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Las llagas de Cristo… y de la Iglesia


Las llagas de Cristo, de sus manos, sus pies y su costado, son objeto de nuestra veneración y nuestro amor. La tradición eclesial atesora numerosos documentos de la fe de los fieles expresada, multiplicadamente, en la actitud del Apóstol Tomás, quien al verlas y tocarlas confesó: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20, 28). Presento a continuación algunas oraciones clásicas, que solían rezarse privadamente después de la comunión; dos de ellas conservan vigencia todavía.

La primera es la pequeña letanía, que ha sido atribuida a San Ignacio, como «Aspiraciones al Santísimo Redentor»: Anima Christi; en muchos lugares se la recita en el momento correspondiente de la misa. Esas invocaciones comienzan: «Alma de Cristo, santifícame», e incluyen una contemplación del Cuerpo herido del Señor, con varias referencias a la pasión, fuente de ánimo, aliento y consuelo para los afligidos, que reciben de ella vigor, espíritu, fuerza. Se ruega ser embriagado por la Sangre preciosa, lavado por el agua que brota del costado abierto, ser escondido en las benditas llagas. Son expresiones de altísima y entrañable devoción.

Otra plegaria, que era también muy popular, dirigida a Jesús crucificado comienza En ego... «Aquí estoy, bondadoso y dulcísimo Jesús». El texto indica que el orante, de rodillas bajo la mirada del Señor, ruega con el mayor fervor recibir impresos en su corazón sentimientos de fe, esperanza y caridad, dolor de los pecados y propósito de enmienda. Sentimientos (sensus) que no tienen nada de sentimentales, ya que no excluyen el conocimiento, la conciencia; se pide con firmísima voluntad asumir, vivir, esas realidades espirituales. La contemplación de las cinco llagas se hace con amor y dolor, con una identificación de com - pasión, mientras se medita el pasaje del Salmo 21 al cual se alude en el relato de la Pasión según San Juan (19, 36-37): han taladrado mis manos y mis pies, y puedo contar todos mis huesos (Sal 21, 17-18). Los relatos evangélicos del sacrificio del Señor citan implícita o explícitamente otros versículos del salmo para ilustrar hechos como el reparto de las vestiduras y el sorteo de la túnica y las burlas blasfemas; sobresale el clamor final del Crucificado, que asume la frase inicial del salmo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46). Se recoge en la oración la convicción de muchos Padres de la Iglesia que atribuían la autoría del poema a David, y lo consideraron una profecía.

Una publicación de la Editorial Pustet, de Ratisbona (edición 13ª de 1927) reúne oraciones para antes y después de la misa, destinadas especialmente a los sacerdotes. Una de esas plegarias comienza: Obsecro, te dulcissime Domine Jesu Christe. Se pide en ella «que tu pasión sea para mí una fuerza que me proteja y defienda, que tus llagas sean alimento y bebida por las que yo sea apacentado, embriagado y deleitado». En este caso se indica que la oración está dirigida a Jesús crucificado, y que ha de rezarse de rodillas.

En la misa colección se encuentra otra a las llagas del Señor, heridas que son fuente de la Sangre salvífica. Se ruega que las llagas nos llaguen (vúlnera como sustantivo y como verbo en imperativo) con el dardo encendido de la caridad, que la lanza del amor nos traspase, de modo que el alma pueda decir: «Estoy herida de amor», y que de esa herida broten lágrimas incesantes de amor y dolor. Aquí se nota una cita del Cantar de los Cantares (2, 5). Me permito una breve digresión semántica. Las versiones modernas de ese pasaje bíblico traducen, según el hebreo, «estoy enferma de amor». El original dice jolat, término que denota consternación; la versión griega de los LXX traduce tetromene agápes (estoy herida, de la raíz de tráuma). Continuando con la oración, en tercer lugar se pide que la cúspide de la dilección, como punta aguda y extrema golpee un alma dura como la nuestra y penetre profundamente en nuestra intimidad. Es la caridad, don divino, el amor, la dilección lo que hiere, traspasa, golpea al alma como un dardo, una flecha, la agudeza de una lanza. Todas estas son expresiones de altísima contemplación que podemos nosotros asumir con la esperanza de que alguna vez nos acerquemos a esa relación con Jesucristo.

En su libro «Miremos al Traspasado» (1984), Joseph Ratzinger comenta ampliamente y con elogio la encíclica de Pío XII Haurietis acquas, sobre el Corazón de Jesús, destacando en ella la teología del cuerpo referida a la encarnación y al misterio pascual. Cita una bella expresión de San Buenaventura: «Las heridas del cuerpo muestran las heridas del alma... ¡Contemplemos por las heridas visibles las heridas invisibles del amor!». En el trabajo que voy glosando, el gran teólogo muestra que esa teología del cuerpo «es a la vez, entonces, una apología, una defensa, del corazón, de los sentidos y del sentimiento, también y precisamente en el ámbito de la piedad». Como ya lo he apuntado, no hay aquí nada de sentimentalismo, sino teología y mística, la experiencia de un amor que se torna contemplativo; la veneración de las llagas conduce al conocimiento de la persona de Jesús, Dios y hombre verdadero. La liturgia, en diversas ocasiones, hace referencia a este rasgo del misterio pascual, y también asocia a él la compasión y la intercesión de María. En la célebre secuencia Stabat Mater, se dice: Crucifixi fige plagas cordi meo valide, «graba con fuerza en mi corazón las llagas del Crucificado». Valga, para no alargar la nota, este único ejemplo.

El Conde Antonio Rosmini Serbati (1797 - 1855), sacerdote, hoy beato, fue un pensador original, escritor y fundador de la congregación clerical Istituto della Carità. No se limitó a contemplar las llagas del Cuerpo físico del Señor, sino que inspirado en esa contemplación de amor y dolor, se atrevió a descubrir polémicamente las llagas del Cuerpo místico, o más bien de la organización y vida de la Iglesia de su época. Entre sus obras sobresale Le cinque piaghe della Santa Chiesa; en este libro describía, por referencia a las heridas de las manos, los pies y el costado de Jesús, defectos que hallaba en el catolicismo contemporáneo suyo. La obra fue condenada, como otros escritos de su autoría, y él se sometió humildemente a la decisión de la Santa Sede. A partir de la reivindicación de Rosmini, Las cinco llagas de la Santa Iglesia fue una obra reconocida con autoridad para la historia de la Iglesia en el siglo XIX.

Yo me aventuro a presentar una hipótesis de actualización de las llagas de la Iglesia, las que sufre en estos días; lo hago modestamente, como expresión del respeto y amor que profeso a la Catholica, y del dolor que me causa reconocerlas. No son ocurrencias mías; muchos autores con mayor sabiduría y autoridad que yo han manifestado su preocupación, e incontables fieles, a veces con arrebatos de indignación, opinan sobre la situación eclesial y no esconden, incluso, posiciones ideológicas. Las «redes» constituyen una tribuna mundial, un areópago confuso. No localizaré las llagas, como hizo Rosmini, cuál en qué mano o en qué pie, cuál en el costado. Solo enumero cinco males, sobre los que he hablado en diversas ocasiones, o han sido objeto de escritos míos.

1. Comienzo por la llaga que considero más abarcadora y profunda: el relativismo, un mal con raíces históricas que se expandió en el siglo XX, impregnando la cultura, el pensamiento y la actitud de multitudes. El relativismo ha penetrado en la Iglesia, y se manifiesta en ella como duda, descuido y preterición de la doctrina de la fe y de la gran tradición eclesial, como un intento de acomodo con la cultura mundana. Una de las causas principales ha sido, en opinión de muchos, una interpretación sesgada del Concilio Vaticano II, la negación de su continuidad homogénea con el magisterio anterior. Los maestros del relativismo suelen afirmar que aquella gran Asamblea ha sido una revolución que determinó un cambio de época. Desde el punto de vista metafísico la posición relativista equivale a la negación del Absoluto, y se camufla en proposiciones ambiguas. Como actitud de pensamiento significa el abandono de los criterios objetivos y la primacía del subjetivismo. De hecho, cualquiera dice lo que se le ocurre, y no hay quien lo corrija; peor, quien debiera corregir promueve la confusión. Durante las últimas décadas, numerosos autores expresaron el relativismo teológico, con el consiguiente daño en la formación de los sacerdotes y en la orientación pastoral del clero. El relativismo ético incluye la negación de la naturaleza, de la cual se siguen principios de comportamiento objetivos, universalmente válidos: ni la ley natural, ni los Mandamientos de la ley de Dios son expresamente recordados y urgidos a los fieles como norma de vida personal y de relación con los demás. El reduccionismo sociológico insiste en destacar el condicionamiento de los factores epocales y la vigencia cultural. La difusión del relativismo y sus consecuencias actuales frustran la intención del Vaticano II: «Es obligación de toda la Iglesia de trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo» (Apostolicam actuositatem, 7). El Cardenal Robert Sarah escribió en su libro Le soir approche et dèjà le jour baisse: «Es determinante que valores fundamentales rijan la vida de las sociedades. El relativismo se nutre de la negación de los valores para afincar su empresa deletérea» (pág. 283). Contamos con recursos extraordinarios para superar la tentación relativista: el Catecismo de la Iglesia Católica, y el magisterio completo y clarísimo de San Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Si el relativismo se instala permanentemente en la Iglesia, el mundo marchará a la perdición.

2. La devastación de la liturgia. No fue tenida en cuenta una severa advertencia del Vaticano II: «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (Sacrosanctum Concilium, 21§3). Es verdad que muchos sacerdotes celebran dignamente la misa y logran incorporar a los fieles a «una celebración plena, activa y comunitaria» (ib.). Pero no se puede negar, y yo me refiero al caso argentino, que se ha generalizado el manoseo del rito más sagrado del catolicismo, y se han impuesto la improvisación, la abolición de la belleza -sobre todo en la música-, gestos y actitudes tales como gritos, aplausos, bailoteo, completamente ajenos a la índole sagrada de la celebración. Lo sagrado queda menoscabado o ha desaparecido. Yo mismo he oído decir a colegas obispos que ya no hay distinción entre sagrado y profano, y se felicitaban por esta evolución. La concepción unilateral de la misa como encuentro fraterno ha oscurecido su índole sacrificial; no se advierte que lo que hermana a los fieles es una realidad sobrenatural: la común participación por la fe y la caridad en el sacrificio pascual del Señor que se hace sacramentalmente presente en el rito de la Iglesia. En algunos casos la celebración se convierte en un espectáculo o en una fiestita para niños; el culto de Dios desaparece, es la satisfacción, el «sentirse bien» de los presentes lo que se busca. Con esa declinación que describo someramente, la fe es puesta entre paréntesis y la referencia a Dios queda reemplazada por la centralidad y primacía del hombre. La fenomenología de la religión muestra lo errado de semejante postura; probablemente un hombre de la Edad de Piedra se escandalizaría ante algunas celebraciones católicas de hoy; no encontraría en ellas la irrenunciable referencia a «lo otro», a la trascendencia, al mundo de los dioses. La pérdida del sentido de la adoración tiene un efecto cultural destructor de la auténtica humanidad del hombre. El Cardenal Robert Sarah ha escrito: «El sentido de lo sagrado es el corazón de toda civilización humana». Me detengo aquí; los lectores seguramente podrán sumar a los datos precedentes sus propias reflexiones y experiencias.

3. Secularización de la vida sacerdotal y deficiente formación en los seminarios. Ha sido este uno de los capítulos más notorios de la crisis que siguió al Vaticano II. Las causas y el sentido de esa crisis tendrán que ser esclarecidos por los historiadores, pero no es posible negar que, como lo lamentó Pablo VI, «esperábamos una floreciente primavera y sobrevino un crudo invierno». Jacques Maritain, gran amigo del Papa Montini, en El campesino del Garona evoca «la fiebre neomodernista contagiosa, al menos en los círculos llamados 'intelectuales'; en comparación con ella el modernismo de tiempos de Pío X fue un modesto catarro». Habla, también, de «una especie de apostasía inmanente que estaba en preparación desde hacía años, y cuya manifestación fue acelerada por ciertas expectativas oscuras de partes bajas del alma, imputadas a veces, mendazmente, al espíritu del Concilio». El clero resultó especialmente afectado; miles de sacerdotes abandonaron el ministerio; una especie de «liberación» llevó a muchos a descuidar la vida espiritual; fueron numerosos también quienes se dedicaron a la «militancia» social y política; el celibato sacerdotal, cuyo incumplimiento puede registrarse con mayor o menor intensidad en cualquier época, fue criticado por principio, y actualmente arrecia la campaña para lograr su abolición.

El luminoso magisterio de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, que fue causa de una cierta recuperación, ya no cuenta demasiado, y no solo en el asunto del celibato. Se multiplicaron las experiencias de reorganización de los seminarios, y la agitación y las dudas continúan. He notado que a veces se pone una atención ridícula en descalificar y perseguir a los alumnos en los que puede hallarse un apego a la tradición, que desearían estudiar bien el latín y usar sotana (y hasta se prohíbe vestirla), pero no se cuida la rectitud de la formación doctrinal, espiritual y cultural. Se suele oponer el estudio a «la pastoral», y se precipitan experiencias presuntamente pastorales para las que los jóvenes no están preparados, y que carecen de valor educativo. ¿Cómo puede florecer la Iglesia con el descuido de una seria preparación filosófica, teológica y espiritual de sus futuros ministros?. Humildemente, puedo exhibir una cierta autoridad en este tema: he sido organizador de un seminario diocesano y rector del mismo por una década, como también profesor en la Facultad de Teología, donde estudiaban seminaristas de diversas diócesis. Durante mi ministerio arzobispal de 20 años he ido al seminario todos los sábados y he pasado siempre mis vacaciones con los seminaristas. Algo he aprendido. Ek toû kósmou ouk eisìn, «ellos no son del mundo» (Jn 17, 16), dijo Jesús de los apóstoles en su íntima conversación con el Padre. Los sacerdotes tampoco son «del mundo»; su secularización - mundanización es una llaga abierta en el corazón de la Iglesia.

4. Ruina de la familia cristiana y del orden familiar natural. Nunca como en estas últimas décadas contó la Iglesia con un magisterio tan amplio sobre el amor conyugal, el matrimonio y la familia. Sin embargo, la cultura vigente se impone con una fuerza arrolladora. La naturalización del divorcio, favorecida por las leyes, ha llevado a que muchísima gente no se case, sino que viva en concubinato, el cual ya no es mal visto. Ahora no se habla de marido y mujer, esposo y esposa, sino de «pareja». En la casi totalidad de los femicidios, el asesino es el novio o ex novio, la pareja o ex pareja. Debemos lamentar, también, que los matrimonios -cuando los hay- no duren; los pésimos ejemplos de gente de la «farándula», a la que se suman deportistas y políticos, y los medios de comunicación con su continuo martilleo, han llevado a desvalorizar el amor conyugal y la estabilidad familiar; muchos niños son huérfanos de padres vivos, o hijos «monoparentales». Los abusos sexuales ocurren, en un ochenta por ciento de los casos, en el ámbito familiar, y el culpable suele ser la pareja de la madre. No se aprecia debidamente el sacramento del matrimonio, y se desconoce la gracia que de él dimana. El control artificial de los nacimientos se ha convertido en una práctica habitual. La encíclica Humanae vitae fue resistida por vastos sectores de la Iglesia, y su cincuentenario pasó inadvertido.

Los pastores de la Iglesia no reiteran oportunamente una enseñanza que es valiosa no solamente para la vida cristiana, sino que tiene una dimensión cultural, social y política. La aprobación legal del «matrimonio igualitario», y otras leyes inicuas inspiradas en la ideología de género alteran la constitución del orden familiar, y se extiende la legalización del aborto. Los fieles se ven sometidos a presiones inéditas. Un fenómeno gravísimo es la imposición, por parte del Estado, de programas de educación sexual escolar contrarios a la ley natural y divina, que violan los derechos de los padres. Los jóvenes necesitan ser acompañados para que puedan reconocer el valor, belleza y utilidad, personal y social, de la virtud de castidad, pero esta no parece una prioridad pastoral. En los colegios católicos se hace muy difícil la formación de los jóvenes en esas realidades esenciales, y por lo general las familias no colaboran; en muchos casos, por todo lo antedicho, no están en condiciones de hacerlo.

En suma, una llaga abierta que sangra abundantemente; con esa sangre se escurre la vida de la sociedad. ¿Es una llaga de la sociedad?. Por cierto, pero también una llaga de la Iglesia. Allí está el drama.

5. La descristianización de la sociedad. El proceso así titulado es, contemporáneamente, un proceso de deshumanización. Su causa es, en primer lugar, de carácter interno, religioso: cristianos que no viven como tales; bautizados que o bien no han completado la Iniciación Cristiana, o después de cumplir con el rito de la «única comunión» no perseveran en la praxis sacramental, no han recibido una formación en las verdades de la fe, y han sido devorados por la cultura pagana. San Pablo advertía ya ese problema, por ejemplo, en la comunidad de Corinto; llega a decir que ni entre los paganos se encontraban vicios tan graves (cf. 1 Cor 5, 1; 6, 8 ss.). Esa debilidad intrínseca de la Iglesia, la caída espiritual de sus miembros del nivel que corresponde a una comunidad cristiana, impide una presencia vital de la misma en la cultura y en las estructuras de la sociedad. Hace imposible que los fieles brillen en ella hos phosteres en kósmo, como luminarias en el mundo, según enseñaba el mismo Apóstol (Fil 2, 15). La descristianización no se identifica con el cambio de las formas de organización política. León XIII exponía que «se puede escoger y tomar legítimamente una u otra forma política... mas cualquiera que sea esa forma, las autoridades del Estado deben poner la mirada totalmente en Dios, Supremo Gobernador del universo, y proponérselo como ejemplar y ley en el administrar la república» (Encíclica Inmortale Dei opus, 6-7).

En aquel documento de 1885 recordaba que «hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», y la energía propia de la sabiduría cristiana había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos; impregnaba todas las clases y relaciones de la sociedad.

Se ha verificado un desarrollo homogéneo de la Doctrina Social de la Iglesia; en el Compendio promulgado por Juan Pablo II, en 2004, se incluye una queja contra el laicismo que en las sociedades democráticas «obstaculiza toda forma de relevancia política y cultural de la fe, buscando descalificar el empeño social y político de los cristianos, porque estos se reconocen en las verdades enseñadas por la Iglesia, y obedecen el deber moral de ser coherentes con la propia conciencia; más radicalmente se llega a negar la misma ética natural» (n. 572). Como se señala en esta última afirmación, la negación del orden superior del espíritu lleva a la deshumanización, a la negación de la naturaleza humana y sus exigencias.

La Iglesia debe recuperarse, ante todo, de la crisis interna que la afecta, para cobrar relevancia en el orden cultural y social, de modo que pueda ayudar al hombre a orientarse hacia su auténtico destino. La ausencia católica de los ámbitos en que se gestan nuevas vigencias culturales deja al mundo en manos del Padre de la mentira (cf. Jn 8, 44). Se impone la necesidad de una reacción y de un trabajo coherente y decidido para forjar una contracultura como verdadera alternativa. Es lo que propone Rod Dreher en su magnífico libro «La opción benedictina. Una estrategia para cristianos en una nación postcristiana» (2017).

Las cinco llagas que veneramos no fueron las únicas que laceraron el Cuerpo del Señor en la pasión; habría que sumar las heridas de la flagelación y de la coronación de espinas (cf. Mt 27, 26. 29; Mc 15, 15). Tampoco, seguramente, eran solo cinco las que sufría la Iglesia en el siglo XIX cuando Rosmini las puso en evidencia. Ni son solo cinco ahora.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata
Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Escrito el lunes 22 de junio de 2020. Memoria de los Santos Juan Fisher, obispo, y Tomás Moro, mártires.

Devoción: Las Almas del Purgatorio



Hoy Lunes, la Iglesia reza por las almas del purgatorio, recordamos: 

Es sentencia común entre los teólogos que los fieles difuntos
pueden en el purgatorio interceder por nosotros ante Dios,
pues están muy ardientes en la caridad, y pueden conocer, quizá sólo de modo general, nuestras necesidades.
El mismo Catecismo de la Iglesia Católica enseña que nuestras oraciones por las almas del purgatorio «puede no sólo ayudarles, sino hacer eficaz su intercesión en nuestro favor» (958). «En la comunión de los santos «existe entre los fieles –tanto entre quienes ya son bienaventurados, como entre los que expían en el purgatorio o los que peregrinan todavía en la tierra— un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes» (Pablo VI)» (1475).

Las nuevas invocaciones a la Virgen en las Letanías Lauretanas

"Mater Misericordiae", "Mater Spei" y "Solacium migrantium" estas son las tres nuevas invocaciones incluidas por voluntad del Papa Francisco en la lista de las Letanías Lauretanas.

       

Aunque antiguas, las letanías - llamadas "Lauretanas" del Santuario de la Santa Casa de Loreto que las hizo famosas - tienen una fuerte conexión con los momentos de la vida de la Iglesia y la humanidad. Así lo afirman los dirigentes del Culto Divino, subrayando que "incluso en la época actual, marcada por razones de incertidumbre y desconcierto", el recurso "lleno de afecto y confianza" a la Virgen "es particularmente sentido por el pueblo de Dios". Monseñor Arthur Roche reiteró a Vatican News este vínculo entre la espiritualidad y la concreción del tiempo, de la vida cotidiana. "Varios Papas - recuerda Monseñor Roche - han decidido incluir invocaciones en las Letanías, por ejemplo Juan Pablo II añadió la invocación a la 'Madre de la familia'. Responden al momento real, un momento que presenta un desafío para el pueblo". "El Rosario, como sabemos, es una oración dotada de gran poder y por lo tanto -concluye el secretario del dicasterio vaticano- en este momento las invocaciones a la Virgen son muy importantes para los que sufren por Covid-19 y, entre ellos, los migrantes que también han dejado su tierra".

22 de Junio: Memoria Litúrgica de los santos Juan Fisher, obispo y santo Tomás Moro, mártires



Hoy la Iglesia celebra a los santos Juan Fisher, Obispo y Tomás Moro, mártires. 

San Juan Fisher, Obispo y mártir 

Este santo mártir nació en Beverley, Inglaterra, en el año 1469. A los 14 años ya era el estudiante más sobresaliente y, a los 20 fue nombrado profesor del colegio San Miguel. Se doctoró en la famosa Universidad de Cambridge, y a los 22 años, obtuvo ser dispensado de la falta de edad, y fue ordenado sacerdote. Poco después recibió el nombramiento de vicecanciller o vicerrector de la gran universidad.

En 1504, fue elegido nuestro santo como obispo de Rochester, cuando sólo tenía 35 años. Y él, como hacía con todos los cargos que le confiaban, se dedicó a este oficio con todas las fuerzas de su recia personalidad. Con un entusiasmo no muy frecuente en su época, se dedicó a visitar todas y cada una de las parroquias para observar si cada uno estaba cumpliendo con su deber, y animar a los no muy entusiastas.A los sacerdotes les insistía en la grave responsabilidad de cumplir muy exactamente sus deberes sacerdotales. Iba personalmente a visitar a los más pobres.

Dedicaba, además, muchas horas al estudio y a escribir libros. Se hicieron famosos sus discursos fúnebres a la muerte del rey Enrique VII y en el funeral de la reina Margarita. Aunque era obispo y además canciller de la universidad, llevaba una vida tan austera como la de un monje. No dormía más de seis horas. Hacía fuertes penitencias. Cuando Lutero empezó a difundir los errores de los protestantes, el obispo Fisher fue elegido para atacar tan fatales errores, y escribió cuatro libros para combatir los errores de los luteranos.

En un Sínodo de Inglaterra, el obispo Fisher protestó fuertemente contra la mundanalidad de algunos eclesiásticos, y la vanidad de aquellos que buscaban altos puestos y no la verdadera santidad. Cuando el rey Enrique VIII dispuso divorciarse de su legítima esposa y casarse con su concubina Ana Bolena, el obispo Juan Fisher fue el primero en oponerse. Y aunque muchos altos personajes, por conservar la amistad del rey, declararon que ese divorcio sí se podía hacer, en cambio Juan, aún con peligro de perder sus cargos y ser condenado a muerte, declaró públicamente que el matrimonio católico es indisoluble.

El terrible rey Enrique VIII se declaró jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra en reemplazo del Sumo Pontífice, y todos los que deseaban conservar sus altos puestos en el gobierno y en la Iglesia, lo apoyaron. Pero Juan Fisher declaró que esto era absolutamente equivocado y en pleno Parlamento exclamó: "Querer reemplazar al Papa de Roma por el rey de Inglaterra, como jefe de nuestra religión es como gritarle un ‘muera’ a la Iglesia Católica".

Las amenazas de los enemigos empezaron a llegar sobre él. Dos veces lo llevaron a la cárcel. Otra vez trataron de envenenarlo. Le inventaron toda clase de calumnias, y como no lograron intimidarlo, lo mandaron encerrar en la Torre de Londres. Tenía entonces 66 años. Estando en prisión, recibió del sumo Pontífice el nombramiento de Cardenal. El impío rey exclamó: "Le mandaron el sombrero de Cardenal, pero no podrá ponérselo, porque yo le mandaré cortar la cabeza". Y así fue. El 17 de junio de 1535 le leyeron la sentencia de muerte.

El rey Enrique VIII mandaba matarlo por no aceptar el divorcio y por no aceptar que el rey reemplazara al Papa en el gobierno de la Iglesia Católica. Al llegar al sitio donde le van a cortar la cabeza, el venerable anciano se dirige a la multitud y les dice a todos que muere por defender a la Santa Iglesia Católica fundada por Jesucristo. Recita el "Tedeum" en acción de gracias y, muere. 

Otros Santos que se celebran hoy: Silverio, papa; Aldegunda, Florentina, vírgenes; Macario, Inocencio, obispos; Regimberto, Bertoldo, Mernico, confesores; Novato, Pablo, Ciriaco, mártires; José, anacoreta; Dermot O’Hurley, Margarita Bermingham viuda de Ball, Francisco Taylor, Ana Line, Margarita Cltheroe, Margarita Ward y compañeros mártires ingleses, beatos.

Oración a san Juan Fisher 

San Juan Fisher:
¡Concédenos de Dios, por tu intercesión,
la fortaleza de primero morir antes que renegar
de la fe de Jesucristo o de su verdadera Iglesia!

Te rogamos intercedas por todo el clero para que,
siguiendo tu ejemplo, sea totalmente fiel a la doctrina
revelada por Dios y custodiada por el magisterio infalible de la Iglesia Católica. Amén. 

Santo Tomás, mártir 


"El hombre no puede ser separado de Dios, ni la política de la moral", decía Santo Tomás Moro, declarado patrono de los gobernantes y los políticos por San Juan Pablo II. 

Santo Tomás nació en Londres en 1477 y mantuvo siempre una vida de fe. Se graduó en la Universidad de Oxford como abogado y su carrera exitosa lo llevó al parlamento. Con Jane Colt tuvo un hijo y tres hijas. Su esposa muere y contrae nupcias nuevamente con Alice Middleton.

En 1516 escribió su libro “Utopía”, lo que llamó mucho la atención de Enrique VIII, quien lo puso en importantes puestos.

Cuando el rey seguía con su intención de repudiar a su esposa para casarse con otra y se disponía a separarse de la Iglesia de Roma para formar la iglesia anglicana bajo su autoridad, Santo Tomás Moro renunció.

Más adelante se dedicó a escribir en defensa de la Iglesia y con su amigo, el Obispo San Juan Fisher, se rehusó a obedecer al rey como “cabeza” de la iglesia. Ambos, fieles a Cristo, fueron encarcelados. Meses después fue ejecutado San Juan Fisher y días posteriores Santo Tomás fue condenado como traidor.

Murió mártir al oponerse a la división interesada de Enrique VIII. En el andamio para ser ejecutado, el Santo les supo decir a la multitud que moría como "el buen servidor del rey, pero primero Dios" y, siendo decapitado, partió a la Casa del Padre el 6 de julio de 1535.  La Fiesta de Santo Tomás Moro se celebra cada 22 de junio junto con San Juan Fisher.

“La historia de Santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre”, añadió”, dijo San Juan Pablo II en el año 2000.

Oración a santo Tomás de Moro

Dios Glorioso, dame gracia para enmendar mi vida y tener presente mi fin sin eludir la muerte, pues para quienes mueren en Ti, buen Señor, la muerte es la puerta a una vida de riqueza.
 
Y dame, buen Señor, una mente humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y compasiva en todas mis obras, en todas mis palabras y en todos mis pensamientos, para tener el sabor de tu santo y bendito espíritu.
 
Dame buen Señor, una fe plena, una esperanza firme y una caridad ferviente, un amor a Ti, muy por encima de mi amor por mí.
 
Dame, buen Señor, el deseo de estar contigo, de no evitar las calamidades de este mundo, no tanto por alcanzar las alegrías del cielo como simplemente por amor a Ti.
 
Y dame, buen Señor, Tu amor y Tu favor; que mi amor a TI, por grande que pueda ser, no podría merecerlo si no fuera por tu gran bondad. Buen Señor, dame Tu gracia para trabajar por estas cosas que te pido. Amén.

Oración del buen humor de santo Tomás Moro 

Concédeme, Señor, una buena digestión,
y también algo que digerir.
 
Concédeme la salud del cuerpo,
con el buen humor necesario para mantenerla.
 
Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar
lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante
el pecado, sino que encuentre el modo de poner
las cosas de nuevo en orden.
 
Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento,
las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no
permitas que sufra excesivamente por ese ser tan
dominante que se llama: yo.
 
Dame, Señor, el sentido del humor.
Concédeme la gracia de comprender las bromas,
para que conozca en la vida un poco de alegría y
pueda comunicársela a los demás. Amén. 

21 de Junio: Memoria Litúrgica de san Luis Gonzaga, religioso



EL VALOR DE LA VIDA. — ¡"Cuán grande es la gloria de Luis, hijo de Ignacio! Nunca lo hubiera creído si Jesús no me lo hubiese mostrado. Nunca pude imaginar que tuviese tanta gloria en el cielo". Así se expresaba Santa Magdalena de Pazzis en uno de sus admirables éxtasis. Sin embargo, a los ojos disipados de muchos la vida tan corta de San Luis no ofreció más que los preludios de una vida, por decirlo así, marchitada en flor antes de dar fruto. Pero los cálculos de Dios
no son como los de los hombres y las apreciaciones de éstos no pesan en sus juicios. 
A sus divinos ojos, aun tratándose de los santos, es de menos perfección una vida larga y llena de acciones admirables, que otra llena de amor. En
efecto, ¿no debe estimarse la existencia humana por lo que produce de duradero? Ahora bien, en la eternidad la caridad es la única que permanecerá, Ajada por siempre en el grado que adquirió en esta vida pasajera. Importa poco, pues, que en breve y sin obras ruidosas, el elegido de Dios desarrolle en sí mismo el amor tanto o más que otro con trabajos, por muy santos que sean, ejecutados durante una larga vida admirada de los hombres.

FECUNDIDAD DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS. — La ilustre Compañía que dió a la Iglesia a Luis Gonzaga, debe la santidad de sus miembros y
la bendición con que van acompañadas sus obras, a la fidelidad que siempre mostró a esta importante verdad donde debe buscar su luz toda
vida cristiana. Desde su institución parece que Nuestro Señor, no contento con dejarla tomar su bendito nombre, tuvo a pechos obrar de suerte que no pudiese nunca olvidar de dónde la venía su verdadera fuerza para la carrera militante, y más activa que todas, que debía emprender. Las refulgentes obras de su fundador, Ignacio, del apóstol de las Indias, Francisco Javier, la noble conquista de la humildad de Cristo
en Francisco de Borja, manifestaron a todo el mundo una santidad maravillosa; pero no tuvieron otra base que las virtudes ocultas de estos
otros tres Estanislao de Kostka, Luis Gonzaga, y Juan Berchmans, quienes bajo la mirada divina y únicamente con la fuerza de la oración contemplativa, se elevaron en aquel mismo siglo hasta el amor y, en consecuencia, hasta la santidad de sus heroicos padres.

EL AMOR, MOTOR DE LA ACCIÓN. — Otra vez Magdalena de Pazzis, depositaría de los secretos divinos, nos revelará este misterio. En el éxtasis en que contempla la gloria de Luis, exclama bajo el influjo del Espíritu Divino: "¿Quién podrá explicar el valor y el poder de los actos internos? La gloria de Luis es tan grande porque obró interiormente. No se puede establecer comparación entre lo visible y lo interno. Luis, cuanto
más se venció en la tierra, tanto más estuvo atento a la mirada del Verbo y he aquí la razón de su grandeza. Luis fué un mártir oculto: todo el que te ama, Dios mío, te reconoce tan grande, tan infinitamente amable, que le es un verdadero martirio el reconocer que no te ama como desea amarte, y que no eres amado por tus criaturas, sino ofendido. Por eso él mismo consumó su martirio. ¡Oh, cuánto amó sobre la tierra! He aquí por qué ahora, en el cielo, posee a Dios con soberana plenitud de amor. Siendo
mortal, dirigió su flecha al corazón del Verbo; ahora que está en el cielo, sus dardos descansan en su propio corazón. Pues la comunicación con
la divinidad que mereció con esas flechas de actos de amor y de unión con Dios, ahora la posee ciertamente y se abraza con ella."
Amar a Dios, dejar que su gracia vuelva nuestro corazón hacia la bondad infinita, que solamente es capaz de saciarle, he aquí el secreto de la más alta perfección.

MÉRITOS DEL DEBER DE ESTADO. — Siendo todavía jovencito, y en una ciudad en que las tentaciones eran grandes, Luis consagró su virginidad a la Santísima Virgen. Luego renunció a los más altos cargos y dignidades de este mundo a que estaba llamado. Pero habiéndole obstinadamente rehusado su padre el permiso para abandonar el mundo, obedeció y siguió la vida seglar practicando todas las virtudes de su estado. 
En él, como en las almas totalmente dóciles al Espíritu Santo, nunca la piedad perjudicó a los deberes de la tierra. Por esto es el verdadero modelo de la juventud estudiosa, de la que Luis mereció el título de patrono. Inteligencia escogida, fiel tanto al trabajo como a la oración en medio de la agitación mundana, dominó todas las ciencias exigidas entonces en personas de su condición. Negocios espinosos, referentes a intereses del siglo, le fueron confiados más de una vez; vióse entonces cómo hubiera sobresalido en el gobierno de los hombres y en el manejo de los negocios. También en ello debía servir de ejemplo a muchos a quienes sus allegados o falsos amigos pretenden detener en el umbral de la vida religiosa por la consideración del bien que son capaces de hacer y del mal que podrían evitar: como si para las órdenes religiosas, porción escogida de su rebaño, debiera Dios contentarse con incapaces nulidades; como si las aptitudes de la naturaleza mejor dotada no pudiesen siempre tornarse a Dios, su principio, tanto mejor y más completamente cuanto más perfectas sean. Ni el Estado, ni la Iglesia pierden nunca nada en este retiro por Dios, en este abandono aparente de los mejores sujetos: si en el Antiguo Testamento Dios se mostraba celoso de que se le ofreciese en el altar lo mejor de toda clase de bienes, no era para empobrecer a su pueblo; se lo reconozca o no, la fuerza principal de la sociedad, la fuente de las bendiciones que están destinadas al mundo, tendrá siempre su manantial en estos holocaustos amados del Señor.
Vida. — Luis nació cerca de Mantua el 9 de marzo de 1568. Destinado por su padre a la carrera de las armas, habitó con él desde niño en el castillo de Casale, y después en la corte del duque Francisco I en Florencia. Recibió la primera comunión de manos de San Carlos Borromeo. Ocupándose más en el estudio y en la piedad, que en las vanidades mundanas y en la profesión militar pasaba largas horas en oración. Paje del príncipe Diego en la corte de Madrid, al morir éste, se
fortaleció su deseo de consagrarse a Dios. En julio de 1585, hizo los Ejercicios de San Ignacio, firmó la renuncia al principado heredado de sus antepasados, y el 4 de noviembre entraba en Roma, en la Compañía, en la que profesó el 25 de noviembre de 1587. Hizo los estudios de Teología, recibió las Ordenes Menores y no se distinguió más que por su humildad, obediencia y fervor en la oración. En 1590-91, cuidando a los enfermos del hospital de San Sixto, después a los de Santa María della Consolazione, contrajo su enfermedad, de la que murió el 20 de junio de 1591. El primer milagro fué para su madre. Fué beatificado en 1605, y canonizado en 1726. Es patrono de la juventud.

UNA GLORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS. — " La prudencia equivale en el hombre a las canas, dice el Sabio; la vejez digna de veneración no se aprecia por el número de los años" (1 8ab., XV, 8). Por eso, oh Luis, ocupas un sitio honroso entre los antepasados de tu pueblo. Gloria de la Compañía en donde en breve tiempo llenaste el curso de una larga existencia, alcanza el que siga guardando esmeradamente para sí y para los demás el ejemplo que irradia de tu vida llena de inocencia y de amor.

LA ORACIÓN Y LA SANTIDAD. — Al fin de la jornada de esta vida el verdadero éxito del hombre es la santidad; ésta se adquiere interiormente; las obras externas no cuentan para Dios sino en la medida de la pureza y del ardor interno que las inspira; si falta la ocasión para estas acciones, el hombre puede suplirla acercándose al Señor en lo recóndito de su alma, tanto o más que lo hubiese ejecutado por ellas mismas. Así lo comprendiste tú; y la oración que te tenía absorto en innenarrables delicias, vino a hacer tu mérito semejante al de los mártires.
¡De qué precio fué a tus ojos este tesoro celestial de la oración, siempre tan a nuestro alcance como lo estuvo al tuyo! Pero para encontrar en ella, como tú, compendiado el camino de toda perfección, según tus propias palabras, es necesaria la perseverancia y el cuidado de alejar del alma, por medio de generosa mortificación de la naturaleza, toda moción que no sea de Dios. ¿Cómo podría reproducir el agua turbia o agitada por el viento, la imagen del que está a su orilla? Así el alma impura y la que, sin ser esclava de sus pasiones, no es señora de toda agitación que provenga del mundo, no puede llegar a reproducir en sí la imagen tranquila de Dios, que es el fin de la oración.

SOLO DIOS . — TÚ has reproducido perfectamente al Señor; y se puede constatar cómo la naturaleza en lo que tiene de bueno, lejos de sufrir y perder, gana en la refundición operada en este divino crisol. Aun en lo referente a las más legítimas satisfacciones, nunca tuviste miras terrenas; sino que, viendo a Dios en todas las cosas, ¡ cómo los sentidos fueron superados en su debilidad engañosa, y cómo también por eso mismo se acrecentó tu amor! Testigos son tus delicadas atenciones aquí abajo y desde el cielo, con la admirable madre que el Señor te dió. Al abrasarte el Espíritu Santo con el fuego del amor divino, encendía a la vez en ti un inmenso amor hacia el prójimo, pues la caridad es una; y se vió bien al sacrificar tu vida por los desgraciados apestados.

PLEGARIA POR LA JUVENTUD. — Ayúdanos en nuestras miserias; sé propicio a todos nosotros. La juventud especialmente reclama tu poderoso patrocinio, conducida por el sucesor de Pedro a los pies de tu altar. Dirige sus pasos solicitados por inclinaciones tan contrarias; sean la oración y el trabajo por Dios, su salvaguardia; hazla sobre todo ver claro cuando haya de escoger estado. Derrama generosamente sobre ella en los críticos años de la adolescencia tu hermoso privilegio y protege la virtud angélica en tus devotos. En fin, oh Luis, haz que los que no supieron imitarte en la inocencia, te sigan al menos en la penitencia, como lo pide la Iglesia al Señor en tu festividad.

ORACIÓN A SAN LUIS GONZAGA 

Dios Todopoderoso,
que infundiste en San Luis Gonzaga
un espíritu de servicio
y entrega al prójimo por Ti
te pido por su intercesión
que me concedas fortaleza para no desfallecer,
y paciencia para no desesperar
en este momento de desconsuelo,
ayúdame, te lo suplico a aliviar mis sufrimientos, 
ayúdame a obtener lo que tanto necesito:
(hacer la petición con mucha fe y esperanza).
 
También te pido,
que pueda imitar el espíritu de sacrificio
de San Luis Gonzaga,
así como el deseo de vivir con pureza interior
cada día de mi existencia.
Te lo pedimos a Ti,
que siendo Dios,
vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
 
Rezar tres Padrenuestros,
tres Avemarías y tres Glorias.
Hacer la oración y los rezos durante tres días consecutivos.

La Virgen de la Merced y el Gral. Manuel Belgrano



El 24 de septiembre se celebra la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Ejército Argentino. Cuenta la historia que el General Belgrano (y no el doctor Belgrano, como dice un decreto oficial) durante la batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, puso toda su confianza en Dios y en Nuestra Señora de la Merced. En el parte de guerra que envía al gobierno, dice: "La Patria puede gloriarse de la victoria que han obtenido sus armas el 24 del corriente, día de Nuestra Señora de la Merced, bajo cuya protección nos pusimos". El General, conmovido por el triunfo, nombra a la Virgen de la Merced Generala del Ejército Argentino. En 1912, al cumplirse el centenario de la Batalla de Tucumán, la imagen de Nuestra Señora de la Merced o de las Mercedes que se venera en San Miguel de Tucumán, fue coronada solemnemente en nombre del papa San Pío X.

 El 24 de septiembre se celebra en nuestro país la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Ejército Argentino.

Cuenta la historia que el General Manuel Belgrano (y no el doctor Belgrano, como dice un decreto oficial) durante la batalla de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, en plena guerra por la independencia, puso toda su confianza en Dios y en Nuestra Señora de la Merced o de las Mercedes.

Después de la victoria, que aseguró la independencia argentina, en el parte de guerra que transmite al gobierno, escribe textualmente: "La Patria puede gloriarse de la victoria que han obtenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de la Merced, bajo cuya protección nos pusimos". El General, profundamente conmovido por el triunfo, nombra a la Virgen de las Mercedes como Generala del Ejército Argentino.


En el año 1912, al cumplirse el Centenario de la Batalla de Tucumán, la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes que se venera en San Miguel de Tucumán, fue coronada solemnemente en nombre del papa San Pío X.

En el año 2012 se conmemoró el bicentenario de la batalla de Tucumán y la proclamación de la Virgen de la Merced como Generala del Ejército Argentino, y el centenario de la coronación de la Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de la Merced. 

Este año se conmemora el bicentenario del Paso a la Inmortalidad del General Manuel Belgrano y 150° de su natalicio.


Homenaje a la Santísima Virgen María y al Gral. Manuel Belgrano, prócer argentino, devoto de la Purísima Virgen, creador de la Bandera Argentina. 

Sábado siguiente de la Octava de Corpus: Memoria Litúrgica del Inmaculado Corazón de María



El Corazón Inmaculado de María: Al día siguiente (sábado) de la solemnidad del sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia celebra la memoria del Corazón Inmaculado de María. La contigüidad de las dos celebraciones es ya, en sí misma, un signo litúrgico de su estrecha relación: el misterio del Corazón del Salvador se proyecta y refleja en el Corazón de la Madre que es también compañera y discípula. Así como la solemnidad del sagrado Corazón celebra los misterios salvíficos de Cristo de una manera sintética y refiriéndolos a su fuente - precisamente el Corazón -, la memoria del Corazón Inmaculado de María es celebración resumida de la asociación "cordial" de la Madre a la obra salvadora del Hijo: de la Encarnación a la Muerte y Resurrección, y al don del Espíritu. Las expresiones de la piedad popular hacia el Corazón de María son: la consagración de cada uno de los fieles, de las familias, de las comunidades religiosas, de las naciones; la reparación, realizada sobre todo mediante la oración, la mortificación y las obras de misericordia; la práctica de los cinco primeros sábados de mes. 

A través de la devoción a su Corazón, la Virgen nos revela un aspecto muy profundo de su amor maternal.  Además, su Corazón se convierte en nuestro hogar, nuestro refugio y nuestro camino. La Madre de Dios nos trata como a los seres que más ama, a quienes considera dignos de compartir su amor. Si pensamos un poco sobre nuestra condición de miserables pecadores, malos e indignos hijos, no podemos dejar de admirarnos por tanta condescendencia.

La grandeza, sublimidad e importancia de su Corazón Inmaculado, revelado a nosotros, pobres hijos de Eva, es explicada por el Mismo Señor, cuando le dice a Sor Lucía: “Con inmensa ansiedad deseo la propagación del culto y la Devoción al Inmaculado Corazón de María, porque este Corazón es el imán que atrae las almas a Mí; es el foco ardiente  que emana hacia el mundo los rayos de Mi luz y Mi amor; es finalmente la fuente de donde salen hacia el mundo las aguas de vida de Mi misericordia.” (carta de la Hermana Lucía al Obispo Gurzy, 27 de mayo de 1943).

Estas palabras reflejan el intenso deseo de Nuestro Señor de presentar al mundo a su Santa Madre en toda la extensión de su maternidad espiritual. Estas palabras incluso expresan el increíble amor de Dios hacia nosotros, al querer ir hasta los límites para salvarnos, pobres pecadores. Pero si Nuestro Señor tiene tal deseo, ¿cómo podemos ser tan perezosos, indiferentes, y despreocupados, viendo que hay tanta gente que desconoce por completo el misterio del Corazón de la Inmaculada?

Nuestro Señor nos ofrece además una importante precisión: Él desea ambas cosas, el “culto” y la “devoción”:  La devoción expresa nuestra relación personal con María, de alguna manera, nuestro corazón en Su Corazón. Es la actitud de un hijo amante que siempre está dispuesto a dar todo el honor, adoración, atención y tiempo, a una madre tan amada. El culto favorece la celebración pública y el reconocimiento de la obra maestra de Dios, el Inmaculado Corazón de María.

Luego, Nuestro Señor utiliza tres imágenes para retratar exactamente el papel del Inmaculado Corazón: imán de atracción a Él; foco ardiente del cual el mundo entero recibe su luz y amor; y fuente que nunca se seca de Su infinita misericordia. Esto significa que cuando contemplemos con devoción el Corazón de María, siempre estaremos más atraídos hacia Él; seremos penetrados por Su propia luz para conocerlo mejor y más, y por Su amor, amarlo en retorno, y en Él a todos los otros seres; y tomaremos siempre de la fuente de Su misericordia para hacer de nosotros buenos hijos de Dios.


ORACIÓN POR MEDIO DEL CORAZÓN DE MARÍA

Clementísimo Dios, que para salvación de pecadores y refugio de desgraciados, quisiste que el Corazón inmaculado de María fuese lo más parecido en caridad y misericordia al divino Corazón de su Hijo Jesucristo: concédenos, por la intercesión y méritos del dulcísimo y amantísimo Corazón que ahora conmemoramos, el llegar a ser semejantes al Corazón de Jesús.

¡Oh dulce Corazón de María, sed la salvación mía!