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MES DE SEPTIEMBRE: 8° Día de la Mes de la Virgen de los Dolores

 


MES DE SEPTIEMBRE CONSAGRADO A LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN DE PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflamese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "Oh Señora, yo soy tu siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

DÍA VIII.

Como que el poseer y gozar María Santísima de su amabilísimo Hijo era la cosa que en su parecer, como era efectivamente, en cerraba el mayor bien y la felicidad más grande, como era un tesoro el más grande y de infinito valor , y como formaba todas sus complacencias y delicias, por consiguiente no debe causar admiración el verla poseída de dolor y angustias al considerar que algún día se había de desprender de semejante alhaja, y que se la habían de ar rebatar de entre sus brazos. Y mucho más si se detenía a recordar el modo tan bárbaro y cruel con que habían de apagar tan divina luz, y los oprobios que habían de acompañar a tan abominable acción lo que sí me admira, Madre mía de mi corazón; lo que sí me admira, repito, es el poco caso que hago de las lecciones que me dais, y lo poco que me aprovecho de los ocultos arcanos que en ellas se encierran para mi bien Vos, Virgen santa, os llenáis de amargura al presentir el fin que espera a vuestro tierno y regalado Hijo, porque es el objeto único de vuestro amor, y del que recibís tantas gracias y consolaciones y yo, reina de mi vida, vivo tan descuidado del único bien, de la prenda que más estimo, y de la que me ha de hacer feliz por toda la eternidad, que es mi alma ¿Y yo, para decirlo más claro, si es que puedo sin llenarme de rubor, hago tan poco caso de mi salvación y de conseguir que mi alma sea feliz y afortunada por toda la eternidad?


¡O necedad! ¡O desvío lastimoso! ¿Qué es, pero conseguir de esas honras porque tanto me afano de esos negocios que tantos desvelos me causan, y por cuya consecución ni como, ni bebo, ni sosiego, ni descanso? ¿Qué puede ser más que el aprecio, la distinción y el nombre de los hombres? ¿Qué... más que el pasar una vida cómoda, sin carecer de nada vivir agasajado, obsequiado, reverenciado y aun temido? Pero y todo esto, ¿qué vale? ¿De qué me servirá en aquel momento crítico, en aquel pesado lance de mi juicio? ¡Ah! Si esta noche escucharé la voz del Evangelio que, como al rico, me dice: Hoy mismo será la separación de tu cuerpo y de tu alma, y vendrás a dar me cuenta ¿de qué te sirve todo eso que has congregado, si estás vacío de buenas obras?... Conozco, Princesa del empíreo, mi insensatez y demencia.... No desprecio ni un leve consejo de mis amigos cuando pertenece al logro de mis deseos y con tanta desvergüenza hallo y menosprecio los que me da mi Redentor, hablando a Marta y en ella a todos los cristianos.... diciendo: "¿Para qué te afanas y turbas con tantos negocios, cuando uno solo es necesario?" Oigo clamar á los Profetas en el antiguo Testamento, a los Evangelistas y san Pablos en el nuevo, y que sin intermisión me gritan y amonestan el camino que debo llevar, y el negocio único de mi salvación, en que me debo ocupar con esmero y solicitud, Pero yo, sordo y ciego, doy más crédito y me guio por mis apetitos y pasiones, que no al mismo Señor que me vino a salvar. ¿Es posible, alma mía, es posible que antepongas esa tu pasión, tu tibieza, tu poco recogimiento, tu libertinaje y desenfrenamiento al consejo adorable de tu Redentor, y a los avisos de tus más fieles apreciadores? ¿Es posible que prefieras esos bailes, torneos y banquetes, esas palabras amatorias, esos desahogos livianos, y en suma, tantas culpas y delitos que te han de perder y condenar sin remedio, a las saludables doctrinas de los que de veras te aman, y a las tan útiles instrucciones de los que desean verte glorificada y feliz en su compañía?

Abre, alma mía, los ojos, y aprovéchate de la luz que en esta ocasión te ofrece tu misericordiosa Madre Expurga y sacude con su ayuda todos cuantos estorbos te se presentan, y conoce que algún día te alegrarás de haberlo hecho así. ¡Sí Reina mía, me aprovecharé de vuestras saludables lecciones, que tanto contribuyen a mi eterna salud! ¿Con qué os podré pagar beneficios tan inestimables? Por tanto, Virgen mía, os propongo mirar con más interés mi propia salud ; que si así lo hago me podré gloriar de siervo vuestro en esta vida, y os acompañaré en premio eternamente.

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

8 de Septiembre: Fiesta de la Natividad de la Virgen María

 


Hoy es el día del nacimiento de la Santísima Virgen, canta la Iglesia: Nativitas est hodie sanctae Mariae Virginis.

Nos hizo el cielo en este día un magnifico presente, un presente de inestimable valor, dice San Bernardo. Este fue propiamente el día en el cual se comenzaron a disipar las espesas tinieblas en que por más de cinco mil años yacía sepultado el mundo, rayando la primera luz en el nacimiento de aquella brillante aurora, esperada por tantos siglos, y objeto tan largo tiempo de los anhelos y deseos de tantos patriarcas y profetas. Celebremos todos el nacimiento de la Madre de Dios, dice San Juan Damasceno, por la cual fue como reintegrado todo el género humano, siendo ella la que convirtió en alegría la tristeza que nos causó nuestra primera madre Eva.

Así como la aurora es el fin de la noche, dice el abad Ruperto, de la misma manera este nacimiento fue el fin de nuestros males, y el principio de nuestra dicha y de nuestro consuelo.

Hasta entonces no había visto el mundo nacimiento más recomendable, así por la nobleza de la sangre y circunstancias de sus padres, como por la santidad y por el mérito de aquella tierna Niña que nacía para consuelo de todo el universo, y para admiración de toda la corte celestial.

El milagroso nacimiento de aquella Niña fue presagio cierto de su mérito y de su excelencia. ¡Oh dichosos padres, exclama San Juan Damasceno, que disteis a luz una Virgen que será Madre de Dios sin dejar de ser hija vuestra! ¡Dichoso el vientre, oh, Virgen Santa, que te llevó, y dichosos los pechos que te amamantaron! Dénse prisa todos los fieles, exclama el devoto Sergio de Hierápolis, por venir a saludar a la que acaba de nacer, porque antes de su nacimiento estaba predestinada para ser Madre de Dios, y con ella renace y se renueva el mismo mundo. Venid, pueblos; venid, naciones, de cualquiera condición que fuéreis; venid a celebrar el nacimiento de esta Virgen, con la cual, por decirlo así, nació nuestra salvación.

¿Cuándo hubo motivo más justo de regocijo? ¿En qué otro día hemos de expresar más nuestro alborozo, puesto que en el nacimiento de la Santísima Virgen, como dice San Ildefonso, comenzó en cierta manera el nacimiento de Jesucristo? Hasta aquí solo había mirado Dios la tierra como región de llantos, destinada para morada de miserables delincuentes; pero desde el mismo instante en que María se dejó ver en el mundo, ya hay en él un objeto en que se complace mucho el mismo Dios, y ya no le puede mirar con ojos siempre irritados.

Esta fue la Santísima Virgen desde el primer instante de su Inmaculada Concepción; y habiéndose multiplicado en todos los instantes aquel inmenso caudal de gracias, de luces, de sabiduría y de virtudes, concibamos, si fuera posible, cuál sería el tesoro de merecimientos con que se hallaría enriquecida el día de su nacimiento.


La Iglesia recuerda el día del nacimiento de la Virgen María cada 8 de septiembre. La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII y era celebrada con una procesión-letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor.

El Evangelio no nos da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María.

Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados, que aún existe -la Basílica de Santa Ana- se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen.

Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el templo.

La fiesta tiene la alegría de un anuncio premesiánico. Es famosa la homilía que pronunció San Juan Damasceno (675-749) un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana, de la cual extraemos algunos párrafos:

"¡Ea, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el Universo. Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo. Ésta escuchó la sentencia divina: parirás con dolor. A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, llena de gracia!

¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador. ¡Oh felices entrañas de Joaquín, de las que provino una descendencia absolutamente sin mancha! ¡Oh seno glorioso de Ana, en el que poco a poco fue creciendo y desarrollándose una niña completamente pura, y, después que estuvo formada, fue dada a luz! Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente. Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres".

Si pensamos por cuántas cosas podemos hoy alegrarnos, cuántas cosas podemos festejar y por cuántas cosas podemos alabar a Dios; todos los signos, por muchos y hermosos que sean, nos parecerán tan sólo un pálido reflejo de las maravillas que el Espíritu de Dios hizo en la Virgen María, y las que hace en nosotros, las que puede seguir haciendo... si lo dejamos.


Dios planeó desde toda la eternidad toda la obra admirable de la Encarnación del Verbo como culminación de la creación del Universo; y como quiera que en la mente sapientísima de Dios cabía simultáneamente la previsión del mal del hombre y de su restauración por medio del mismo verbo revestido de carne mortal, dentro de toda esta visión divina estaba también con preponderante papel, la persona y la misión de María Madre del Verbo hecho carne. Así, pues, la razón misma de ser de la Virgen María estaba en los designios del Altísimo aun antes del tiempo, en su carácter de Madre del Verbo Encarnado.

Nosotros pensamos y proyectamos, pero muchas veces nuestros proyectos, por hermosos y hacederos que parezcan, permanecen en la ineficacia; no ocurre así con Dios, cuyo poder no tiene límites. De ahí que, al pensar Dios desde toda la eternidad en María, Madre de su Hijo Unigénito hecho carne, confiera a esta elegida un carácter muy específico para su existencia. Por eso podemos concluir que la elección de María no es el escoger una persona determinada para una misión específica, sino la predestinación desde antes de los siglos de una Madre para Jesucristo.

La liturgia de la Iglesia dedica con insistencia a la Madre del Señor en sus festividades los textos de los libros sapienciales en los que aparece la Sabiduría, o la Esposa, en la mente de Dios desde antes de los tiempos:

"Desde el principio y antes de los siglos me creó, y para la eternidad viviré " (Ecl 24, 9)

"Yahvé me creó en el comienzo de sus designios, antes de sus obras más antiguas. Desde la eternidad fui constituida, desde el comienzo, antes del origen de la tierra."

"Cuando el abismo no existía, fui yo engendrada, cuando no había fuentes ricas en aguas. Antes que los montes fueran fundados, antes de las colinas fui yo engendrada " ( Prov 8, 22-25 )

Estas expresiones son aplicables a la Madre de Dios.

En la Bula "Ineffabilis Deus" de Pío IX leemos cómo "El Dios inefable, habiendo previsto desde toda la eternidad la lastimosísima caída de todo el género humano por la transgresión de Adán, decretó la primera obra de su bondad en el misterio oculto desde los siglos, por medio de la encarnación del Verbo.

"Es pues, la elección y predestinación de María algo íntimamente unido al decreto de la Redención que había de realizarse por el Verbo tan unido, que, concluye el Papa Pío IX, el destino de la Virgen fue preestablecido en un mismo decreto con la Encarnación de la Divina Sabiduría."

Esta predestinación de Nuestra Señora, desde la eternidad, para ser Madre de Dios, empieza a realizarse con el tiempo. He aquí cómo lo expresa el Concilio Vaticano II:

" El benignísimo y sapientísimo Dios, al querer llevar a término la redención del mundo, cuando llegó la plenitud del tiempo, envió a su Hijo hecho de mujer... para que recibiésemos la adopción de hijos (Gál 4 4-5)

El cual por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación descendió de los cielos, y se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen." (Credo de la Misa: Símbolo de Constantinopla)

Este misterio divino de salvación se nos revela y continúa en la Iglesia, a la que el Señor constituyó como su Cuerpo y en ella los fieles, unidos a Cristo, su Cabeza, en comunión con todos sus santos, deben también venerar la memoria "en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo" (Canon de la Misa. Concilio Vaticano II: Constitución Apostólica "Lumen Gentium", capítulo VIII n.52).


Oración

Padre Celestial, Tú has querido que en María
se reflejase tu amor.

¡Gracias por habernos dado una madre tan
perfecta! Ella es para nosotros una nueva
revelación de todos los tesoros de bondad
que se encuentran escondidos en tu corazón
paterno, nos muestras hasta que punto Tú
eres bueno y dulce en tu amor.

Con su ternura y su solicitud, ella nos
hace conocer el afecto delicado y vigilante
que te une a Tí con nosotros, puesto que
toda la fuerza de tu amor materno desciende
a ella de tu corazón de Padre.

En María no hay nada que no le haya sido dado
expresamente por Tí: ella trae a nosotros tú
imagen, nos hace descubrir tu rostro de amor.

Sin el consuelo de su presencia y la continuidad
de sus atenciones, nos faltaría una de las pruebas
más evidentes de que Tú estás continuamente cercano
a nosotros, para sostenernos, consolarnos, y
protegernos. Su mirada bondadosa y su inmensa piedad
para con los pecadores, como somos nosotros, nos
invitan a creer que tu misericordia es inconmensurable y
que no se deja vencer por la ingratitud y por la maldad.

María nos muestra cómo Tú nos amas y nos impulsa a
confiarnos completamente a tu amor.

¡Te damos gracias porque te agrada manifestarte y
darte a nosotros a través de ella! Amén.

Oración breve

Concede, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que, cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la Virgen María, consigamos aumento de paz en la fiesta de su Nacimiento. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

MES DE SEPTIEMBRE: 7° Día de la Mes de la Virgen de los Dolores

 


MES DE SEPTIEMBRE CONSAGRADO A LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN DE PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflamese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "Oh Señora, yo soy tu siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

DÍA VII

¡Cuán terrible sería vuestra aflicción Virgen santa! ¡Qué momentos tan amargos! ¡O pérdida la más sensible y dolorosa del mundo! No habíais aún, triste Virgen, conocido en vuestro Hijo señal alguna que os indicase estaría próxima su muerte. No esperabais de manera alguna tan funesto suceso Y sin embargo, Jesús ya no está contigo Jesús no está como en otras ocasiones delante de tus ojos, aliviando con su presencia tus penas Ah esto sí que es un desconsuelo Tampoco era de extrañar, Madre mía, presumieseis que los pérfidos judíos, movidos de algún estímulo de envidia, hubiesen ejecutado en él algún atentado ¡Qué ansias qué dudas qué temores os afligen! Como las cosas que por alguna violencia están fuera de su centro se inclinan a él, así vuestro amoroso pecho apetecía la vista de su querido y regalado padre, esposo y señor No perdonasteis diligencias y desvelos hasta encontrarle; no disteis reposo alguno a vuestro corazón hasta verle y hallarle

¡Digno ejemplo! ¡Admirable lección para nosotros, que habiendo perdido la prenda preciosa e inestimable de la gracia, nos estamos tranquilos y sin poner diligencia alguna para buscarla! ¡O desvarío y necedad digna de llorarse con lágrimas de sangre! ¡Vos, reina de mi vida, no os juzgabais ni teníais por segura sin vuestro amado Hijo, que era vuestro consuelo y vida, y nosotros, habiendo visto huir de nosotros a la que nos conduce a la patria feliz , y sin la que no podemos ver ni gozar al que es la alegría de los ángeles, y forma la felicidad esencial de los santos vivimos tan sin pena, que parece nada nos falta y que todo lo tenemos en casa!

Estoy persuadido, Señora, de que no conocemos el estado tan fatal de nuestra alma en semejante situación, porque si consideramos que sin la gracia de Dios somos como sepulcros descubiertos que exhalan un fetidísimo hedor vasos de ira y de maldición mansión de los demonios leños secos y preparados para el fuego eterno objeto el más despreciable y provocador a los ojos de Dios no estaríamos un instante sin ella, ni daríamos otra vez cabida al pecado para robárnosla Si por el 'contrario considerásemos los bienes de esta gracia ; si reflexionáramos que es un adorno y vestidura imprescindible para entrar en aquel celestial convite de la gloria; que por ella nos hacemos amigos de Dios, sus delicias y, si se puede así decir, su embeleso y encanto, no haríamos
tan poco caso ni la miraríamos con tanto descuido. Si escuchásemos a que Ezequiel nos dice: "Que en cuanto el justo se aparta de su justicia y obra la iniquidad pierde el mérito de todas ellas, y el Señor no las recordará;" que el Apóstol nos exhorta a obrar con temor y temblor nuestra felicidad eterna;" y por último, a lo que él mismo escribe a los de Éfeso: "Tened entendido que todo fornicador, o inmundo, o avaro no tiene parte en la herencia del Señor," no correríamos tan precipitados en pos de nuestros vicios; no amaríamos tanto los bienes perecederos del mundo; no estimaríamos tanto sus honores y vanidades; solo la gracia, la gracia solo de Dios tendría el lugar preferente en nuestro corazón ¿De qué me sirven, Madre y Señora mía, todas las cosas de esta vida si de la noche a la mañana desaparezco de ella y soy trasladado al tribunal del Señor, supremo juez de todas mis acciones?

¡O gracia, exclamaré entonces, o gracia, que ahora me eres tan necesaria! ¡O justificación o inculpabilidad de vida! ¿dónde estás? ¡Los pasatiempos y vanidades de la tierra me han desamparado, dejándome en manos de mi condenación! ¡Ven, ven a mí, que contigo alcanzaré el perdón! ¡Pero ah cuán tarde te pretendo cuando ya no te puedo lograr! Mas ahora que tengo tiempo, Virgen Santísima, ahora que con esta reflexión me encuentro sumamente convencido, os prometo no mirarla ya con tanto descuido; si la pierdo o he perdido por mi debilidad y miseria, la buscaré con el mismo cuidado que vos al autor de ella vuestro Hijo Jesús, y no des cansaré hasta encontrarla, viviendo hasta tanto en un continuo desasosiego; que si así lo hago seré el más feliz de vuestros siervos, asegurando para siempre mi eterna fortuna.

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

7 de Septiembre: Memoria Litúrgica de santa Regina, virgen y mártir

 


Hija de un ciudadano pagano de Alise, en Borgoña, la santa -cuya madre falleció al dar la luz- fue entregada a una nodriza que era cristiana y que la educó en la fe. Su belleza atrajo las miradas del prefecto Olybrius, quien, al saber que era de noble linaje, quiso casarse con ella, pero ella se negó a aceptarlo y no quiso atender los discursos de su padre, quien trataba de convencerla para que se casara con un hombre tan rico.

Ante su obstinación, su padre decidió encerrarla en un calabozo y, como pasaba el tiempo sin que Regina cediese, Olybrius desahogó su cólera haciendo azotar a la joven y sometiéndola a otros tormentos. Una de aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz al tiempo que una voz le decía que su liberación esta próxima. Al otro día, Olybrius ordenó que fuera torturada de nuevo y que fuera decapitada después. En el momento de la ejecución, apareció una paloma blanquísima que causó la conversión de muchos de los presentes.


MES DE SEPTIEMBRE: 6° Día de la Mes de la Virgen de los Dolores

 


MES DE SEPTIEMBRE CONSAGRADO A LOS SIETE DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA

ORACIÓN DE PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; más la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor.... Padre de misericordia.

No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y. aunque este en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflamese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: "Oh Señora, yo soy tu siervo" Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.

DÍA VI

Muy bien sabia, tristísima Señora, el Cielo a quién confiaba su tesoro. Tenía por seguro que, como era de infinito valor, se debía confiar a un cuidadoso y solícito custodio; y como conocía que ninguno mejor que vos lo sería, por lo mismo le depositó en vuestras manos Gran dignidad, pero muy dificultosa empresa para una criatura que no esté prevenida con las bendiciones de la celestial dulzura. Solo a vos ¡o María! se debió hacer tal entrega solo vuestro corazón podía responder de empresa tan soberana; y la cumplís con tal exactitud, que sois el dechado y modelo más perfecto. De vos, cuidadosísima Reina, podemos aprender a cumplir con las obligaciones a que Dios nos ha destinado En vos se halla descubierto nuestro vergonzoso olvido, o, mejor dicho, nuestro total abandono... Vuestras lecciones confunden cada vez más nuestra ignorancia pecaminosa y criminal ¡Por desgracia no vemos otra cosa en los días tan calamitosos en que vivimos, más que un olvido y abandono total de nuestras respectivas obligaciones! ¿Y qué nos hemos de prometer...? qué hemos de esperar de tan funesto proceder?

Lo dice el Salmista: "que el que declina en sus obligaciones será contado en el número de los inicuos.'' Sí, padres de familias; sí , amos y superiores del mundo, que tan poco celáis a vuestros hijos y domésticos , que los veis vivir sin sujeción, al gusto de su desenfreno y al arbitrio de su voluntad, sin amonestarles, sin castigarlos para que se enmienden en lo sucesivo; que los veis asociarse con malas compañías y faltar continuamente a sus respectivos deberes, criándose unos holgazanes y vagamundos, siendo después vuestro oprobio y el de la república, que no les tratáis como debéis, porque vosotros también vivís como no debíais, dándoles escándalo con vuestras desazones y quimeras frecuentes, y con vuestros desarreglos y palabras poco cautas y decentes seréis juzgados con los inicuos y condenados por toda la eternidad, y tendréis que sufrir las maldiciones que os echen en los infiernos cuando se vean condenados también por culpa y descuido vuestro Sí, hijos y súbditos que tan poco caso hacéis de aprovechar el tiempo, de respetar y obedecer a vuestros padres y superiores, de estar sujetos a lo que os mandan por vuestro bien , y de procurar dar pruebas de lo que sois aquí mismo, en este mundo serviréis de escarmiento a los demás, como otros muchos que finalizan su vida en afrentosos patíbulos, o sufren el insoportable peso de los grillos y cadenas, haciendo desgraciada su existencia; y en el otro recibiréis el castigo con los perversos, y sin fin Sí, por último, cristianos todos que tan descuidados sois en el cumplimiento de vuestras obligaciones, que tan poco caso hacéis de que Dios sea en ellas glorificado, y de lo mucho que podíais ganar para vuestras almas en ellas, como sería si, en ese trabajo en que le fatigas y sudas, o en ese destino en que padeces tantas incomodidades, lo sufrieses con paciencia y lo ofrecieses al Señor, para demostrar que cumplías aquí con tus deberes, y que esperabas la eterna retribución por ellos; y que finalmente, vosotros mismos conocéis los daños que os causa vuestra negligencia.....  seréis reputados con los mayores pecadores del mundo.

 Pero yo, Madre mía dulcísima, yo de mi parte y en nombre de todos los que oyeren o leyeren estas reconvenciones que les hago originadas de la reflexión, que he formado en este día, acerca del cuidado y diligencia que tuvisteis de vuestro santísimo Hijo, por cuyo bien tantas penas y aflicciones acometían á vuestro corazón yo, Señora , prometo la enmienda en cuanto hubiere faltado hasta aquí, y estimulado con vuestro ejemplo, pondré en adelante el cuidado más grande por ser fiel en el desempeño de mis deberes Así, Virgen dolorosísima, me haré envidiable a todo el mundo, admirable a cuantos no lo hagan; así seré el decoro de la sociedad, contribuiré a su bienestar y espléndido
acrecentamiento, los que me conozcan me juzgarán como vuestro verdadero siervo, y vuestras delicias y las de mi Dios serán ponerme algún día a vuestro lado.

ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS.

¿Por qué, o Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada es taba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto é indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amen.

Del 6 al 14 de Septiembre: Novena a Nuestra Señora de los Dolores II

 


NOVENA A NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES
 
ACTO DE CONTRICIÓN

 Dios de mi vida, único camino de mi eterna salud, y amable verdad que llena mi corazón: tú eres mi Padre amoroso, la infinita bondad, y la suma inocencia; pues ¿cómo estás en esa cruz muerto a manos de mis enormes culpas? Crucificado dueño mío: yo no debía estar delante de tí, porque atrevido provoco tu justicia, y aun insulto a tu paciencia: pero cuanto es grande mi maldad, tanto más confío en tu misericordia, en tu inmensa caridad y amor. Tú, dulce Jesús, me has de perdonar, porque soy despreciable y miserable, y estos son mis méritos, más los tuyos son sobreabundantes, el valor de tu Sangre infinito, y poderosos los ruegos de tu dolorosa Madre María Santísima, por cuya intercesión y por In clemencia espero que en mí no se malogren tus afrentas, tus dolores y tu muerte. Amén.


ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Afligidísima María: presente tienes a la causa de tus penas y de la muerte de tu amado Hijo Jesús: mis culpas han llenado de escándalo al mundo, de llanto a los ángeles de par, tu alma purísima de amargura, y de dolor el amante corazón del hombre Dios. Gemidora Tortolita, Cándida Paloma, Corderita mansa, y dolorosa Madre mía: a tus plantas estoy lleno de pesar: y pues entiendes el idioma mudo de los corazones, puedanle mis suspiros, y recibe agradable los gemidos de mi alma: confieso mi ceguedad y dureza; pero ya me arrepiento de un proceder tan desagradecido e impío, y en los días de esta novena y los que me resto de vida, te acompañaré llorando tus angustias y tus tormentos. Mis sentidos, potencias, y toda mi alma se entregan a tí: a tí claman, y en mi muerte sean mi refugio tus agudísimos dolores: por los mismos te ruego, ampares a mis bienhechores y enemigos; remedies las necesidades de la iglesia: nos confirmes en tu verdadera devoción: alivies a las almas del Purgatorio, y nos alcances del Señor, si fuere su voluntad, 
(Aquí se hace la petición) 
que por tu medio consigamos la penitencia final, porque nuestras culpas no nos sepulten en el abismo, pues ese lugar terrible, casa del eterno llanto y de la desesperación, no puede ser para los que se acogen a ti, e interponiendo tus penas procuran en la vida no desmerecer tu patrocinio. Amén.

DÍA PRIMERO

Esa candela que aviva
De mí amor luciente llama,
A tu fe, María, proclama,
Constante, ardorosa y viva.

Tu dignación la reciba
Porque mi dicha se entable;
E iluminándome afable,
Haz que mi don sea perfecto,
Y que el corazón o afecto
A tas ojos sea agradable.

CONSIDERACIÓN

María Santa: como escogida ab eterno para digna Madre de Dios, en el primer instante de tu animación fuiste inmaculada: ¡qué predilección! ¡qué singularidad! ¡qué gloria! Desde entonces, en extremo pequeñita, estabas llena de gracia y sabiduría, eras la mas grande criatura, y exceptuando a Jesucristo, la obra más acabada que salió de la diestra del Omnipotente. Era tú la más iluminada, tu caridad la más ardiente, y tu esperanza la más sólida; así tu amor penetró basta el cielo de los ciclos: lloró la ingratitud de los hombres, y atrajo del seno del Padre al suspirado de las gentes: puede decirse que ya eras dolorosa, porque creíste, porque esperabas el cumplimiento de las profecías, el remedio del mundo, y no ignorabas que su Libertador lo seria por medio de una muerte la más ignominiosa y cruel. ¡Qué tormentos causaron tan duras verdades en tu encendido corazón!

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Santísima Señora: competencia están tus grandezas y mis miserias. Y o concebido en pecado nací a este valle de lágrimas derramándolas, y luego tomé posesión de los males y de la muerte; más los méritos del crucificado Jesús, por medio del bautismo, rompieron mis Cadenas y fui borrado del negro padrón de los prescitos. Aún más obró conmigo su misericordia: me vistió la candidísima estola de su gracia; me previno auxilios suficientes y eficaces; me puso bajo tu amparo, constituyéndote Madre de pecadores, y en su iglesia dejó vinculados para mi remedio, admirables sacramentos. Pero ¡o piadosa Madre mía! cuantas veces he destrozado esa nupcial vestidura adornaba a mi alma para las bodas con1 el Cordero. Te suplico pues, humillado, que con nuevas culpas no la manche y menosprecie, sino que con tu maternal amor hagas que la conserve hasta el fin de mi vida, limpia, brillante e inconsútil. Amén.


SONETO

Que se ha de decir todos los días.
Si sin consuelo en tu penar te miro
Al pie de ese afrentoso duro leño,
Donde mi Redentor, mi dulce Dueño,
Pendiente exhala su último suspiro:
su amor, mi culpa, tu piedad admiro!
¡será justo, me miréis con ceño
Si olvidar pena tanta es el empeño,
Y de tí desgraciado me retiro?
Mas baste ya, benéfica María:
Al mundo me entregaron mis antojos:
¡Pero cuánto le pesa al alma mía!
Muera la culpa, no haya más enojos,
Que mis lágrimas corran a porfía,
Y fuentes de dolor serán mis ojos.


DÍA SEGUNDO

Esas tan hermosas flores
Frutos son de hollada tierra,
Que, aunque despreciada, encierra
Riqueza, virtud, primores:

De nuestra alma los amores
Señora, a tí las aplican,
Pues tu humildad significa:
Recíbelas bondadosa,
Dulce Madre dolorosa,
Porque a tu honor se dedican.

CONSIDERACIÓN

Obediente María: tú vas al templo a llenar la ley cumpliendo los preceptos del Señor: le presentas la hostia viva, pura, santa, é inmaculada: él tesoro inestimable de los cielos, y el holocausto matutino en quien tiene sus complacencias. Simeón, viejo venerable, lo ofrece con respetuosa alegría, conociendo al Redentor: glorifica a su Eterno Padre con cánticos sublimes, y ya quiere morir en paz, porque sus ojos vieron la gloria de Israel y salud de todos los pueblos. Vuelvese a tí compungido y profético, diciendo: ¡oh Madre de Dios! ¿ves al hermoso inocente niño que sostienen estos mis débiles y dichosos brazos? pues sabe, Virgen Madre, que sale a luz del mundo para que todos lo gocen, si todos lo quieren; pero advierte: ¡qué dolor! Vendrá tiempo en que será la piedra del escándalo, lo detestará su pueblo escogido, y con pertinacia pedirá su muerte. Entonces a tu amante corazón lo atravesará el cuchillo más cruel.

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Humildísima Reina: tú eres la sola Virgen Madre, la toda limpia, antes, en el parto, y después del parto; más el fruto de tu vientre fue la santidad por esencia: pues ¿cómo ambos os presentáis con señas de culpados? Gran María, con qué prudencia guardabas en tu pecho los secretos del Señor; y cuan humilde recibías como nuevas las amargas predicciones del Profeta santo. Nada se te ocultó, ya habías visto levantar la mano que hirió el rostro de Jesús con la más afrentosa bofetadas los azotes que descarnarían sus delicadísimas espaldas: las espinas penetrantes de la corona: los gruesos clavos: la cruz en que había de espirar, y la lanza que rompería su costado. Por estos recuerdos dolorosos que anticipó tu ciencia, y que tanto afligieron tu alma, te suplico, que pues la virtud de la humildad fué el cimiento de tu elevación, castigue yo mi soberbia, procurando imitarte en lo posible, y cumpla con el consejo de Jesús, pues dijo: que aprendiésemos de su Majestad a ser mansos y humildes de corazón. Amén.

DÍA TERCERO

Como a Reina liberal,
Poderosa gran María,
Un tributo en. este día
Te dona mi afecto leal:
Es un signo material

Que la vanidad no vicia,
Recíbelo, pues, propicia,
Si en pequeño manifiesta
Que ya nuestra alma detesta
A la insaciable avaricia.

CONSIDERACIÓN

María Señora: cuantas riquezas te donaron los reyes Magos, las distribuiste santamente, quedándote en Jerusalén la más desconocida y pobre para el mundo; pero dueña de un tesoro inapreciable, de tu Jesús hermoso, cuya felicidad y grandeza admiraban los propios cielos. Entonces fue cuando el rey Herodes, tan celoso como sangriento, procuraba por tu divino infante, y Dios te ordena que huyas para Egipto: partes a media noche, venerando sus disposiciones, pues estaba en su querer trasportaros milagrosamente; mas no quiso trastornar el orden natural, y sí quería que tan luego practicases virtudes grandes para nuestra enseñanza. Caminas, pues, llegas a la ciudad de Gaza, y atraviesas por sesenta leguas, arenosos desiertos, con trabajos indecibles y aun sin el necesario sustento. Hombres, que amáis la vanidad y el fausto: veda la familia más santa, pobre, sin abrigo, y desconsolada: y sabed para vuestra confusión, que las aves tienen nidos; y cuevas las vulpejas donde recogerse: más el Hijo de Dios aun no tuvo sobre qué reclinar su cabeza.

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Madre amorosa: las criaturas te castigan como si fueses delincuente hija de Adán: huyes por los despoblados esperando de las fieras la piedad que te niegan los hombres: aun el hielo y los vientos atormentan a tu amado y tierno niño; tiembla de frió y llora como verdadero hombre: humano socorro no lo tienes; con el fuego de tu amoroso y casto pecho lo refrigeras; ¿qué dolor! ¡O amor inmenso del Hijo de María, qué oficioso eres y qué ejemplar! Alegraos en Dios, pobres y desamparados, y nadie se queje de su Providencia. Mirad al Criador mismo afligido por aquellos a quienes dio el ser: el hombre, el hombre ingrato asecha su vida, y lo persigue de muerte. Así caminan angustiados el Hijo más inocente, el Esposo más fiel, y la Madre más pura y delicada. Por tan penoso viaje te pedimos, Señora, que despreciando lo terreno, y siendo tu pobreza el modelo más digno, nunca se apodere de nuestro corazón el vicio de la avaricia, y solo seamos solícitos por las riquezas celestiales. Amén.

DÍA CUARTO

Esa azucena, que hermosa
En limpio cristal campea,
Da de tu pureza idea
Cándida, recta, olorosa.
¡O dulce María graciosa

¡Sin la culpa concebida!
Hoy mi devoción convida
Y te obsequia reverente;
Si eres del Omnipotente
La sola, santa y querida.

CONSIDERACIÓN

Prudentísima María: por el gran concurso que en Jerusalén celebraba la Pascua, pedía la decencia que los hombres se separasen de las mujeres: y tú debías consolidar una costumbre u orden tan honesta, porque eras purísima y la digna Madre del amor hermoso. Por esta razón tú consideraste el que Jesús acompañaba a tu fidelísimo Esposo José; pero, sobre todo, pudo ocultarse de tí el santo Niño, porque él mismo lo dispuso así con sabia y particular providencia: pues siendo tú el indefectible amante Girasol que miraba cara a cara al sol de justicia Jesús, en tu amor no cabía descuido ni desentendimiento. Pero cuán intenso fue tu dolor, cuando en el lugar que debías unirte con tu amado Hijo, no lo hallaste, y preguntabas a José por la Luz de tus ojos, por el Encanto dulcísimo de tu corazón. Los ángeles que te acompañaban callaron, no podían consolarte, y aun te negó saber dónde podrías recobrarle. Tu prudencia y humildad te martirizaron cobre toda ponderación; y fue tu dolor tan agudo y sin medida, porque atribuiste la pérdida de tu amoroso Niño a tu demérito y negligencia.

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Amable María: por tres días buscaste a tu querido, Jesús en los caminos y en el poblado, preguntando a todos, llena de amargura, como allá la esposa en los cantares: Hijas de Jerusalén, ¿habéis visto a mi amado? no le encuentro: ¡ay de mí! dadme flores, porque su fragancia refrigere las angustias de mi corazón. ¡Ya desfallezco! ¡yo muero de amor! ¡Se ha ausentado de mis ojos! ¡no merezco yo su amable compañía! ¿Qué haré? ¡oh! si le viereis, decidle: que es mi dulce amor: que ¿por qué lo ha hecho así con esta su humilde esclava, con esta su afligida Madre? que al fin lo soy y tengo derecho para buscar a la vida de mi alma. Si no lo conocéis, sabed sus señas: es su rostro blanco, así como él lirio que se señora en los valles, y rubicundo como el apacible colorido de la rosa: son sus ojos como los de las inocentes palomas, y por sus labios se derraman las dulzuras: es hermosísimo: es escogido entre millares. Así te lamentabas, Señora: y por este dolor te pido, que el enemigo doméstico de mi carne, ya no triunfe de mí, porque no agravie a tu hijo santo, ni a tu pureza: que huya de comunicaciones opuestas a la honestidad, porque no pierda a Dios: y que no le desagraden mis obras, palabras y pensamientos. Amén.

DÍA QUINTO
Alma mía: porque definas
A tu Reina dolorosa,
Ofrécele lastimosa
Esa corona de espinas:

Mas si pintar determinas
Cuánto fue su sufrimiento,
No cabe en entendimiento:
Jamás Marra se inmutó,
Antes al Señor pidió
Por quien causó su tormento.

CONSIDERACIÓN

María, refugio nuestro: hubo tiempo en el que irritado Dios sofocó con un diluvio de aguas, el que de culpas inundaba toda la tierra: pereció todo viviente, y por una familia preservada renace otra vez el mundo: miró piadoso la proscrita prole de Adán, y aunque era el León de Judá y Dios de las venganzas, tenía presentes sus promesas, le podían los clamores de los justos, y se complació, porque no era ya tan distante el tiempo en que su Unigénito, manso corderito, quitaría los pecados de los hombres, y destruiría, muriendo, el imperio de la muerte. Nació Jesús, lo goza el mundo treinta y tres años: y llegada su hora, esto es, la de entregarse a los tormentos, se despide de tí para sufrirlos, quiere tal bendición, y que con la voluntad del Padre Eterno y la suya, te unas, para que se verifique la humana redención. ¡Oh Madre! ¿Qué nosotros los redimidos a tanto costo y con tanto amor, seamos tan desagradecidos a un Padre Dios tan bueno, a un Jesús crucificado tan paciente, y a tí, Virgen la más dolorosa? Para ponderar esta dignación y tan acrisolado ardiente amor, no hay palabras: ¿y se hallarán las que puedan expresar nuestra criminal ingratitud?

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Admirable María: al Unigénito del Padre, impasible y divino, tú lo vestiste de carne mortal, y como su verdadera Madre (más que todas las mujeres lo son de sus hijos) lo ofreces para que expíe los delitos de un mundo: grande oblación que al Eterno se reservó el evaluarla, pues eras tú la sola pura criatura, que conocía en alto grado la inocencia de Jesús, la gravedad de la culpa, y que podías con el más agudo dolor, comparar estemos tan opuestos y distantes. ¡O miseria de los hombres, decías, causa de una pasión tan cruel! Agradeced la, mortales, lloradla, y aprovechaos de su infinito precio. Sí, dolorosa Madre; disfrutemos tanto mérito, dadnos compunción, lágrimas, y un íntimo sentimiento por los dolores de Jesús; y te suplicamos por los que padeció tu alma, cuando tu Hijo inocentísimo se despidió de tí para ir a padecer y dar su vida por nosotros, que aprendamos de tu conformidad y de tu amor para con aquellos que se prevenían a azotarlo, mofarlo y crucificarlo, a perdonar a quien nos ofendiere; y no sea nuestro corazón como el de las fieras, siempre pronto a la ira y a la venganza; sino que imitando tu mansedumbre, nos experimente el prójimo pacientes y sufridos. Amén.

DÍA SEXTO

Tu gustar no fue exquisito,
Ni deleitosas bebidas
Fueron de tí apetecidas:
Ajena eras de delito.

Tú abstinencia solicito
Que esa oferta represente,
Porque frugal y prudente
Fue tan sabia tu templanza,
Que el alma alimento afianza,
Y al cuerpo lo conveniente.

CONSIDERACIÓN

¡Oh Reina de los mártires, adolorida Madre mía! tú no viste azotar materialmente al inculpable Jesús, pero sí lo mirabas de un modo milagroso, a la manera que sentías en tu cuerpo todos sus tormentos y dolores, como sí en realidad fueses herida y crucificada; pues en tí, porque eras singularísima en todo, obró el Señor imponderables maravillas. Para azotar, pues, al inocente Hijo tuyo, previno la infernal malicia de los judíos seis sayones robustos, impíos, sanguinarios, y de unas costumbres depravadas, los que obrando como de acuerdo con todo el abismo, quítenle la vestidura blanca que por escarnio mandó ponerle Herodes, y significaba en realidad su. inocencia; le arrancan Ja túnica que le labraron tus virginales manos cuando pequeño, y crecía con su Majestad: y expusieron desnudo ante un rabioso concurso al purísimo, al hermosísimo Jesús. Lo atan fuertemente a una columna, y variando de crueles instrumentos, y remudándose los seis verdugos, descargaron innumerables azotes en todo su cuerpo delicadísimo, pero en particular .sobre sus espaldas sacrosantas, con tanta sevicia y diabólica furia, que los huesos se descubrían por vanas partes. ¡Oh que afrenta, qué crueldad y que dolor!

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Afligida Señora yo no debía proferir la fiereza con que azotaron a tu amado Jesús, sin que aprensado mi corazón no fluyera mi alma por los ojos con el más doloroso llanto y el entonces sería el más adecuado estilo con que podría explicar mi sentimiento por este tu dolor incomparable. Porque ver atadas las liberales manos del Todopoderoso: que lo azotan hasta en su rostro adorable: mirar por los suelos retazos de su carne sagrada: verlo que cae desmayado en un lago de sangre: y que.... Pero Virgen santa, Mujer fuerte, dolorosísima Madre: no ofenda yo este paso lastimoso y sangriento queriendo pintar y presentar a los hombres con tan culpable serenidad y tan toscamente. Sangre del Cordero Jesús, derramada por mí con tanto amor, lava a mi alma, sánala como ungüento saludable: bastará una sola gota para hacerme feliz, y aun para que lo fuese todo el mundo. Impétrala, María, para aquellos que se duelen contigo, apreciando tormento tan afrentoso; y pues a padecer tan cruel, añadió mi amable Jesús la falta de alimento, y la sobra de sed, sustentándose con dolores y hieles amargas: yo te ruego que castigues mí gula, sea mi manjar el Pan de los Ángeles, y apague mi sed en las perennes fuentes del Salvador. Amén.

DÍA SÉPTIMO

Con qué bella propiedad
El óleo y luz simbolizan
Los amores que te hechizan,
Y tu eximia caridad.

En Dios viviste, es verdad,
Y en tu alma el Señor vivía;
Pero tu amor descendía
Al hombre con proporción,
Pues siempre tu corazón
En divino fuego ardía.

CONSIDERACIÓN

Dolorosa María, Jesús está muerto, consumado nuestro rescate, y el Padre Dios copiosamente satisfecho. Judíos ingratos: ya están cumplidos los deseos de vuestra ferocidad y perfidia. ¡Fariseos hipócritas, impíos Escribas: ya habéis saciado vuestra infernal envidia! ¡El Ungido del Señor pendiente de un infame patíbulo, ya no tiene movimiento, está sin alma! ¡El trastorno de la naturaleza confirma que padece su Autor! ¡una obscuridad espantosa circunda toda la tierra! ¡ya no son insensibles los peñascos! el velo misterioso del templo se rasgó en dos partes; y muchos sepulcros se abrieron, como ofreciéndose para depositar su cuerpo sacrosanto. Con tantos prodigios, aún permanecían ciegas la incredulidad y la obstinación: un soldado, (Señora, tú lo viste y Juan dió testimonio de esta verdad) un soldado empleó con la sevicia más cruel su dura lanza en el Costado de Jesús difunto. Ángeles del cielo: ponderad si podéis el sumo dolor de María; pues para solo su amante corazón lo reservó el Señor: y lo injuriosa que fue a Jesucristo esta penetrante herida.

Siete Ave María…

ORACIÓN

Angustiada Señora: luego que desclavan a tu difunto Hijo, lo recibes amorosa y desconoces aquel perfectísimo cuerpo que formó el Espíritu Santo. No eran ya sus ojos brillantes: quebrados estaban y amortecidos: cárdenos y silenciosos sus rubicundos labios: sus manos y pies con taladros crueles: su costado, con una ancha y profunda herida abierto atrozmente: fuera de su lugar los huesos, y sin que tuviese parte alguna donde no mirases un azote, o una contusión, o una lastimosa herida. ¡Muerte incensurable! tú no tenías jurisdicción sobre Jesús y María; pero ambos fueron víctimas del amor. ¡O martirizadas inocencias, cuanto os debemos los pecadores! Felices de nosotros si nos aprovechamos de una pasión tan copiosa, y no desmerecemos tanta predilección. Te suplicamos, atribulada María, por el dolor que sufriste cuando estrechabas en tus brazos a Jesús muerto, que no nos devore la envidia, con muerte de nuestras almas; sino que alegres por el bien del prójimo, aun procuremos su temporal y eterna felicidad. Amén.

DÍA OCTAVO

Mi alma, Señora, te ofrece
La dulce obra de la abeja,
Que diligente, bosqueja
La virtud que te engrandece.

Tu continuo obrar exprese
La reptilita volante,
Tan benéfica y constante:
Pues con vida prodigiosa
Fuiste santa y laboriosa
Desde tu primer instante.


CONSIDERACIÓN

Tristísima María: desde esa piedra en que estás sentada, y simboliza tu constancia en el padecer y la dureza de mi corazón, tú convidas a los que viven en amargura, para que la contrapesen con tus penas, y confiesen que no hay dolor que iguale a tu dolor. Con razón te quejas de que no hay quien te consuele: oímos tus tiernos sollozos; tus modestos gemidos: miramos los dos raudales de lágrimas que corren por tus pálidas mejillas, y que estás sola y totalmente desamparada; y nada nos puede: es muy cruel nuestra ingratitud, somos insensibles. Por lo menos, Señora, peco hace que tenías el doloroso consuelo de abrigar en tu seno al cárdeno deshojado lirio de tu Jesús: con tus lágrimas humedecías su cuajada sangre, la limpiabas reverente, y osculabas afectuosa las heridas de aquel destrozado cadáver; pero ahora ese lóbrego sepulcro te lo ha usurpado, y santamente avariento con tal tesoro, desea también poseer el de tu dolorido corazón: y así fue, Señora, tú vuelves casi sin alma hacia Jerusalén, y te recoges a llorar tu tristísima soledad.

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Desconsolada Señora, llegaste a Jerusalén: tus pasos trémulos, tu palidez y tu silencioso llanto, te daban a conocer por María, la triste Madre del que llamaban infame crucificado: y como estabas tan lastimosa, era tanta tu modestia, tu presencia tan atractiva, y eras sobre todo amabilísima, nadie podía contener sus lágrimas al mirarte tan llena de amarguras. Entras a la casa del Cenáculo, y luego se inundó de llanto, de gemidos, de dolor: entonces vuelves los ojos a tu triste compañía, diciendo Juan, discípulo el más amado de Jesús, ¿dónde está tu divino Maestro? Amante Magdalena, ¿quién le separó de tu querido? Mujeres piadosas y parientas mías, ¿qué desamparo es el nuestro? Ya murió mi Hijo, pero con qué crueldad! hurtado, sediento, coronado de espina?, azotado con la mayor dureza, y clavado en una cruz Enmedio de dos ladrones, nadie lo asistía, se le negó todo alivio, ni yo, triste de mí, pude socorrerlo. ¡O hijo mío dulcísimo! ¡ya estás enterrado, y ni aun de lejos puedo ver el lugar de tu sepultura! desamparada María: por esta tu soledad tan acerba, te pedimos, no seamos perezosos, y que este vicio no nos prive de acompañarte; pues si no apreciamos tus tormentos y los de Jesús, sobre la desgracia de ser pecadores, se añadirá la infelicidad de ser ingratos: y la consecuencia de tanto mal, es terrible: no sea así, por tus dolores y soledad.

DÍA NOVENO

Esa daga tan sangrienta
Hoy compungido te ofrezco,
Que aunque verte no merezco
Tu grande piedad me alienta.

Aguda y muy cruel presenta
Lo acerbo de tu dolor:
Que se acabe le desamor
Y en mi pecho esté clavada:
«Justo es muera con espada
Quien emplea en tí su rigor.

CONSIDERACIÓN

Atormentada María: aunque siempre fuiste dolorosa. Jerusalén en sus palacios, calles y montes, te ofrecía motivos de pena inestimable: aquellos lugares santos donde Jesús padeció algún tormento particular, tú los visitabas contemplativa, reverente y fervorosa, regándolos con tus preciosas lágrimas; y esto fue propiamente cimentar el ejercicio del Vía-Crucis, que así es de santo y recomendable. En la calle de la amargura, mirabas al Cordero Jesús cargando la leña para ser el holocausto más sangriento: en el balcón de la casa de Pilatos, no era hombre el que este juez inicuo mostró al pueblo, sino el oprobio de todos, el gusano más despreciable: y en el monte Calvario lo admirabas, sí, pero fijo y levantado en una cruz, así como la serpiente en el desierto, para salud universal. pero a estas y otras memorias amargas que afligían tu corazón, sobresalía el sentimiento, de que nosotros, los que nos llamamos fieles cristianos, y decimos ser tus devotos, olvidaríamos tantas finezas de Jesús: finezas prodigiosas: finezas no merecidas: desahogos de su amor y de un precio inestimable. ¡O ingratitud la más torpe! ¡O necedad la más maligna y depravada!

Las siete Ave Marías…

ORACIÓN

Devoto de María: demosle consuelo, como a nuestra Madre, y cultos como e Santísima: compadezcamos sus penas v congojas, y esperemos su protección y favores. ¡Pero ay de nosotros, Señora! venimos a implorar tu piedad, a lastimarnos de tus dolores, a pedirte beneficios: y el estar hincados nos incomoda, si la oración no es breve, nos cansa: nos fingimos ocupaciones importantes, y ya estamos ansiosos por alejarnos de tu amable presencia. ¡Que desgracia! Nuestra confianza es tan vana, que presuntuosos creemos nos bastan cuatro palabras, dichas con solo la boca, vagas y sin alma, para que en el pronto nos oigas y nuestra petición sea despachada. ¡Qué satisfacción tan infeliz! ¿Y nuestra devoción? Se reduce a exterioridades, en nada nos mejora, y con culpas renovamos tus dolores y la muerte de Jesús, procediendo tan estúpidos, que en una propia ara incensamos a Dios y al mundo. ¡Qué mistura tan delincuente! Que no sea así, Madre mía: haz que el fuego de tu amor encienda en nuestros férreos corazones, porque se ablanden, con el martillo de los trabajos sufridos con paciencia; labralos con la necesaria mortificación de los sentidos. configuralos, entonces sí que se semejarán al tuyo, traspasado de una daga, y al de Jesús circundado de espinas y ocupado con una cruz afrentosa, y podremos esperar nos concedas lo que te hemos pedido en esta novena en gloria de Dios, felicidad nuestra, y desagravio de tus dolores. Amén.