nombre) necesaria, imprescindible, evangélica. Los Sinópticos, al presentar la predicación de Jesús muestran que ella, que Él es signo de contradicción; así lo anunció el anciano Simeón a María: Jesús sería sêmeion antilegómenon, y a la Madre una espada le atravesaría el corazón; entonces quedarían al descubierto los íntimos pensamientos de los hombres (Lc 2, 34s.). Jesús mismo declara que no vino a traer la paz (eirene) sino la espada (májaira), y expone los términos de esa grieta: «He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra» (Mt 8, 34 s.). Vino a separar (dijásai); este verbo, dijádzo, significa dividir en dos. Es la división contraria a la que provoca el Enemigo; de su influjo perverso precisamente separa, en función de la Verdad, del Amor, de la salvación. Suscita la libertad, para que esa elección, lejos de menoscabar, solidifique el Cuerpo de la Iglesia, para que reine en él -entonces sí- la paz, la armonía de la fraternidad. ¿Paradojal?. Es el misterio mismo de Cristo y de su Evangelio. La grieta es una salida, un éxodo. Cito a Joseph Ratzinger: «No podemos encontrar a Dios sino en este éxodo, en este salir de la comodidad de nuestro presente para entrar en el ocultamiento de la luminosidad proveniente de Dios».

El cristianismo no es irenista. Quien prefiera otra cosa a Cristo no es digno de Él. San Benito expresó bellamente, en su Regla, instrumento fundamental de la edificación de Europa, el absoluto del cristianismo: «No anteponer absolutamente nada a Cristo» (Nihil omnino Christo praeponere). Omnino: entera, absolutamente, totalmente.

+ Héctor Aguer, Arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).